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Se llama Kaori Ekuni

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/OPINIÓN/ “Puede que verdaderamente algunos piensen que ponerle tal apellido es bueno. Que ayudará a su obra. Que la considerarán mejor. Que estar asociada a la marca de un hombre poderoso es algo mucho más importante que ser por sí misma una marca. Sin embargo, su nombre seguirá sonando a apéndice, a costilla, a parte pequeña de algo, a cosa que no llegará a ser, incluso si ya lo es”

Luna Miguel

05 Diciembre 2017 14:00

¿Os imagináis algo así?

Octavio Paz: el ex marido de Elena Garro.

Charles Bukowski: el nuevo Dorothy Parker.

Ted Hughes: aspirante británico a Sylvia Plath.

Tao Lin: la versión masculina de Miranda July.

Paul Auster: amante eterno de Siri Hutsvedt.

No suena muy bien, ¿No?

Pues ocurre algo parecido cuando una editorial, incluso con su buena voluntad de traer a nuestras librerías la obra de alguna escritora muy importante pero muy olvidada o muy desconocida en nuestro panorama, acaba relegándola a apéndice de otro escritor —que casualmente siempre es un hombre— cuando quiere promocionarla.

Lo mismo que pasó en 2016 con la publicación de la prosa de Elena Garro por parte de la editorial Drácena. Paréntesis: de ella no dijeron que fue la impulsora del realismo mágico. Otro paréntesis: ¡el puñetero realismo mágico, joder! Sino que la vendieron como mujer de Octavio Paz. Y otro paréntesis: él, además, la maltrató psicológicamente. Además de como amante de Bioy Casares, inspiradora de García Márquez y admirada por Borges. Último paréntesis: un gang bang completo, vaya.

LEER MÁS: Amantes, musas o histéricas: el papel de las escritoras

Lo mismo que pasó con Elena Garro en 2016, decía, y con la reedición de Cartas a mi fantasma, de Edna Lieberman, a quien le pusieron una faja de “La musa de Roberto Bolaño”, le acaba de ocurrir a Kaori Ekuni, una de las escritoras más influyentes del Japón actual, y a quien la editorial Funambulista ha relegado a “la Murakami femenina”.

Algunos, quizá, pensarán que debería haber ningún problema con esta faja. No necesariamente, porque, ¿a qué escritor contemporáneo no le gustaría que le comparasen con Haruki Murakami, ese carismático superventas y candidato al Nobel a quien todos aman?

Sin embargo, este gesto supuestamente empoderador se desmorona por todas partes cuando nos damos cuenta no sólo de lo sexista que hay en él, sino también de su racismo. En primer lugar estamos equiparando a Ekuni, una autora conocida principalmente por sus arriesgadas novelas de temática amorosa, a la prosa de un autor con el que sólo comparte generación y país de origen.

¿Por qué el hecho de ser nipones une más a Ekuni y Murakami que cualquier otro rasgo de sus temáticas o estilos literarios? Y si así fuera. Si lo que quisiéramos fuese enmarcarla en algo generacional y territorial, ¿por qué no mencionar a Banana Yoshimoto, otra autora japonesa cuya obra también es muy querida en España?

Puede que lo de “la Murakami femenina” venga de lejos. De hecho, en las biografías y reseñas que se pueden leer en inglés sobre Kaori Ekuni ya encontramos esta mención. Puede que verdaderamente algunos piensen que ponerle tal apellido, es bueno. Que ayudará a su obra. Que la considerarán mejor. Que estar asociada a la marca de un hombre poderoso es algo mucho más importante que ser por sí misma una marca.

Sin embargo, su nombre seguirá sonando a apéndice, a costilla, a parte pequeña de algo, a cosa que no llegará a ser, incluso si ya lo es.

Porque sí, ya lo es.

Es la autora de una decena de novelas que venden miles de ejemplares en Japón, Corea y China.

Es, según la crítica, la “educadora sentimental” de muchas jóvenes de su país, que la leen con la misma pasión con la que en Europa muchas leemos a Anna Gavalda o Amélie Nothomb.

Es la ganadora de importantes premios literarios de su panorama: el Kabawata, el Tanizaki.

Es la autora de guiones que se convirtieron en películas de éxito en el mercado oriental.

Es escritora.

Es una gran escritora a la que aquí deseamos leer y de la que vamos a aprender.

Se llama Kaori Ekuni.

No depende de nadie.

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