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El caos reina: cancelación y fracaso del festival Bloc

Crónica exhaustiva del fiasco acontecido este fin de semana durante el evento musical más esperado del año en Londres, que acabó en evacuación. Así lo vimos desde dentro

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El caos reina: cancelación y fracaso del festival Bloc | PlayGround | Articulos Musica

Enviamos dos periodistas para cubrir Bloc, uno de los festivales llamados a triunfar este verano en Londres. Pero todo acabó en desastre con colas, una evacuación y la cancelación total del festival. Kier Wiater Carnihan pudo entrar (y salir) para contarnos lo que pasó.

Se suponía que tenía que ser el evento de música electrónica más excitante de Gran Bretaña este año, gracias a su cartel estelar, una ubicación increíble y un público con ganas de darlo todo. Todo iba a ser perfecto. Pero, visto lo visto, todo estuvo muy lejos de ser el evento del año. El público pudo acudir con entusiasmo, es cierto, pero por razones que todavía no han quedado del todo claras había demasiada gente como para que los organizadores de Bloc, mal preparados para lo que se les venía encima, pudieran manejar la situación. Ésta ha sido la primera vez que Bloc se ha celebrado fuera de su antigua y tradicional ubicación, en la zona de acampada para vacaciones Butlins/Pontins. Y también podría ser la última edición, ya que a las pocas horas de abrir puertas el evento se tuvo que cancelar por motivos de seguridad. Las escenas de barricadas policiales, avalanchas humanas y hordas de clientes insatisfechos son las mismas que los contrarios a las Olimpiadas –que empiezan este próximo día 27– han venido prediciendo para Londres este verano; lo que ocurre es que nadie pudo llegar a imaginar que esto pudiera haber sucedido en un evento relativamente minoritario en la zona de los Docklands. Así, ¿cómo un festival que prometía tanto ha podido acabar en tamaño desastre?

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Las señales de advertencia las teníamos frente a nuestras narices desde el primero minuto. A las seis de la tarde ya se había formado una cola creciente y bulbosa que colapsaba la entrada, y provocaba gruñidos de enojo entre los que intentaban salir del transporte público, cuya parada estaba situada a pocos metros. El personal de asistencia en el puente invitaba a la gente que fueran a hacer tiempo y tranquilizarse en un parque próximo en vez de sumarse a la fila (y eso incluso cuando las puertas del recinto llevaban abiertas desde hacía horas). Varios grupúsculos prefirieron seguir el consejo y tomarse unas cervezas en el parque, aunque más por la sospecha de que las latas a una libra acabarían costando casi cinco en el interior.

Hay que decir que las colas eternas no son nada extrañas en los festivales musicales en Gran Bretaña, pero ésta era a todos los efectos desmesurada. Si no hubiera sido por el acceso separado que había para la prensa, probablemente me habría quedado atrapado cerca de una vía para carga y descarga en el muelle de Pontoon. Más tarde empezaron a llegar relatos de gente que había estado haciendo cola durante dos horas, testimonios de otros que jamás consiguieron entrar, e historias de personas que se saltaron la cola por completo y entraron sin mayor dificultad. Más tarde llegaba información de gente que había saltado la valla de seguridad y había intercambiado sus pulseras para que otros pudieran entrar, por no hablar de una persona que, supuestamente, se las había arreglado para introducir hasta a 40 personas en el recinto con una sola entrada después de que el personal de puerta decidiera dejar de escanear los tickets. Es imposible verificar cuáles de estos rumores son verdad y cuáles mentira, pero a juzgar por las escenas que vivimos más tarde, sería irresponsable por nuestra parte descartar su veracidad de todo esto así como así.

"En lo que no hubo

negligencia era en

el cartel. Asomaban

artistas de mucho

talento, entre los

que podemos citar

a Flying Lotus,

Four Tet, Hype

Williams, Carl Craig

y Squarepusher"

En el interior todo parecía prometedor, al menos al principio, a pesar de que se volvió a repetir el ritual, casi una tradición en cada festival, de mancharme inmediatamente los pantalones de barro (¡en un festival en medio de Londres! ¿Cómo puede ser?). En cualquier caso, hay que decir que el lugar en sí estaba falto de imaginación. Una gran parte del equipo de Bloc es también responsable del alucinante espacio Shangri-La en Glastonbury, en el que erigen pequeñas ciudades distópicas en medio de la nada y con sorprendente atención a los detalles. Y no había apenas evidencias de esa originalidad en Bloc, salvado unas pocas esculturas a la buena de dios y un bar de temática steampunk que nunca se llegó a abrir. Teniendo en cuenta la categoría de los diseñadores a los que Bloc tiene acceso, la decepción es gigante. Podríamos debatir si esta falta de atención a los detalles es un indicador de negligencia por parte de la organización, pero de lo que no cabe ninguna duda es que el evento tenía un aire de trabajo mal hecho, con prisas.

 

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En lo que no hubo negligencia, todo sea dicho, era en el cartel. Asomaban artistas de mucho talento, entre los que podemos citar a Flying Lotus, Four Tet, Hype Williams, Carl Craig y Squarepusher. Pero ninguno de ellos consiguió actuar finalmente, lo que ayudó a incrementar la frustración añadida al inesperado final de Bloc. Por suerte, un puñado de actuaciones sí que llegaron a realizarse. Y si el cartel se hubiera completado, la colaboración entre Steve Reich y Bang On A Can no habría estado, posiblemente, entre lo mejor del festival. Cuando entré en la carpa lo que me encontré fue con dos guitarristas en el escenario, uno de los cuales parecía como si lo hubieran despedido de un Ben & Jerry por parecer demasiado hippy. La perfección técnica en su manera de tocar era tan deslumbrante como la camiseta rosa desteñida que vestía. Juntos eran capaces de tocar melodías que se entrelazaban con increíble fluidez y que iban repitiendo en variaciones típicamente reichianas, más juguetonas que monótonas. En sus caras se dibujaban grandes sonrisas, sin duda derivadas del enorme placer que les estaba produciendo el efecto hipnótico que conjuraba la música.

Pero no todo el mundo parecía compartir ese mismo placer. En el borde exterior de la carpa la gente estaba más por localizar a los colegas y conversar en voz alta sobre lo difícil que había sido conseguir entrar, y no era hasta que lograbas avanzar al frente del escenario –algo que te lleva no menos de dos minutos– cuando conseguías borrar el griterío. Sólo fue cuando apareció en el escenario el clarinetista Evan Ziporyn cuando aquello empezó a valer la pena. Comenzó a tocar un ostinato tras otro, en bucle, hasta que la pieza se convirtió en un contrapunto arremolinado, un efecto multiplicado por un ruido sintético destellante que, de manera intermitente, iba asomando a la superficie, y que me recordaba, de manera muy vaga, la escena de la fiesta en “Cowboy De Medianoche”.

Los movimientos se sucedían uno tras otro, y lo mejor se lo guardaron para el final: Ziporyn comenzó con un loop jazzy, casi be bop, al que pronto se le añadían notas de bajo, a mayor volumen del esperado, muy sincopadas, que daban forma a un sonido parecido a un bucle de 303. El público reaccionó como era de esperar y comenzaron los primeros bailes. Cuando salió del escenario, al clarinetista se le adivinaba una sonrisita de orgullo. Acto seguido entraron Five Allstars para ofrecer una demostración superlativa de lo que sólo puede ser descrito como math-rock. Hace poco, Reich hablaba de su admiración por Radiohead, y la música que toca esta banda es, probablemente, lo que Jonny Greenwood querría para su próximo álbum si pudiera asumir el control creativo absoluto. Había momentos que sugerían recuerdos de Three Trapped Tigers o Battles: ritmos fenomenalmente tensos y guitarras que sonaban como campanas. El kit de batería de David Cossin, el percusionista, consiste en únicamente tres platillos, y por eso es alucinante lo que consigue hacer con ellos. De hecho, aunque la música se vuelve demasiado proggy por momentos, la forma que tienen de crear tantas cosas con tan pocos medios es casi anti-prog: no hay ningún exceso grandioso. El sonido se vuelve ligeramente enervante durante un momento por culpa de una caída en el tempo, pero cuando todo concluye de manera abrupta incluso el sector de público indiferente responde con entusiasmo. Hay quien tararea ostinatos mientras sale de la carpa, consciente, sin duda, de que difícilmente va a ver nada mejor esta noche. Pero tal como sucedieron las cosas, tuvieron suerte si pudieron ver algo más.

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Pero en ese momento todavía estábamos felices en nuestra ignorancia y desconocíamos la que se nos venía encima. Y quienes se quedaron en la carpa, por lo menos, pudieron ver una actuación más. El set de Nicolas Jaar comenzó lento, con acordes cinemáticos dibujados con suavidad y que se filtraban entre la capa de agua digital para formar un paisaje atmosférico. El saxofonista soltaba melodías ligeras y por un segundo aquello sonaba como un encuentro entre Jan Garbarek y Vangelis. Supuestamente, la intención al construir esa tensión y expectación tenía que ver con disuadir a la gente de irse a la mitad para ver empezar el show ISAM de Amon Tobin, que justo arrancaba a la media hora de comenzar Jaar.

Por desgracia, cuando entró el beat el efecto fue ligeramente decepcionante. Esto fue en parte culpa del equipo de sonido, insuficientemente alto para una carpa de ese tamaño; en las primeras filas todo suena fuerte y bien, pero se embarraba de manera horrible en las últimas filas. La contribución más audible era el gruñido de feedbak con el que de vez en cuando nos obsequian los músicos que tocan con instrumentos naturales. Se agradece que se quiera tocar música electrónica así, hace que sea más interesante en directo, pero es un gesto que compromete la calidad final del sonido.

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Eso no sucedió en el Main Stage, donde Amon Tobin estaba a punto de comenzar su celebrado espectáculo ISAM. Al caer el telón apareció algo así como un tumor cúbico gigante. A medida que la electrónica fracturada de Tobin empezaba a crujir y a moverse, comenzaba la proyección de imágenes, trabajadas de manera inmaculada, diseñadas para encajar a la perfección en la escultura tridimensional. Virutas de humo, Estrellas de la Muerte del tamaño de un terrón de azúcar, turbinas brutales en movimiento, huevos agrietados por una ola de calor y ruido de estática alienígena: esto es lo que aparece en la superficie de los bloques antes de que Tobin asome en el ladrillo central, donde tiene su equipo. Un triunfo de la precisión.

El cubo en sí recuerda a la instalación de la turbina de Rachel Whiteread en el vestíbulo de la Tate Modern, pero los visuales, aunque impresionan, quizá sean demasiado Sci-Fi, demasiado parecidos al Visualizador de iTunes como para considerarlos para un Premio Turner. Es un espectáculo entretenido que se acopla muy bien a la música de Tobin, que a veces parece que haya sido compuesta por una colmena de insectos antes que por un hombre solo. Aquí está la cuestión principal: ¿los visuales están pensados para acompañar a la música o son una distracción? ¿Habría tanta gente viéndole tocar en el Main Stage si no fuera por las imágenes? Cuando ves que una chica se sube a los hombros de su novio en las primeras filas y la gente a su alrededor le pide que se baje, uno tiene la sensación de que el show no se puede disfrutar bien si no es por el apoyo gráfico. Además, la experiencia sería igualmente intensa si se produjera en un cine, por lo que la importancia del elemento ‘live’ es bastante difícil de descifrar.

Lo mejor ocurre en los bises, un directo aún más empático en el que Tobin incorpora FUEGO REAL durante un breve set de DJ en el que suena, si decimos la verdad, música mucho mejor que la suya propia. Tobin está a la vanguardia de una generación que reconoce el poder de la nueva tecnología visual para implementar sus shows en directo, e ISAM cimenta su reputación como un hito en este campo, aunque hay una parte perversa dentro de mí que me pide que se produzca un error de código que, de repente, anule las imágenes fastidie el espectáculo. Como ocurre con su música, Tobin alcanza un formato tremendamente ambicioso e impecable con ISAM, pero se percibe como demasiado inhumano.

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En realidad no importa: ya hay demasiados humanos ahí fuera, muchos incluso haciendo cola incluso cuando ISAM llega a su final, y a pesar de que la carpa no parece estar demasiado llena. En cualquier caso, en este punto de la noche las colas empiezan a expandirse por todas partes rápidamente. Ir a ver a Shackleton cuesta más de lo esperado. Un miembro del equipo de producción le echa una mirada sospechosa a mi lata de sidra cuando le muestro mi pase de prensa. “No tienes PINTA de estar de servicio”, me dice con un gesto de desaprobación. Está claro que nunca antes ha conocido a un periodista musical.

La gente está a la que salta en Shackleton, y con un buen motivo: la música es perfecta en Bloc, capaz de satisfacer a la vez al cerebro y los pies con beats refrescantes que colisionan con frases de órgano polirrítmicas y que recuerdan mucho a Steve Reich, cuya música ya habíamos escuchado en el mismo escenario horas antes. “Yo esperaba un directo mucho más oscuro, la verdad”, dice un tipo en el lateral, aunque su decepción no parece ser compartida por la mayoría. Se aleja para ver si su acompañante ha conseguido entrar. Su decepción es estratosférica.

"Como no podía ser de otra manera, un movimiento súbito de la multitud hace que caiga una valla y la gente rompe el cordón y se lanza a la pista"

Mientras intentamos ver a DOOM en el Main Stage es cuando recibimos la orden de irnos a casa. Todavía hay cientos de personas haciendo cola, impacientes: son los que tienen el ticket Express, gente que ha pagado un extra para ahorrarse las colas en cualquier escenario del recinto, y que sin embargo tienen que hacer la fila como todo el mundo. Hay alguien que lleva una pulsera de artista, y que también tiene que hacer cola después de que se lo pida un asistente a punto de entrar en pánico. Me acerco al MS Stubnitz, un barco pesquero alemán de 1960 reconvertido en un espacio con diferentes pistas. Nadie entiende de qué va la cosa. Los auxiliares intentan convencer a la gente de que el barco tiene que estar cerrado esa noche y que no se permite la entrada, pero nadie se lo cree. La gente empieza a agitarse. Los ingleses tenemos fama de tomarnos las colas con paciencia, pero aquí hay un francés, detrás de mí, que no puede más y exclama “esto es una mierda, es el peor festival del mundo, merde, merde!”.

Como no podía ser de otra manera, un movimiento súbito de la multitud hace que caiga una valla y la gente rompe el cordón y se lanza a la pista. Los auxiliares intentan que todos volvamos a nuestro lugar mientras intentan resituar las barreras donde estaban. La mayor parte de los que estamos ahí nos lo tomamos con calma (o estamos demasiado hundidos como para ponernos a discutir), y empiezan los primeros brotes de nerviosismo por la falta de información. Una chica dice que ha visto cómo se llevaban a una persona esposada, y un tipo de Leicester explica que ha visto una avalancha aún peor en otro sitio. “Esto podría haber sido como Hillsborough”, insiste. [nota: en la tragedia del estadio de Hillborough de 1989 murieron 96 personas, todas aficionadas del Liverpool, en un partido que les enfrentaba al Nottingham Forest en la competición de la FA Cup]

Es una comparación con Hillborough es hiperbólica, pero era comprensible que la gente se sintiera amenazada. Todo el mundo tiene palabras crueles hacia la organización, las colas, el volumen del sonido y el precio del alcohol (aunque no acabo de comprender por qué alguien se puede sorprender a estas alturas del precio de la priva en Londres). La mayoría está convencida de que se han vendido más tickets de los que estaban permitidos por ley. Cuesta mucho no sentir pena por toda esa gente que ha viajado desde otras partes del país, y desde el extranjero, para estar aquí.

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