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Así padecen los adolescentes el estigma de la virginidad en la era de la sexualización

La virginidad era un tesoro que se guardaba con celo. Varias generaciones después, la gesta suena ridícula 

En épocas pasadas la virginidad era un tesoro que se guardaba con celo. Llegar virgen al matrimonio se entendía como un acto de virtud, obligado e inspirado por la moral puritana de entonces, pero meritorio al fin y al cabo. Varias generaciones después la gesta suena ridícula y el virtuosismo, reprobable.

Eso es lo que se desprende de un estudio elaborado por los psicólogos Amanda Gesselman y Justin García, de la Universidad de Indiana, y Gregory Webs­ter, de la Universidad de Florida. Según los investigadores, la actividad sexual prematrimonial está tan extendida que quienes se inician de forma tardía empiezan a sentir cierta discriminación.

Así, el trabajo citado les ha llevado a descubrir que los jóvenes del siglo XXI abordan el tema de la sexualidad con una doble presión, la que le cargan sus coetáneos más precoces y la que ellos mismos asumen al sentir que serán rechazados por su inexperiencia.

Es el último estigma de una sociedad ultrasexualizada, donde los bichos raros son más raros que nunca.

De este modo, muchos de los adolescentes estudiados vaticinaron que serían minusvalorados al practicar sexo , pero también pensaron que lo serían al iniciar una relación formal,  ya que sus potenciales parejas podían vincular la inexperiencia carnal al hecho de tener un problema de personalidad.

Nada más lejos. Los expertos remarcan que esta percepción tiene un importante sesgo subjetivo: la virginidad no es un impedimento para disfrutar de las relaciones, pero quienes aún la ‘padecen’ (el caso de los analizados) sienten que esa nimiedad biográfica les arruinará cualquier tentativa.

Todo eso les hace caer en una inseguridad erosionante y les engancha en relaciones utilitaristas. Se encaman para poder contarlo, que no para disfrutarlo. Y luego, con el tiempo, regurgitan el lamento atravesado con un "yo no quise" o un "por qué no esperé".

No esperó porque el estigma pesa de lo lindo. Porque el escudo de autoconfianza tarda en aparecer y la broma siempre sabe dónde pinchar. No esperó, en definitiva, porque ser un bicho raro es... lo mejor que le podría pasar. Quizás era demasiado pronto, ya lo descubrirá.

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