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“Llegó un momento en que no tenía emociones; solo tenía hambre”

Ana Mareca cuenta la experiencia de cómo ha aprendido a quererse por encima de su cuerpo

Fotos del trailer 'La vida engorda'

Ana Mareca se ha dado asco. Ha odiado su cuerpo. Ha comido para vencer al miedo y a la ansiedad. Pero hoy está aprendiendo a quererse, a vivir, a comer. Y muestra su experiencia en el documental La vida engorda que ha rodado junto al escritor Grassa Toro dentro del programa Ensayar el ensayo, en el proyecto cultural La Cala. “No es un documental de gordos para gordos”, aclara Ana. “Es la puesta en escena de un diálogo entre alguien que ha tenido problemas con su cuerpo y la comida y alguien que no los ha tenido nunca. Y del descubrimiento de que esto nos afecta a todos”.

El film se proyectará el 26 y el 27 de mayo en el Centro de Historias de Zaragoza ciudad. Y de igual manera que con esta entrevista, quiere compartir su vivencia porque para ella, leer testimonios con los que se podía identificar fue muy importante en su proceso de aceptación. “Es una forma de seguir la cadena de los que lo habían hecho antes que yo”.

Este es su legado.

I. “A unas nos da por engullir la vida, a otras les da por renegar de ella”

El origen de su historia todavía se desconoce: “No sé exactamente qué pasó con 8 años. Sólo recuerdo que me hacían saltar a la comba, que me decían que tenía que moverme más y que sólo podía comer polos de hielo. Llamaba mucho la atención por ser la más grande siempre de entre los niños de mi edad. Pero he hecho deporte. He sido una niña activa. En mi casa siempre se han preparado comidas equilibradas y todos los días el plato principal era verdura. El único problema era el peso, que muchas veces parecía ser el problema definitivo”, dice Ana.

Añade: “el peso es un problema que desencadena un pánico hacia el futuro. A los niños pequeños se les vaticina diabetes, paros cardíacos y depresiones. Las políticas de terror pueden prevenir pero también pueden causar muchas otras cosas”.

El peso muchas veces parecía ser el problema definitivo.

Sin embargo, recuerda cómo era un día corriente mientras las emociones dominaban su apetito: “era estar todo el tiempo pensando en comida. La vida era aquello que pasaba entre comida y comida. Vivía obsesionada con las horas de la comida”.

“Me acostaba pensando en qué desayunaría al día siguiente. Me despertaba pensando en qué me iba a llevar de almuerzo. Era pensar todo el día en comer. Y cuando comía, nunca era suficiente. Me saciaba, pero al poco volvía a tener hambre. La tristeza me daba hambre. El enfado me daba hambre. El sueño me daba hambre. La alegría y la celebración se hacían por medio de la comida. Todo era comer. No tenía emociones. Sólo tenía hambre. Y la única forma de pasar el hambre era comer. Y comer me producía otras emociones como frustración, culpabilidad, rabia, tristeza… que se traducían en hambre. Era el cuento de nunca acabar”, recuerda Ana.

Todo era comer. No tenía emociones. Sólo tenía hambre.

Ana supo que sufría un trastorno alimentario: “el diagnóstico de TCA fue una torta en toda la cara, pero también el desencadenante de muchos cambios a mejor”.

II. “El diagnóstico de TCA fue una torta en toda la cara. Pero fue el desencadenante de muchos cambios a mejor”

“Me di cuenta —dice— de que necesitaba ayuda psicológica porque, como todos los problemas de la cabeza, se convirtió en algo inhabilitante. Dejaba de ir a cenas o a sitios con mis amigos por comer o por no comer. No me concentraba. No trabajaba bien. Me despertaba por las noches pensando en comida. La palabra dieta me ponía violenta. Sabía desde hacía mucho que tenía un problema, pero pensaba que lo tenía controlado. Hasta que llegaron los ataques de ansiedad. Los que causan parálisis y no te dejan respirar. Las lloreras sin causa aparente”.

Había que acudir a un especialista. Y lo hizo. “Fui al médico de cabecera. En el volante que me hizo, sólo indicaba TCA y me enfadé mucho cuando descubrí que quería decir Trastorno de la Conducta Alimentaria. Yo había ido a pedir ayuda con la ansiedad y pensaba que me mandaría a algún psicólogo a aprender a respirar y ya está. Qué equivocada estaba".

“Viví el diagnóstico en secreto. En secreto incluso hacia mí misma. Estuve muchos años negando cualquier tipo de problema. En el endocrino siempre me preguntaban si vomitaba o si me daba atracones entre horas. Como los atracones no se salían de las horas de las comidas y como no vomitaba, pensaba que no había problema. Pero un día llegaron los ataques de ansiedad para los que no servía ni la comida. Y las depresiones. Cuando te pones en esas, ya es complicado negar que tienes un problema. El diagnóstico de TCA fue una torta en toda la cara. Pero fue el desencadenante de muchos cambios a mejor”.

Uno de esos cambios fue dar los primeros pasos para aceptar la situación y eso pasaba por contar qué le pasaba. “Desde entonces, empecé a contárselo a mis amistades más íntimas. Siguiendo las recomendaciones de mi psiquiatra, me olvidé de adelgazar. En su lugar, me concentré en comer bien”.

III. ”Veía la anatomía humana como un amasijo de carne”

Ana Mareca empezó a estudiar la carrera de Física y la cambió por Diseño Gráfico porque las salidas laborales le fueron gustando cada vez menos. Y en Diseño gráfico tuvo que aprender dibujo y para ello era necesario observar con atención cuerpos desnudos, lo cual le sirvió en su proceso de cambio . “El dibujo me ayudó a reconciliarme con el hecho de que todo el mundo tiene cuerpo y esos cuerpos son distintos, pero al final son todos lo mismo. Los elementos no varían tanto y cuando te hinchas a dibujar anatomía, acabas agradeciendo las variaciones”.

El dibujo me ayudó a reconciliarme con el hecho de que todo el mundo tiene cuerpo y cada uno es distinto.

O sea, que lo que conocemos como imperfecciones la ayudaron a valorarse. “Estos ejercicios me liberaron del concepto de cuerpo perfecto desde un punto de vista estético y me enseñaron a apreciar estéticamente todos los tipos de cuerpos y formas. También aprendí que en ellas influye la iluminación, la pose, la perspectiva. Al final, hacemos una lectura del cuerpo como la hacemos del lenguaje corporal o de las expresiones faciales. Y mi lectura anterior se limitaba a una característica de las cientos de ellas que pueden influir a la hora de observar un cuerpo”.

 

IV. “Que la gente coma sin medida y luego necesite adelgazar es una rueda de consumo perpetuo que le va muy bien al capitalismo”

Lo decía Marta Martínez y lo decía Mai Oltra: la gordofobia se nota, se siente y es omnipresente. Ana Mareca tiene una teoría sobre la continua reproducción de la gordofobia, que es la siguiente:

“Entre todos hemos construído la imagen de la persona gorda como alguien vago, dejado o maloliente. Desde las antiguas películas cómicas en las que los gordos siempre son los torpes de los que nos reímos, hasta algunos profesionales que al no conseguir que alguien adelgace, se deshacen del problema con un ‘si quisiera, podría’".

Creo que a las grandes industrias les interesan los estereotipos sobre gordos.

"Estos esterotipos no existirían si no los apoyásemos entre todos. Y yo creo que interesa que existan como refuerzo de lo malos que son los cuerpos, porque hay una gran industria desarrollada en torno al cuerpo. Grandes industrias. La industria del cuerpo, de la alimentación, de la moda, de la salud, etc. Que la gente coma sin medida y luego necesite adelgazar es una rueda de consumo perpetuo que le va muy bien al capitalismo. Nos decimos que queremos adelgazar para estar sanos, pero cuando a alguien sano no le entra esa camisa nueva, también va al gimnasio y se siente culpable cuando come”.

  

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