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"El 50% de las personas con trastornos alimenticios han sufrido abusos sexuales"

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Matarse de hambre o matarse comiendo: las consecuencia de los abusos sexuales de las que nadie habla

Elena Rue Morgue

23 Febrero 2017 06:00


La historia de Marta

"A ver... la verdad es que esto es muy difícil para mí, no por contar las cosas que me pasaron, eso es lo de menos, pero cuando hablo de esto, aunque hayan pasado los años sigo sin lograr entender cómo alguien de tu propia sangre es capaz de cometer semejantes atrocidades sin remordimiento alguno".

Marta tiene 22 años, nació en Colombia y hace 10 que llegó a España. Lleva desde los 15 ingresando en diferentes hospitales por culpa de la anorexia. Un trastorno que, en su caso, se desarrolló a causa de los abusos sexuales a los que la sometió su propia familia. Ahora, al fin, está en proceso de recuperase en el Instituto de Trastornos Alimenticios de Barcelona. El primer lugar en el que, por primera vez en su vida, dice sentirse segura.

Antes de que los abusos empezaran, la vida de Marta tampoco había sido fácil. Su padre, alcohólico y violento, maltrataba a su madre, que se pasaba la vida entrando y saliendo del hospital a causa de sus palizas. Cuando tenía 5 años, sus padres emigraron con la intención de buscar un futuro mejor y dejaron a Marta a cargo de su tía. Este podía haber sido un final feliz para aquel infierno de gritos y golpes al que estaba acostumbrada pero, por desgracia, nada más lejos de la realidad.

Dos años después de llegar a casa de su tía, su primo, al que consideraba como un hermano mayor, empezó a tocarla.

"Empezó tocando todas las partes de mi cuerpo. Luego las cosas empezaron a subir de tono, hasta que, cuando tenía ocho años, tuve mi 'primera relación sexual'. Lo recuerdo como la peor de las sensaciones que jamás haya sentido... sentir a un ser extraño dentro de mi cuerpo, manipulándome como le venía en gana. Quería verlo como un simple juego sin más importancia. Pero lo cierto es que, cuando pasas por algo así, aunque eres muy pequeña, sabes perfectamente que hay algo que no está del todo bien".



Al cumplir los 10 años, Marta, que nunca había explicado a nadie por lo que estaba pasando, decidió mudarse con su abuelo. Ella creía que, al alejarse de su primo, los abusos terminarían, pero lo peor estaba por llegar.

"Me mudé a casa de mi abuelo con la esperanza de que mi primo no hiciera de las suyas, pero el horror acababa de empezar. Mi abuelo tenía un 'bar' con chicas de compañía, en ese sitio me pusieron a trabajar. No puedo entender cómo mi propia familia pudo venderme a hombres simplemente por conseguir dinero".



La historia de Marta es especialmente dura pero, por desgracia, los abusos sexuales no son raros entre las pacientes con trastornos de la conducta alimentaria. Según cuenta a PlayGround Mónica Muñoz, psicóloga con 20 años de experiencia tratando TCA, aunque los porcentajes varían de estudio a estudio, se cree que hasta el 50% de las personas que desarrollan un trastorno alimenticio han sufrido algún tipo de abuso sexual.

Por supuesto, no todas las historias de abuso sexual son como la de Marta. "Cuando hablamos de abusos sexuales no siempre nos estamos refiriendo a que haya habido penetración (que son los casos que consideramos más graves), puede ser también haber tenido que presenciar forzosamente escenas de sexo durante la infancia, ser tocadas por compañeros de clase... en resumen, algún tipo de experiencia traumática con el sexo", dice Mónica.

Pero, ¿por qué?

El odio hacia tu propio cuerpo


A menos de que seas una de las 3 o 4 personas del planeta con un autoestima blindada ante el mundo, lo más probable es que, en mayor o menor medida, haya momentos en los que no estés a gusto en tu propio cuerpo. Pero cuando éste ha sido sobado y maltratado por alguien contra tu voluntad, la relación con el mismo puede volverse especialmente conflictiva.



No es raro que una persona que ha pasado por algo así utilice su relación con la comida para tratar de protegerse de posibles futuras agresiones. Por ejemplo, en el caso del trastorno por atracón, la persona que se atiborra a comida tiende a ganar mucho peso, algo que le hace sentir que es menos vulnerable ante un nuevo abuso.

En el extremo contrario, pero con la misma función, tenemos a quien deja de comer para así perder sus "curvas de mujer", desexualizar su figura y dejar de resultar atractiva a los hombres. Este es el caso de Marta, que reconoce que se "mataba de hambre para ser un saco de huesos, dar asco y que nadie le pusiera un dedo encima".

Es tanto el desprecio que estas pacientes alcanzan a sentir por su propio cuerpo que llegan a hacerse daño de las formas más brutales. "Del asco que me tengo he llegado a autolesionarme, incluso a tragarme cristales...", cuenta.

Controlar las emociones a través de la comida

Cuando le preguntamos cuál de los tres trastornos era el que más llegaba a las consultas relacionado con un pasado de abusos sexuales, la doctora no tiene duda: chicas que vomitan.

Esto no es una cuestión de azar. Las pacientes utilizan los atracones y las purgas (bulímicas) o restricción y vómito (anoréxicas purgativas), como una especie de bloqueador emocional cuando esos recuerdos traumáticos vuelven a ellas. "Mientras comen y vomitan –apunta Muñoz– consiguen que no exista nada más en su mente, se anestesian". Lo mismo sucede con las que sufren de trastorno por atracón, que al fin y al cabo son como bulímicas que no llegan a inducirse el vómito.

"La gente tiene que entender que no es solo un tema con su cuerpo, es una herramienta para tratar de gestionar el malestar emocional. Tanto las que usan el control y la restricción como los atracones y la purga, lo usan como una especie de regulador emocional. O incluso de anestésico", exactamente igual que quien consume drogas tras una experiencia traumática.




Curarse es acabar con la culpa y tomar las riendas de su vida

Muchas de estas mujeres, tras haber pasado por una situación de abuso sexual en la que algo terrible les sucedió sin que ellas pudieran evitarlo, acaban por tener la sensación de que no tienen control sobre su vida. Tal y como explica la doctora, "sienten que no serán capaces de controlarse a sí mismas y a su entorno. Se sienten víctimas, y este complejo de víctima las acaba convirtiendo en víctimas, pero de sí mismas".

"Yo el tratamiento lo enfoco a ayudarlas a dejar de verse, de sentirse y, al fin al cabo, de vivir como víctimas, para lograr así sentirse supervivientes. El abuso tiene consecuencias, y es algo que no podemos borrar de su pasado, pero sí podemos ayudarlas a afrontar las consecuencias del abuso y que recuperen el control sobre sus vidas".

Curar un TCA después de haber sido víctima de abusos es terriblemente complicado. Para los pacientes, el trastorno alimenticio es una forma de disociarse de la realidad, algo que en su momento les sirvió de mucha ayuda, porque mientras se disocian, "no sienten". Marta me explicó que, cuando su abuelo la prostituía con hombres que triplicaban su edad, ella sentía que salía de su cuerpo, que contemplaba la escena como una película, una herramienta que, según me explicó la doctora Muñoz, es muy habitual en estos casos.



"Eso para un niño puede llegar a ser bueno, está pero no sufre, está pero no está. El problema es que ese mecanismo se generaliza y se va repitiendo a lo largo de la vida. Por eso es tan complicado que se curen, porque los beneficios que han conseguido de este tipo de conductas para ellos son muy grandes, así que muchas veces les da más miedo curarse que seguir así. Curarse implica también sufrir, a pasar por un proceso por el que muchas veces no se ven capaces, por lo que son tratamientos, generalmente, larguísimos".

"Las pacientes están intentando gestionar sus emociones como buenamente pueden. Están buscando una solución en un camino equivocado. En terapia les ayudamos a que aprendan a construir soluciones alternativas, a través de cambiar su autoconcepto y enseñarles estrategias para regularse emocionalmente. A aprender a ponerse límites en la vida, y no hacerlo siempre a través de la comida y su cuerpo".


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Para empezar a salir de ese pozo es imprescindible acabar con la culpa que las atormenta.  "La gestión que tienen de la culpa –dice Muñoz– es horrible. De hecho, uno de los objetivos más complejos del tratamiento es que se quiten la culpa de encima y culpen a quien corresponde: a la persona que abusó de ellas".

Es un proceso de reconstrucción desde el nivel mas profundo. "Cuando nos vamos a los abusos más graves, los que se dan en la infancia, hay que tener en cuenta que es el momento en el que se está construyendo todo: la personalidad, las estrategias de afrontamiento, las relaciones... si todo esto se construye a partir del abuso, el autoconcepto, sobre todo, se construye de una forma bastante negativa. Se sienten muy culpables, normalmente, de haberlo permitido, cuando son niñas".



 Los trastornos alimenticios nunca existen por sí mismos, siempre son el síntoma de algo más

Si no has pasado por ello, es habitual que los TCA despierten incomprensión: siempre hay quien diagnostica el problema de la anorexia como el de "una niña que quiere ser modelo" y le prescribe "un par de bocadillos" para "quitarle la tontería".

Lo que a estas personas les cuesta entender es que los trastornos alimenticios nunca existen por sí mismos, sino que son una manifestación de algo mucho más profundo que una obsesión con la imagen, la comida y el peso. Y mientras los abusadores sigan actuando con impunidad, seguirán habiendo niñas que solo encuentren un hilo de esperanza en matarse de hambre, o en matarse comiendo. Y eso no tendrá nada que ver con la apariencia de su cuerpo, sino con el estado de su alma.



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