Food

Lo que sabe la ciencia sobre las personas torpes no te va a gustar

Esto te va a doler más que una caída tonta y las risas de unos desconocidos

Christopher Ruano

Las personas torpes estamos habituadas a conjugar tres verbos fastidiosos: chocar, tropezar y romper. Vamos por ahí tirándolo todo, con el “perdón” siempre en la boca, temerosos de convertirnos en el último viral de Youtube.

Pero, ¿qué sentido tiene la torpeza? Todas esas veces que nos excusamos con el clásico “la he liado parda” o "Yo no he sido", ¿obedecen en realidad a un rasgo indeleble de nuestra personalidad? Según la ciencia, algo de eso hay.

En 2007, el profesor Charles Swanik y su equipo de la Universidad de Delaware trabajaron con un grupo de atletas para descubrir por qué ciertas personas parecían más propensas a desarrollar lesiones accidentales.

Como muestra seleccionaron a 80 atletas –de entre 1500 analizados– que habían sufrido lesiones relacionadas con la torpeza, excluyendo los casos de sorpresa o falta de aptitud. Swanik encontró algunos rasgos distintivos. Según el estudio, los deportistas seleccionados mostraron peor desempeño en las pruebas de memoria visual y verbal, escasez de equilibrio, lentitud en el tiempo de reacción y menor “velocidad de procesamiento”.

Detengámonos en el último punto. La velocidad de procesamiento se asocia al momento de distracción en el que, consciente o inconscientemente, se interrumpe la conexión entre músculo y cerebro. A partir de aquí hay dos versiones de la teoría. La primera dice que las personas torpes tenemos mayor dificultad para unir la información recibida y la toma de una decisión posterior. La segunda argumenta que los distraídos seríamos más patosos por la complejidad de procesar varios datos a la vez. Si caminamos ensimismados en mil pensamientos, ¿cómo no vamos a tropezar? La buena noticia es que esa distracción permanente está muy vinculada a la creatividad.

Dejando de lado el patrón neurofisiológico, los esfuerzos se han centrado en determinar las etapas vitales en las que nuestra falta de pericia está más acusada. Es el caso de la adolescencia, donde el cuerpo crece torpe y descontrolado, o la vejez, cuando pasamos de centrarnos en los movimientos que trazamos para alcanzar un objeto a fijarnos, únicamente, en nuestro cuerpo y en el objeto.

Así, tras remover todos estos ingredientes en la coctelera, salen testimonios como el siguiente:

“Es divertido la mayor parte del tiempo, pero a veces resulta peligroso o molesto. Cuando era pequeño parecía que tenía problemas para dar un paso sin resultar herido. Más tarde, siendo más consciente, empecé a acostumbrarme y dejé de estresarme por ello. Simplemente me alegro cuando no me caigo. Cuando ocurre algunos se ríen y otros, la mayoría, se preocupan. En general la gente lleva bastante bien mi torpeza”.

Que la gente lleve bien nuestra torpeza parece la mejor solución. Algunos proyectos proponen paliarla mediante remedios sospechosamente milagrosos, tratamientos basados en la memoria o en la concentración, sin embargo, hasta la fecha, la empatía ha sido una aliada inmejorable.

Cuando caemos nos duele a nosotros y cuando rompemos algo aún nos duele más. Si se trata de una cuestión irresoluble y la gente se ríe con nuestra torpeza, ¿para qué sufrir?

(Vía Bustle)

¿Te ha gustado este contenido?...

Hoy en PlayGround Vídeo:

Ver todos los vídeos

Hoy en PlayGround Video



 

cerrar
cerrar