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Heidegger, ese asqueroso nazi que además fue filósofo

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El filósofo alemán no sólo pudo ser uno de los teóricos de la Solución Final, sino que la publicación de los 'Cuadernos negros' ha demostrado que el antisemitismo fue parte fundamental de su filosofía

eudald espluga

13 Noviembre 2017 18:00

Los recientes descubrimientos de Miriam Wildenauer han reabierto un doloroso debate: ¿fue Heidegger un filósofo nazi? ¿Era su pensamiento en esencia antisemita? ¿El exterminio sistemático de los judíos estaba en la arquitectura de sus ideas sobre el destino de Occidente?

Que Heidegger estuvo afiliado al Partido Nacionalsocialista hasta 1945 y se propuso dirigir a la nación hacia una "nueva espiritualidad" desde el rectorado de la Universidad de Friburgo, ya se sabía. Que mantuvo una posición ambigua respecto al movimiento nazi hasta el día de su muerte, también. Incluso había pruebas de que había participado en la Comisión de la filosofía del derecho, presidida por Hans Frank —"el Carnicero de Polonia"— cuya misión era fundar las bases del derecho nazi sobre las ideas de raza y pueblo alemán.

Todo esto se le había disculpado. Víctima de su tiempo y de su propio narcisismo intelectual, nos habían dicho, Heidegger habría sido nazi por accidente y a su pesar. Una horrible casualidad, pero una casualidad al fin y al cabo. La postura entre discípulos, amigos y académicos ha sido clara: aunque Heidegger se manchó de nacionalsocialismo en lo personal, fue un gran filósofo cuyas ideas se mantuvieron impermeables al antisemitismo.

Incluso Hannah Arendt —alumna, judía y una de las principales analistas del pensamiento totalitario— avalaba esta tesis hasta el punto de que llegó a comprarlo con Platón y su aventura política en Siracusa: un desliz tiránico, la fantasía del intelectual que se ve superado por sus ambiciones.

Sin embargo, lo que ha descubierto recientemente Wildenauer es que la participación de Heidegger en la Comisión de la filosofía del derecho no terminó en 1936, como se creía hasta ahora, sino que se extendió hasta julio de 1942. Hecho sumamente grave, pues significaría que Heidegger no solo justificó las políticas nazis, sino que participó activamente en la ejecución de las tales políticas, incluida la "Solución Final".

Este descubrimiento, que convierte a Heidegger en teórico del exterminio, echa sal a una herida abierta con la publicación de los Cuadernos negros, una serie de textos filosóficos que Heidegger escribió en forma de dietario desde 1931 y que revelan que el antisemitismo era un motor filosófico de su pensamiento y no una injerencia contextual. Como defiende Donatella di Cesare en su análisis de los dietarios, Heidegger y los judíos, esta es la importante novedad que nos obliga a revisar nuestra relación con la obra del alemán: "el antisemitismo posee relevancia filosófica y se inscribe en la historia del Ser".

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Hasta ahora se habían utilizado dos estrategias para pasar por alto su antisemitisimo. Por un lado, un argumento clásico y ridículo: si Heidegger tenía amigos judíos —y de hecho los tenía— no podía ser nazi. Él mismo utilizó este silogismo en su correspondencia con Hannah Arendt: "los dos becarios [...] cuyo nombramiento conseguí en los últimos tres meses son judíos. Quien recibe a través de mí una beca para Roma, es un judío". Reconocía su antisemitismo en cuestiones académicas, muy diferente del vulgar odio a los judíos que exhibía la prensa nacionalsocialista, pero se defendía ante Arendt diciendo que "eso no tiene nada que ver con las relaciones personales con judíos. Y menos aún puede afectar a la relación contingo".

Por otro lado, se ha aseverado que sus ideas no son intrínsecamente antisemitas. Y no es extraño: casi todo el pensamiento filosófico de izquierdas que se ha hecho en Europa y Estados Unidos desde 1950 tiene, directa o indirectamente, su origen en Heidegger. Incluso la "teoría de la recepción" que permitiría justificar una lectura que separase obra y autor, intención y texto, tiene su base en el pensamiento del alemán.

Pero la realidad, por desgracia, es otra: los Cuadernos negros desvelan la existencia de un "antisemitismo metafísico" central e inexcusable. Debido a la oscuridad conceptual de la escritura de Heidegger, es cierto que no encontramos proclamas escandalosas y abiertamente ofensivas. Su rechazo a hablar de la "raza" en términos biológicos ayuda a suavizar el discurso: pero que su racismo sea filosófico y no cientificista, dice Di Cesare, "no significa que excluya la idea de una división jerárquica de la humanidad dentro de la cual algunos pueblos tienen un lugar en la historia del mundo y otros no".

Por ello, si traducimos las ideas de Heidegger a un lenguaje que nos sea comprensible, nos encontramos con la figura de El Judío como causante de la decadencia de Occidente, como culpable del ocaso del pensamiento auténtico, como enemigo ontológico cuyo arquetipo es el individuo desarraigado y maquinador —también en el sentido de mentalidad "técnica"— y, finalmente, como conspirador internacional.

El Ser, escribía Heidegger, debe ser purificado de lo Judío. Y como explica Donatella di Cesare, Heidegger lo escribía en 1940, cuando purificar significaba aniquilar. La judeidad es un cáncer, una doctrina que debe ser estirpada, pues representa el polo negativo de nuestra cultura: lo corporal, lo externo, lo impuro, la apariencia, lo extranjero, lo impropio, lo inauténtico, lo intelectual, lo abstracto, lo vacío, la imitación, la mentira, la nada.

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La asociación no es externa, provocada por el contexto. No es una relectura interesada o una apropiación de sus ideas. Su nazismo no fue un desliz, ni un accidente. Heidegger sabía qué consecuencias tendría la publicación de las tesis que escondían esos 34 cuadernos envueltos en tela negra que entregó al Archivo Alemán de Literatura de Marbach en 1960. No por casualidad los depositó doblemente bajo secreto: nadie podía leerlos ni nadie podía tener noticia de su existencia. Además, añadió que solamente podrían hacerse públicos una vez se hubieran publicado íntegramente sus obras completas.

La pregunta es si, ahora que conocemos su contenido, debemos borrar su obra de las bibliotecas de filosofía, como pedía Emmanuel Faye. O si esta debe ser tratada como el Mein Kampf u otra bibliografía nazi: como testimonio de una ideología perversa que, por memoria historia, no podemos olvidar. O si, simplemente, debemos llevar un paso más allá la disonancia cognitiva y aceptar que sus ideas antisemitas siguen siendo las más influyentes del siglo pasado.

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