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¿Es posible hipnotizar a alguien con el sonido de una taza?

"La hipnosis no consigue ese control social que sí consiguen religiones, ideologías o equipos de fútbol".

Todo comenzó con una pregunta inocente: ¿Qué hay de cierto en la hipnosis de la película ' Get Out'? Y a partir de ahí, otra: ¿Es posible hipnotizar a alguien con el sonido de una taza de té?

Spoiler: en un momento de la película, la doctora Missy Armitage hipnotiza a Chris con el sonido de una cucharilla contra su taza. Remueve el café con una cadencia insistente, repetitiva, fija la atención de Chris en el sonido del metal sobre la porcelana y éste, esquivo, termina sumido en un estado de catatonia. Siempre que escuche ese sonido, caerá en él. Fin del spoiler.

La doctora hipnotiza a Chris con el sonido de una cucharilla contra su taza.

El debate entre espectadores a la salida del cine es inevitable: ¿Puede un estímulo tan leve inducir semejante estado? Aún más, ¿podría hacerlo de forma continuada? Para aclarar este planteamiento de la ficción hablamos con Pablo Raijenstein, el último golden boy del mentalismo: "Sí, se puede realizar un anclaje sensorial con un sonido, una acción o una imagen. Un anclaje consiste en asociar un estímulo a un estado emocional. De esta forma, cuando la persona escuche este sonido o vea esta imagen, podrá entrar en ese estado".

La siguiente pregunta se hace sola, ¿actuaría un hipnotizado contra su voluntad? "Estar bajo trance hipnótico no hace que las personas pierdan la voluntad, solo las hace más receptivas. Una persona nunca hará algo que vaya en contra de su moral o que lo ponga en peligro, ya que automáticamente despertaría", resuelve Raijenstein.

Parece sensato. Antonio Capafons, doctor en Psicología por la Universidad de Valencia, confirma: "Cuando alguien obra contra sus principios ocurre porque ha delegado su control en la persona que le ha inducido a hacer algo que no quería. Se denomina control social. La hipnosis no consigue ese control que sí consiguen las religiones, ideologías políticas, sectas, guías espirituales o incluso equipos de fútbol”.

Sí, se puede realizar un anclaje sensorial con un sonido, una acción o una imagen.

En este punto, el profesor de la UV rescata un informe emitido por la AAHEA (Asociación para el Avance de la Hipnosis Experimental y Aplicada) que él mismo preside. El texto denuncia la espectacularización de la hipnosis a partir del siguiente titular: “El SAMUR atiende a una mujer que quedó en trance tras un espectáculo de hipnosis y no podía despertar”. Se refiere al espectáculo de Pablo Raijenstein.

La persona no participó en mi show –nos dice Pablo Raijenstein– siguió las pautas que le di a otro espectador y entró en una autohipnosis. Cuando despertó, una hora después, se le invitó a visitar el hospital (por si tenía síntoma que no fuese causado por la hipnosis)”, aclara el mentalista. “Por supuesto que creo que la hipnosis terapéutica y clínica debe ser empleada por profesionales de la salud, pero la hipnosis que yo realizo no es con fines terapéuticos. Simplemente empleo una técnica dentro de un espectáculo para motivar la experimentación sensorial. No se pone en peligro a nadie”.

Una persona nunca hará algo que vaya en contra de su moral o que lo ponga en peligro.

Por lo que respecta a la comunidad científica más 'purista', resta valor al concepto siguiendo la estrategia "si algo no nos gusta, evitamos nombrarlo". Quizás entienden que al hablar de ella, aunque sea desde el rechazo, pierden credibilidad; pero esa reticencia visceral tampoco ayuda al común de los pacientes, porque ni siquiera ellos aportan argumentos de peso para desconfiar.

Quienes sí hablan, y mucho, son sus prescriptores: "Si hay reticencia es porque no se lucha contra el intrusismo y la mala praxis con la intensidad que el tema de la hipnosis se merece, o no se recuerda que hay informes, como el realizado por el Ilustre Colegio de la Psicología de Las Palmas, que indican que la hipnosis es una prestación sanitaria", apunta Capafons.

En efecto, la hipnosis está excluido del catálogo de prestaciones financiables por la salud pública, pero el decreto que ordena el suministro sanitario deja la puerta abierta a que se preste con recursos privados. Podría interpretarse, por tanto, que reconoce su valía como recurso coadyuvante.

"La hipnosis es un buen coadyuvante haciendo que la terapia sea más rápida y efectiva. Es muy importante recordar que si una persona no sabe tratar el problema sin hipnosis, tampoco va a saber tratarlo con ella", dice María José Serrano, doctora en Psicología y coordinadora del grupo de trabajo de hipnosis del Colegio Oficial de Psicología de Cataluña.

Si hay reticencia es porque no se lucha contra el intrusismo y la mala praxis con la intensidad que el tema de la hipnosis se merece.

El adjetivo coadyuvante debería aparecer en todos los debates sobre hipnosis. Significa que ayuda a que algo tenga lugar. Significa que si alguien padece ceguera -según el grado- sólo podrá ser corregida por la Oftalmología o, en el peor de los casos, podrá recurrir a la hipnosis para que le ayude a sobrellevarla. Porque ayuda, no hace milagros. Una de las grandes luchas de los terapeutas que recomiendan la hipnosis consiste en erradicar la frustración de quienes esperan remedios prodigiosos y obtienen cuidados paliativos.

Pero, ¿realmente ayuda? Cuesta creer el truco de la cucharilla y la taza. Todo lo que sabemos de hipnosis tiene que ver con feriantes sosteniendo péndulos y gente que se vuelve gallina. Gente que hasta cacarea: “Los espectáculos de hipnosis pueden resultar divertidos, pero hacen que la gente la vea como un cuento”, sentencia María José Serrano.

Desechada la falsa mitología, queda centrarse en sus bondades. Según Antonio Capafons, "la hipnosis ayuda cuando se usa como coadyuvante de otras intervenciones médicas, psicológicas, odontológicas, etc. En el campo del dolor ayuda a preparar la cirugía, el parto, la ansiedad hospitalaria, el colon irritable, el sobrepeso por exceso de ingesta, la depresión, etc. Hay evidencia abundante de que ayuda a incrementar la eficacia y/o eficiencia de la intervención”.

La hipnosis ayuda cuando se usa como coadyuvante de otras intervenciones médicas.

Así que permite incrementar la eficacia de una intervención. Punto. Todo lo demás apesta a humo. “Uno de los riesgos de la hipnosis es que se aplique un tratamiento que sabemos que puede perjudicar, como las regresiones a la búsqueda de recuerdos ocultos en el “inconsciente”. Esto puede generar falsos recuerdos, como haber sido sometido a rituales satánicos (lo refleja Amenábar en 'Regresión'), o haber sido abducido por extraterrestres. Cuando una persona recibe una regresión hipnótica NO regresa realmente a ese periodo de su vida. Hay evidencia empírica abundante que así lo demuestra”, afirma Capafons.

Lograr un título pseudoacadémico es tan fácil como pagar cuatro tasas y tener impresora en casa.

Los peligros de la hipnosis es una cuestión recurrente. Casi como el péndulo. Estos, al contrario de los que sugerían las noticias de la mujer que quedó en trance, suelen esconderse tras la negligencia clínica. Según cuentan Antonio Capafons y María José Serrano, siempre van de mano de los farsantes: “Los riesgos que corre una persona en tratamiento con un hipnotizador sin la formación necesaria (psicólogo, médico, etc.) es que le traten solo con hipnosis. Esto puede agravar su patología o incluso llevarle a la muerte, como ha ocurrido con pacientes oncológicos que fueron animados a abandonar la quimioterapia”.

En un terreno tan abonado al intrusismo, lograr un título pseudoacadémico es tan fácil como pagar cuatro tasas y tener impresora en casa. Para ilustrarlo, Serrano me pone tras la pista del Doctor Zoe, un gato al que su dueño sacó varios certificados de hipnoterapeuta. Después lo perdió porque el señor Zoe dejó de pagar sus obligaciones.

En definitiva, ¿funciona la hipnosis? Según para qué. Desde luego no lo hace como tratamiento principal. Sí parece hacerlo -así lo atestiguan estudios científicos y profesionales rigurosos- como  paliativo de dolores que usualmente mitigamos con química. El profesor Capafons sugiere que el oscurantismo de esta terapia también obedece a intereses económicos de la industria farmacéutica, y uno no puede evitar sospechar que sí, que quizás esta industria tenga parte de culpa y cierto interés. Casi siempre los tiene.

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