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El corto que deberían ver las personas enganchadas a las bebidas azucaradas

“Mi nombre es Mike y soy adicto a los refrescos de cola” 

ca

fe

í

na

4 sílabas que marcan la vida de millones de adolescentes. Y lo que no saben es que la marca de por vida.

Es curioso, pero toda la atención de estas 4 sílabas recae sobre la "í". Es como si en el acento o en la soledad de la vocal, se concentrara toda la adicción a la droga más popular y aceptada del mundo: la cafeína.

Si recuerdas que de niño tus padres no te dejaban tomar más de un vaso de refresco, era por algo. El azúcar, el gas y sobre todo la cafeína no le van nada bien a un cuerpo todavía en desarrollo. Cuando Mike supo esto, ya era demasiado tarde. Lo cuenta en un corto que ilustra el sufrimiento que le provocó su adicción a esta bebida con cafeína y las consecuencias que tuvo.

Dentro vídeo.

“Cuando era pequeño, mi madre me dijo que Dios era un señor en el cielo que juzgaba todo lo que hacía. Si era malo, ardería en el infierno para siempre. Mi padre, en cambio, me contó que Dios era un osito de peluche gigante que se pasaba el día bebiendo CocaCola y levantando pesas. Con perspectiva veo que no había mucho lugar para la duda”.

“Mis padres me dejaban tomar sólo una cola al día pero siempre encontraba la manera de saltarme ese límite. Por ejemplo, una vez, en la primaria, al final de una fiesta fui bebiéndome los restos de cola de las latas de todo el mundo”.

Y a medida que fue creciendo, también crecía su ansia por la cola. En la secundaria llegó a beber hasta 8 latas al día, una dosis superior a la cantidad de agua diaria que beben muchas personas.

Esto le acarreó problemas dentales continuos y su madre decidió cortarle el grifo. Así que tuvo que dejar de beberlos. Y en ese punto fue cuando lo peor ocurrió.

El mono de cafeína le provocó dolores de cabeza lacerantes, mareos, problemas oculares como visión parcial o en túnel.

El dolor era tan grande que fue al médico pero decidió no tomar las pastillas contra los ataques que le recetaron por los graves efectos secundarios que tenían. Por suerte, después de unas cuantas semanas todo mejoró, pero ya no puede tomar cafeína nunca más o si no las migrañas vuelven.

El de Mike es un claro ejemplo de que los niños y los adolescentes tienen que andar con mucho cuidado con la cafeína. Si bien la Autoridad Europea sobre Seguridad Alimentaria ( EFSA) calcula un máximo de 400 miligramos de cafeína al día por adulto sano (excepto las mujeres embarazadas) que puede variar según factores como el peso, para el resto los valores son mucho más reducidos:

-Adolescentes de entre 10 y 18 años: 0.4-1.4 miligramos/kilo

-Niños de entre 3 y 10 años: 0.2-2 miligramos/kilo

-Bebés de entre 12 y 36 meses: 0-2.1 miligramos/kilo

Un exceso de cafeína a estas edades y de hecho, en todas, puede traer consecuencias como las que le ocurrieron a Mike, además de insomnio, ansiedad y cambios del comportamiento a corto plazo. Y a largo plaza pueden ocurrir incluso problemas cardiovasculares.

Hazte una sola pregunta: ¿Cuántos Mike has conocido en tu vida con el mismo problema?

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