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Naomi Klein: ¿pensamiento transformador o marketing antiliberal?

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Charlamos con Íñigo Errejón, María Ramírez, Juan Ramón Rallo, Estefanía Molina y otros expertos a propósito del pensamiento de la autora canadiense

eudald espluga

10 Noviembre 2017 13:48

Naomi Klein actuó ayer en Barcelona. Horas antes de su espectáculo junto a Ada Colau, la cola para entrar ocupaba ya varias calles. Pantallas gigantes, artistas invitados y un público eufórico por conocer el nuevo trabajo de la canadiense: Decir no no basta. Contra las nuevas políticas del shock por el mundo que queremos. Un título cacofónico que prometía ser una versión remasterizada de su tema rompepistas. Nueva doctrina del shock + Trump + manifiesto pragmático por un mundo en común. Estaba claro que, una vez más, Klein había dado con la mezcla perfecta, una propuesta sintética y pegadiza que la relanzaría al número uno. Sigue siendo la reina del pop anticapitalista, una intelectual con un discurso crítico y seductor que levantó al público de la silla nada más saltar al escenario.

Ante el fenómeno Klein, sin embargo, cuesta no preguntarse si no será verdad que la periodista lleva diez años aprovechándose de su one hit wonder. Cuesta no asumirla como un franquicia comercial. Naomi Klein®: radicalismo de prime time, Grandes Proclamas A Favor del Bien y un par de citas para impresionar.

Pero aunque sus planteamientos puedan parecer simplistas y maniqueos, es inevitable reconocer el valor que supone haber convertido conceptos como neoliberalismo o doctrina del shock en marcos mentales tan importantes que ahora nos parecen grotescamente evidentes.

Desde PlayGround hemos hablado con politólogos, periodistas y economistas para saber hasta qué punto son justificables estas reticencias: ¿es Naomi Klein un éxito de la teoría crítica o es un producto de marketing antiliberal? ¿Hay termino medio?

I.

Naomi Klein: divulgación y seducción conspiranoica

"Claramente se le considera una divulgadora y no una científica". Aina Gallego, profesora de ciencia política en el Institut de Barcelona d'Estudis Internacionals, confirma una percepción que ya nos había avanzado Sílvia Calveria, también politóloga y colaboradora de Politikon. Dicho rápido: Klein puede ofrecer buenas metáforas que ayudan a analizar el presente, y es capaz de marcar los tiempos del debate público y la agenda mediática. "Seguramente ha tenido influencia tanto en los votantes com en la priorización de ideas de los partidos políticos", concluye Claveria.

Una opinión que comparte Estefanía Molina, politóloga y periodista de El Nacional, para quien la canadiense es principalmente una periodista y pensadora, pero no una científica social. La ve como una figura análoga a Noam Chomsky, heredera del pensamiento de la Escuela de Frankfurt.

"Con unos mismos hechos, se pueden crear relatos muy diferentes". Molina nos habla desde los pasillos del Tribunal Supremo, donde acaba de cubrir el juicio a Carme Forcadell y los miembros de la mesa del Parlament de Catalunya. No es casualidad, pues, que aproveche las declaraciones que la canadiense ha hecho sobre el procés para cuestionar los usos y abusos de la teoría del shock: "Klein dice que Mariano Rajoy crea una atmósfera de crisis para ventilar los problemas de su gobierno. Pero eso supone culpar a Rajoy de alimentar el procés para salvarse". Que el Presidente utilice ruedas de prensa para desviar la atención no significa que todas sus acciones y gestos estén únicamente destinados a ello. Por eso el relato que hace Klein le parece casi conspiranoico, "es pensar que hay una intencionalidad detrás, una razón para todo".

LEER MÁS: Qué pasaría si Trump hubiera leído a Naomi Klein

Hay formas de interpretar la realidad mucho más pragmáticas y funcionalistas, que pasan por interpretar que "los hechos se dan descoordinadamente, que no todo responde a un porqué". Según Molina, sería este embalaje holístico el que haría tan atractivas las teorías de Klein: ofrecen un relato cerrado, un culpable, un sentido.

II.

Naomi Klein: un producto de marketing antiliberal

La duda, llegados a este punto, es saber si la lógica analítica de Klein puede llegar a considerarse un fraude intelectual. Martí Jiménez, vicepresidente del think tank Catalans Lliures, lanzaba un hilo de Twitter con un ataque frontal: defiende que la obra de la canadiense no está a la altura de su importante proyección pública, puesto que contiene errores de base y una caricaturización de la posición liberal tan grande que ni el concepto de "doctrina del shock" tiene un sustento real.

Klein hace esta relación, nos explica Jiménez, "apelando a una frase de Milton Friedman en la que decía que las crisis han de dar paso a preguntárnoslo todo, a cuestionarlo todo, también los paradigmas actuales y el status quo. Pero cuando el economista criticaba el status quo, de hecho, se refiería al corporativismo clientelar, la relación del Estado con las grandes empresas".

En este mismo sentido se expresa el economista Juan Ramón Rallo, para quien uno de los principales errores de Klein es pensar los desastres ecológicos, sociales y políticos serven para que los Estados vayan achicándose y los mercados neoliberales ganen poder.

"Si ha habido una conspiración para reducir el tamaño del estado", apunta Rallo, "ha sido muy fallida". Nos detalla la evidencia empírica que demostraría que este tipo de situaciones lo que generan es un aumento del intervencionismo estatal y de la exigencia de seguridad. Crisis significa más paternalismo, más leviatán: no existe la conspiración neoliberal.

Si el pensamiento de Klein tiene este éxito tan enorme se debe, según Rallo, a que "sus libros componen un discurso del que en gran medida la izquierda está huérfana, un discurso frentista frente al sistema capitalista".

Rallo concluye provocativamente, disparando al corazón de las contradicciones que aparentemente envuelven el fenómeno Klein: "ha construido una marca, ha utilizado el marketing en una sociedad de mercado para hacer crítica sin ningún fundamento a la sociedad de mercado. Es un producto de marketing antiliberal".

III.

Naomi Klein: vieja rockera antiglobalización

Aunque no acusa a la periodista de sobrexplotar sus grandes éxitos, María Ramírez piensa que "Naomi Klein está un poco pasada. Tuvo su momento de auge en el movimiento anti-globalización de principios de siglo. Creo que tocó con buen ojo algunos puntos débiles del espejismo de los años 90, pero de una forma demasiado simplista."

Ramírez es periodista y Nieman fellow en Harvard. A pesar de la crítica al desfase de sus teorías, reconoce que "Klein acertó al estar entre quienes no se dejaron embelesar por el entusiasmo de los 90, donde muchos hablaban del final de los ciclos económicos o de la historia. En realidad, los 90 estaban alimentando la desigualdad y las crisis económicas de después con la desregulación y la promoción de nuevas prácticas corporativas que acabarían estallando."

Sin embargo, como Esteban Hernández, ensayista y periodista de El Confidencial, desconfía de que Klein esté entre los intelectuales de izquierda que puedan articular una respuesta a los tiempos presentes. El pensamiento de la canadiense no se adaptaría a nuestra realidad, más acelerada, más flexible, más ambigua: "es como escuchar una canción de hace diez años: te mola, te sabes la letra, pero es de hace diez años".

Este desfase es el que vuelve fácilmente caricaturizables sus ideas. "Las articulaciones políticas del pensamiento son escasas y la ven como un figura política a la que sumar", apunta Hernández. "Los partidos pueden apropiarse de la figura, pero no necesariamente del pensamiento. Y, si lo hacen, adaptan el pensamiento a sus intereses concretos".

Una idea, esta última, que María Ramírez expresa todavía con más contundencia: "los relatos de buenos y malos son más fáciles de usar."

VI.

Naomi Klein: un pensamiento transformador

"No es nada nuevo, incluso Marx pensaba que El Capital estaba destinado a que lo leyese cualquiera". Íñigo Errejón, doctor en Ciencias Políticas y diputado, lo tiene claro. Contra las suspicacias de quienes quieren ver en la canadiense una franquicia comercial, remarca que el rigor crítico no tiene por qué estar reñido con la difusión. Por supuesto, asegura, "siendo siempre conscientes, tal y como explica la propia Klein, de la apropiación por parte del neoliberalismo de aquellos elementos que se le oponen. Sin embargo, es precisamente la tensión que existe entre abrir nuevos escenarios y posibilidades —ecologismo, feminismo, renta básica universal, etc— y su absorción por la publicidad y el consumo, lo que permite jugar la batalla política".

Desde su punto de vista, la obra de Klein es decididamente transformadora. Su capacidad para llegar a grandes públicos, una virtud añadida: es el "equilibro entre la 'popularización' de una propuesta y su profundidad o radicalidad lo que marca siempre la construcción de una hegemonía diferente".

Y aunque Errejón destaca la aportación de Klein al enfoque del cambio climático, prefiere centrarse en la concepción del capitalismo que se destila de las tesis de la canadiense: "podemos entender la racionalidad neoliberal como una revolución conservadora que utiliza un poder centralizado y autoritario del Estado, para por un lado desmontar los servicios públicos y los derechos colectivos, y por el otro, hacer de ellos nuevos servicios privados individuales".

La intuición de Klein no es un desvarío, concluye el politólogo, sino una diagnosis ajustada de un movimiento sistémico que no se reduce al achicamiento del Estado: "el neoliberalismo es deconstituyente, ya que vacía las bases del contrato social, pero al mismo tiempo produce un escenario nuevo, una lógica propia. Todo desde el uso intensivo de las instituciones del Estado, pues no es cierto que la economía se haya desregulado, sino que se ha regulado de otra forma, bajo otra lógica y en torno a otros objetivos en relación a un tipo de orden. Ya lo dijo Thatcher: «la economía es el método, el objetivo es cambiar el alma».”

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