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“La primera vez que vi un ‘squirt’ creí que mi compañera se… meaba”

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Confesiones de un hombre al que le gustan los quesos franceses, el periodismo y también las mujeres que hacen squirt: Emmanuel Carrère

Antonio J. Rodríguez

13 Noviembre 2017 07:29

Deseo, bochorno y vanidad son tres cosas que recurrentemente avanzan de la mano. Explicase esta hipótesis con dos ejemplos: Karl Lagerfeld —y cito al modisto porque la moda es un rincón donde la triada conceptual antes mencionada aparece con gran frecuencia— diciendo que no sabe lo que es el dinero porque nunca lo ha usado es algo que a. Produce vergüenza ajena, b. Es una constatación de envanecimiento superlativo, y c. En realidad es la clase de afirmación que todos querríamos pronunciar. ¿Acaso hay algo que afearle al hecho de vivir gratis? Pasa lo mismo con quienes han logrado deshacerse del pudor que nos impide convertir nuestras redes sociales en galerías infinitas del arte del autorretrato. Basta desenroscar el caño trasero de la civilización para comprobar que el espejo es un sitio entretenido al que mirar, y que, por lo mismo, quién no querría convertir sus espejos en escaparates, a fin de compartir su felicidad.

Haciendo periodismo, y solo en sus peoresmejores momentos, Emmanuel Carrère despierta deseo, bochorno y vanidad. Para Carrère, nunca no hay oportunidad de hacer saber al espectador el privilegio desde el que escribe, detalle especialmente presente en sus dos mejores obras, Limónov y El adversario. Si en el primer caso la curiosidad periodística nace del contrapunto entre un lumpen que militó con la oposición a Putin y el nacionalismo serbio, y la llanura de acción que le depara a un pequeñoburgués asentado bien en el distrito X de París; en El adversario el mecanismo era igual: un escritor parisino de clase media se interesa por alguien que mató a toda su familia después de fingir durante toda su vida que era alguien que en realidad no era. He aquí dos historias sobre la clase media y su neurótica fascinación por romper con lo establecido… sin romperlo.

Carrère es un periodista soberbio como también lo son, por nombrar dos ejemplos obvios, Didion o Dyer. Son gente cuyo mérito máximo pasó por traer las enseñanzas de la novela al periodismo

El periodismo es un oficio ejercido por un montón de gente vanidosa que en paralelo no para de intentar disimular físicamente esa misma vanidad hasta convertirla en gigantes e incómodos quistes de pus a punto de explotar. No es el caso de Carrère, que acaba de publicar en España, vía Anagrama, dos libros periodísticos e impúdicos, Calais, una crónica de su paso por la ciudad, y Conviene tener un sitio adonde ir, colección de reportajes, reseñas y rarezas de no ficción. Es verdad que es injusto decir que Carrère sea un periodista impúdico, pero suele pasar que los momentos más inconfundiblemente Carrère aparecen en sus levitaciones. Un ejemplo: el francés llega al campo de refugiados con el propósito de hacer una crónica alternativa (hablar de la ciudad que acoge el campo sin hacer mención al campo) y allí detalla sus conversaciones en el rincón más cool de Calais a propósito de filósofos altermundialistas… en torno, y cito textualmente, a una bandeja de quesos suntuosamente malolientes: maroilles, boulette d’Avesnes, grandes clásicos del norte. Calais, de hecho, se cimenta sobre la justificación de Carrère ante una carta anónima que le acusa de ser parte del circo mediático levantado frente a «la jungla».

Carrère es equivalente a historias de la clase media y su neurótica fascinación por romper con lo establecido… sin romperlo.

Otro ejemplo de levitaciones son sus crónicas masculinas para una revista femenina. Abro comillas: «En mi vida he conocido a mujeres que goteaban al gozar. Cuando digo gotear no me refiero a las secreciones vaginales que todos conocemos, sino a un chorro de líquido espeso y abundante que de golpe te llena la boca; porque no se produce, que yo sepa, más que en los casos de orgasmos clitoridianos alcanzados mediante estimulación oral. La primera vez que me sucedió yo debía de tener veinte años, no comprendí bien lo que pasaba; para hablar en plata, creí que mi compañera se meaba. Por íntimos que fuéramos ya, pensé que mear así, sin previo aviso, en la boca de tu amante, era cuando menos un poco desconsiderado. Dejaba una mancha grande en la sábana, el gusto era ácido, el olor algo agrio, y sin embargo no era orina. ¿Entonces qué era? ¿Qué era lo que había manado de ella, mezclado con su placer?»

Carrère es un periodista soberbio como también lo son, por nombrar dos ejemplos obvios, Didion o Dyer. Son gente cuyo mérito máximo pasó por traer las enseñanzas de la novela al periodismo, al mismo tiempo que sintetizaban el arte de la crónica y el don de la telerrealidad en libros memorables. Aparte, y ya que el periodismo se distingue de la novela en que el autor no tiene el derecho a decidir la sucesión de acontecimientos deseables, mención especial merecen los fiascos de Carrère, tan humanos como sus levitaciones. Vale que en Conviene tener un sitio adonde ir Carrère dedica un texto a explicar como echó a perder una entrevista con Catherine Deneuve. Con todo, es probable que el mejor fiasco del escritor sea a la vez una de sus mejores piezas. Pienso en uno de sus textos recientes, publicado hace escasos días en The Guardian. Allí Carrère se dedica a perseguir a Macron durante días tratando de conseguir lo que nadie había hecho: aterrizar en Júpiter y encontrar rastros de vida humana. A lo largo de páginas y páginas lo vemos esforzándose briosa e infatigablemente para encontrar el camino que permita entrar en la fortaleza. Nunca lo encuentra. Eso también es una lección de humildad.

Damien Hirst es la transposición al ámbito artístico de un sueño de financiero, el efecto palanca llevado a su paroxismo: inversión mínima (en talento, en integridad, dicho sea sin ofender a nadie), rendimiento superior al máximo. Un negocio redondo.

Emmanuel Carrère, 'Conviene tener un sitio adonde ir'

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