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Aborto espontáneo y aborto voluntario: las dos caras de una moneda invisible

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Dos experiencias igualmente difíciles, igualmente dolorosas, basadas en el rechazo o la añoranza de algo o alguien que todavía es ficción

Luna Miguel

27 Octubre 2017 08:00

“Solamente podía pensar en liberarme de aquella mala praxis de mi sistema reproductor. Eran seis milímetros de una masa exógena a mí, una masa sin cerebro a la que intenté dar una oportunidad. Cobijada bajo una manta meditaba sobre aquel ímpetu destructivo que me corroía por dentro, traté de sentir emoción por esa especie de proyecto de ser humano pero nada acaeció; sentí que algo en mí había muerto y eso se distanciaba mucho de la realidad. Sentía vértigo en cada fragmento de aire. Entonces, supe que nunca estaría preparada para admitir una creación surgida de mis entrañas. Deseaba la soledad, mi única integridad como impulso de vida, un egoísta —quizá esa sea la palabra— aunque placentero modus operandi a largo plazo”.

Quien habla en estas líneas es la narradora de Dog café (Expediciones polares), la primera novela de Rosa Moncayo. Nos encontramos en el principio del capítulo 16 y su protagonista, Várez, una chica de 25 años, acaba de decidir que la célula que crece en sus entrañas no es apta para su cuerpo. Que tiene que abortar.

En las siguientes páginas, Dog café se resuelve entre una serie de reflexiones delicadas y tiernas que en realidad esconden un tema polémico, un dolor que no sólo se vive en las entrañas y en la sangre derramada por su protagonista, sino también —y sobre todo— en su estado de ánimo.

Imagen: Bastien Jaillot

El tono que ha elegido Rosa Moncayo para narrar esta experiencia es conciliador. Normalmente, tendemos a demonizar el relato del aborto voluntario. Tratadas de brutas y asesinas, pocas mujeres se atreven a contar las contradicciones y los malestares que provoca una situación como esa, quizá porque socialmente tenemos aprendido que si sufren es sólo porque ellas lo han querido así. Y como es su decisión: no pueden quejarse. Y como no pueden quejarse: tienen que callarse. Y como tienen que callarse: nadie se preocupa por entender qué significa realmente el proceso del aborto voluntario.

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Este discurso culpabilizador, sin embargo, cambia radicalmente cuando de lo que hablamos es de una pérdida, esto es, de un aborto involuntario. Entonces, la mujer que lo ha sufrido ya no es una asesina, sino una víctima. A ella la entendemos cuando quiere hablar y derribar el tabú que rodea su tragedia. Celebramos que quiera ser valiente, que reivindique su dolencia e incluso que quiera romper el silencio que, durante generaciones, ha rodeado a quienes han pasado por su misma experiencia. Su aborto es el bueno. Es indeseado y triste, pero es el bueno.

Pero establecer una diferencia tan grande entre lo que supone un tipo u otro de aborto puede ser, sin duda, una injusticia. Lo podemos apreciar al releer los párrafos que la novelista Rosa Moncayo dedicó al aborto voluntario, esas líneas tan hondas y tremendas sobre la horrorosa sensación de llevar dentro de una misma algo con lo que no se identifica, algo que no desea y que le produce angustia: “Deseaba el dolor todo junto, concreto, un dolor exacto que yo misma estaba exigiendo. Lo único que expulsaba mi cuerpo eran coágulos, negros y rojizos, sólidos como el odio, algo similar a la mermelada de garnacha”.

Lo podemos apreciar también cuando leemos a Sylvia Plath escribir sobre el aborto espontáneo: “Un sol muerto tiñe los periódicos. Es rojo. Pierdo una vida tras otra. La negra tierra se las bebe”. O cuando descubrimos que lo que llevó la poeta Irene G. Punto a escribir este poema tan desgarrador fue la sangre que su útero expulsaba con furia después del legrado que la separaría de su futuro hijo:

Quizá en esta palabra —futuro— resida la clave para encontrar un punto intermedio que nos calme. Un respeto hacia la mujer que decide y la mujer que pierde. Una comprensión de esos dos dolores que, aunque nazcan de motivos distintos, golpean de un modo similar las entrañas de sus protagonistas. Las mujeres que abortan de manera espontánea sufren por la pérdida de algo que aún no existe, cuya imagen amaban con todas sus fuerzas; mientras que las mujeres que lo hacen de manera intencionada sufren por la sola idea de tener dentro de sí mismas algo que tampoco existe, pero que si lo hiciera, sería fatal.

Lo que unas rechazan y lo que otras desean forma parte de esa misma ficción, de esa misma proyección de futuro, de esa misma moneda invisible. ¿Pero entonces, por qué el primer dolor no es válido y el segundo sí? ¿Por qué no podemos entender que lo verdaderamente espantoso de esas dos situaciones es la falta de libertad la hora de expresar lo que provocan?

Al final, sólo hay dos cosas claras: que una mujer que aborta es sólo una mujer que ha perdido a esa luz que le ilusionaba; que una mujer que aborta es sólo una mujer que ha vencido a esa sombra que le afligía.

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