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"No viajé a ningún país donde el hombre tenga un estatus superior al de la mujer"

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Este biólogo hizo la vuelta al mundo persiguiendo el verano y acabó descubriendo que los seres humanos solo somos un bicho más en un planeta abrumador

claudio moreno

21 Julio 2017 10:38

El mundo filtrado por la mirada de un biólogo adquiere otro color. Otro lustre. Brilla más. Es la sensación que te queda tras recorrer el planeta con Xurxo Mariño, un biólogo gallego experto en neurofisiología.

Mariño viajó durante un año alrededor del mundo (con su pareja) para conocer de primera mano las singularidades de las culturas menos transitadas. Fue un viaje iniciático, y le sirvió para constatar la sospecha de que los libros de texto están a menudo equivocados: el planeta es más complejo y fascinante de lo que nos quieren hacer ver.

Todo eso queda patente en Tierra (Ed. Xerais), la huella de su itinerario, un texto científico que respira humanidad y que nos enseña el placer de viajar en todas sus formas.

–¿Cómo haces la maleta de un viaje así?

Nuestras maletas fueron exiguas porque decidimos llevar un equipaje que nos cupiese en la cabina de los aviones. Llevamos únicamente ropa de verano, y esto está relacionado con la ruta, puesto que viajamos alrededor del planeta siguiendo a la primavera y el verano. Para eso tuvimos que zigzaguear contínuamente sobre la línea del ecuador. También nos llevamos varios aparatos tecnológicos que nos permitieron hacer reservas rápidas.

Decidimos llevar un equipaje que nos cupiese en la cabina de los aviones.

–¿Necesitamos recorrer el mundo para entendernos a nosotros mismos?

Supongo que también puedes comprenderte a ti mismo sin salir de tu isla. Muchos filósofos griegos no viajaron más allá de las zonas en las que vivían y la mayoría llegaron a tener un conocimiento de la naturaleza humana mayor del que tenemos ahora. No sé si viajar ayuda a comprendernos a nosotros mismos, pero desde luego sí sirve para entender la diversidad que habita en este planeta.

–Esa diversidad merece ser contada desde el asombro. ¿Por qué los libros de texto no transmiten ninguna emoción?

Por varias razones. Después de la Revolución Industrial se creó una educación que consiste en ramificar el conocimiento para generar técnicos y personas especializadas en los distintos campos del saber, y desde entonces tenemos estos currículums cerrados tan difíciles de modificar. Por otra parte, muchas de las personas que se dedican a la docencia están felices ciñéndose a ese currículum porque así no tienen que darle vueltas a la cabeza. Al final es una falta de inquietud.

–A ti la inquietud te llevó a Cabo Verde, el primer destino. ¿Es cierto que allí la gente vive a otro ritmo?

Al principio exaspera un poco porque llegas acostumbrado a que te atiendan rápido. Aquí si pides una cerveza te la sirven automáticamente. En África no esa así. Van a su ritmo, tú no puedes llegar y decir “hola, qué tal, ponme dos cervezas”. Tienes que entablar conversación porque todo lo que no sea eso les parece muy abrupto. Al final agradeces esa calma.

–También aprecian la confianza, ¿verdad?

En muchos momentos del viaje necesitamos contratar cosas, pagarle a la gente por algún servicio. Siempre se hacía sin firmar. Era una cuestión de confianza sellada con una sonrisa para que quedaran claras tus intenciones. A pesar de vivir en unas condiciones de pobreza extrema, África fue sin duda donde mejor nos trataron.

En algunas zonas africanas la idea de pasear por la naturaleza no existe.

–En Botsuana te llamó la atención que el concepto “pasear por el campo” significa algo totalmente distinto.

Los europeos paseamos tranquilamente, hay caminos, reservas, parques naturales, etc. Sin embargo, en algunas zonas africanas la idea de pasear por la naturaleza no existe. Tienes que ser muy consciente de que te estás metiendo en la sabana africana, en donde afortunadamente aún campan a sus anchas leones, leopardos, guepardos, búfalos, etc. Me alegró ver que aún existen grandes extensiones de terreno en las que estos animales viven en completa libertad.

–De hecho, en algunos lugares, los humanos somos los únicos animales enjaulados.

Eso pasa por ejemplo en el Parque Natural de Etosha, en Namibia. Para sentirnos un poco libres y estirar las piernas teníamos que meternos en una jaula. Era el mundo al revés.

–En el Namib conocísteis a un granjero que llevaba dos años viviendo sin una gota de lluvia.

Cuando piensas en el desierto de Namibia imaginas un lugar inhóspito, por eso sorprende encontrar animales como el Oryx, un antílope hermosísimo con pinturas de guerra y los cuernos peinados hacia atrás. También sorprende que haya granjeros en medio del desierto. En Galicia –de donde soy– la gente a veces se queja porque en algunas etapas de sequía resulta complicado mantener al ganado. Sin embargo, en aquella granja del Namib en la que pasamos una noche el granjero lo vivía con absoluta tranquilidad. Tenía depósitos de agua que conseguía a través de molinos, haciendo pozos en el suelo, y de esa manera le daba de beber a su ganado. Éste ramoneaba en la escasa vegetación que había disponible, pero salía adelante. Es una enseñanza de cómo los seres vivos, incluso con muy pocos medios, podemos salir adelante si ponemos todo de nuestra parte.

Para sentirnos un poco libres y estirar las piernas teníamos que meternos en una jaula.

–Sufren escasez, pero tenían un cielo insuperable.

Disfrutar de un cielo sin contaminación luminosa es una experiencia extraordinaria. Nuestros ancestros pudieron admirar toda la grandeza de un cielo estrellado, pero ahora buena parte de la población mundial se ha desplazado a las ciudades y la contaminación lumínica le impide disfrutar de algo que forma parte de nuestra esencia. Siempre hemos mirado al cielo, y de hecho la ciencia comenzó así, la astronomía es esencial en el desarrollo de la curiosidad y de la búsqueda que tiene el ser humano por comprender el mundo que le rodea. Ahora solo vemos el cielo en las noche despejadas, pero nada tiene que ver con el cielo del desierto.

–También dices que al viajar te sientes muy pequeño, especialmente en lugares como el Namib. ¿Te parece una buena cura de humildad?

Totalmente. Los seres humanos somos grandes constructores, hemos modificado el planeta a gran escala, pero cuando viajas te enfrentas a glaciares de decenas de kilómetros o a inmensos cañones construidos por algunos ríos, y ahí ves que somos un bicho más. Sí, tenemos una gran capacidad de modificar el planeta, pero siguen existiendo espacios que te dejan abrumado.

–¿Qué dieta seguisteis durante el viaje?

Haciendo un repaso general de comidas sorprendentes: en el África subsahariana nos alimentamos sobre todo de antílopes. De hecho, el primer restaurante en el que nos metimos en Namibia tenía una carta repleta de animales salvajes. Después, en América del Sur nos gustó mucho la cocina peruana. Es una magnífica combinación de sus raíces tradicionales y lo que han absorbido de Asia, todo fusionado en el llamado Nikkei. En Australia me llamó la atención lo común que era comerse el cocodrilo, un animal muy particular porque es de las poquísimas excepciones en donde nos comemos mutuamente. Y en Mongolia se comía la carne de Yak.

El cocodrilo es un animal muy particular porque es de las poquísimas excepciones en donde nos comemos mutuamente.

–Además comiste hojas de coca.

En la región de Cuzco (Perú) es fácil que te vendan bolsitas con hojas de coca. Son secas y duras. Es bastante desagradable, pero como esperas que sirva para algo sigues mascando. Tú mascas eso durante 45 minutos y al final te provoca una ligerísima euforia, te anestesia un poco la boca, pero poco más.

–Mientras caminabas por Latinoamérica tuviste una revelación: “En este mundo existe una carencia extrema de librerías”.

A menudo intentamos comprar libros sobre la cultura y la historia de los lugares que visitamos, y durante el viaje nos dimos cuenta de lo complicado que es encontrar libros en ciertos países. Incluso en sitios bastante turísticos. No nos damos cuenta en nuestro entorno cultural porque somos afortunados de tener librerías al alcance, pero éste es un privilegio de no demasiados lugares.

–Hablemos de Asia. ¿Cómo es posible que su tráfico desquiciado no moleste a nadie?

En una ciudad grande como Ho Chi Minh City (Vietnam), con 12 millones de habitantes y unos 6 millones de motos, asombra comprobar que apenas hay semáforos ni preferencia en los cruces. Son como fluidos, ríos de motos que vienen por un lado y se van por el otro, y se cruzan entre todos sin que pase nada. Tras observarlo un tiempo llegué a la conclusión de que funciona de manera similar al hecho de ir andando. Cuando tú estás en un sitio con una muchedumbre importante te mueves sin esperar, y esto es parecido. Los motoristas vietnamitas van despacio para pasar o dejar pasar a cada segundo.

–También te llamó la atención su gestión del sueño.

Se echan a dormir en cualquier sitio. Eso pasa en Vietnam y en China. Duermen en todas partes, a cualquier hora y en posturas inverosímiles. Quizás sea porque su separación de horas laborales y horas de descanso no está tan marcada. Al final están siempre trabajando y descansando.

En Vietnam y en China duermen en todas partes, a cualquier hora y en posturas inverosímiles.

–¿Por qué no fuisteis a países musulmanes?

No fuimos a países musulmanes ni a cualquier otro país en el que el hombre tenga un estatus superior al de la mujer de manera oficial. Ni a Eli ni a mí nos hacía gracia pasar por sociedades que marcan esas fronteras, aunque a lo mejor lo que que hay que hacer para romperlas es precisamente viajar a esos sitios. Nunca se sabe.

–Cambiando de tema, ¿has encontrado alguna huella del calentamiento global?

No, no pude. Para acceder a cualquier tipo de conocimiento necesitamos establecer relaciones entre las cosas, por eso, para encontrar huellas del cambio climático, necesitaría pasar por los mismos sitios unos años después. Esto es una reflexión importante: los seres humanos solo podemos conocer a través de la relaciones que establecemos. No tenemos conocimiento absoluto.

–¿Has visto animales corrompidos por los turistas?

Sí, basta que haya un lugar turístico en donde se les alimente y automáticamente se convierten en una plaga. Eso queda muy patente en el entorno de Las Cataratas del Iguazú, con los coatíes acercándose sin temor a la gente porque se habían acostumbrado a que les dieran de comer. Al final estos bichos se olvidan de vivir con sus costumbres habituales y terminan molestando. Aunque a muchos turistas les hagan gracias.

En general el planeta Tierra es un lugar extraordinariamente seguro.

–A menudo decimos que el mundo está hiperconectado, ¿es una afirmación eurocentrista?

Puede ser, aún hay sitios en los que resulta imposible tener cualquier tipo de conexión. Cuando viajamos por Namibia, por ejemplo, teníamos jornadas de varios cientos de kilómetros recorriendo zonas desérticas en las que no había nada ni nadie. Si en esas circunstancias le pasa algo a tu coche, ahí te quedas. En la Amazonia, subiendo el Río Negro, tuvimos una sensación de desconexión similar.

–La gente que vive por esos lares, ¿es consciente de su propio aislamiento? ¿Sabe que existe un futuro digital fuera de su parcela?

Es difícil saberlo, en el Amazonas siguen existiendo pueblos que están completamente desconectados del mundo occidental. No sé hasta qué punto pueden ser conscientes de que existe otro mundo fuera. Pero sobreviven ahí, aislados de todos nosotros, y de hecho el Gobierno brasileño prohíbe que cualquier persona se acerque a ellos.

–Para terminar, ¿qué le dirías a toda esa gente que no viaja por miedo al terrorismo?

Le diría que las noticias de sucesos son precisamente eso, noticias, las excepciones desagradables. Los seres humanos somos animales sociales que dependemos de la interacción con los demás, y precisamente por eso nos agrada el contacto. La inmensa mayoría de la gente a lo largo y ancho de este planeta es muy agradable con el visitante. Escapando de países en guerra o en donde tengan locuras colectivas espoleadas por la religión, por ejemplo, en general el planeta Tierra es un lugar extraordinariamente seguro.

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