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La lección de vida que pedíamos a gritos a la televisión pública

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/OPINIÓN/ “La gran victoria de la nueva edición de Operación Triunfo es contemplar a sus concursantes hablando con naturalidad sobre temas que siempre habían sido tabú en nuestra televisión pública: transexualidad, feminismo, cultura popular, política…” #CuántaPluma

Rubén Serrano

14 Noviembre 2017 14:19

Una voz angelical. Unos dedos presionando esas teclas que suenan a canción popular y a poema descarnado. Un ritmo que duele. Y de fondo: el plató del programa de televisión más popular de la temporada.

A priori, una combinación Federico García Lorca - Operación Triunfo sonaba imposible y antinatural. Y, sin embargo, Amaia Romero, una joven de 18 años y concursante del revivido OT, ha conseguido que el sabor de este cóctel sea pura delicia. A muchos nos dejó con la boca abierta hace algunas semanas, mientras intentábamos descifrar cómo era posible que alguien nacido 1999 versionara al piano el Zorongo gitano del poeta andaluz. Y que lo hiceira, además, fusionándolo con la canción Rumores de la Caleta del compositor Isaac Albéniz.

Pero la respuesta a este dilema era fácil: porque el perfil de concursantes de Operación Triunfo ha cambiado. Amaia y algunos de sus compañeros de programa poco o nada tienen que ver con aquella Rosa y aquel Bisbal que se metieron en nuestras televisiones hace 16 años. Y aunque no esté cosechando récords de audiencia, el éxito de este OT reside en que la Academia la ocupan ahora un grupo de chicos y chicas que representan perfectamente a la juventud de hoy en día. Muchos de ellos, pertenecientes a la llamada Generación Z, demuestran unos valores, inquietudes y una forma de posicionarse ante la vida inéditos en la televisión pública.

Aquellos que en redes sociales aúllan que los chicos no tienen voces espectaculares y que ponen pegas al formato, no saben el espectáculo de humildad se están perdiendo: por ejemplo, el de contemplar a concursantes como Ricky o Agoney expresando su homosexualidad con naturalidad. El de escuchar a Marina hablar de su novio transexual sin ningún miedo o reparo. O incluso el de ver a Alfred lucir en las clases una camiseta de Proactiva Open Arms, esa ONG con la que colabora y que rescata del mediterráneo a refugiados.

Entonces, ¿se puede hacer espectáculo sin caer en el morbo?

¿Se puede mostrar compromiso en un programa de televisión para todos los públicos?

Parece que hoy sí. Que ha llegado el momento: porque entre canción y canción, estos nuevos aspirantes a estrella de la música también han llegado a darnos a los espectadores no tan juvenilesojo, ejem, que tengo 25 años— lecciones fascinantes. Como cuando Mimi le dijo a Albert que había gritado como una nenaza, él rectificó sin hacer ningún gran drama —“Eso es un poco sexista”, le dijo— y ella terminó disculpándose de inmediato: “Es muy sexista. Lo siento”. Escenas así nos hacen pensar —y desear— que quizá el sexismo ya debería ser una cuestión zanjada para la Generación Z.

Pero no nos equivoquemos, el propio formato da pie a que tengan lugar todas estas expresiones. A diferencia de otros reality shows como Gran Hermano o de talents como La Voz, OT quiere formar a los concursantes, que no son solo un instrumento para conseguir audiencia.

Por eso no es casualidad que revisen y reivindiquen el Zorongo gitano, ni que en sus conversaciones públicas exploren temas como la diversidad sexual o el machismo que sufren las mujeres a diario. Como tampoco es extraño que el público más adulto aplauda feliz y sorprendido el Amaia ft. Lorca. Este hit espontáneo y viral ha aportado esperanza: actitudes como la inclusión y la diversidad —que tanta falta hacen en espacios a menudo concedidos a programas sexistas y polémicos— llegan al fin a esa pequeña pantalla pagada por todos, de la mano de una generación que no entiende la realidad de otra forma y a la que por fin nos hemos sentado a escuchar.

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