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Descubre el ajo negro y olvídate del mal aliento

Los negros son 10 veces más poderosos que los blancos

El ajo genera una infinita relación de amor-odio que se conoce desde la invención del aioli: amor en quien lo come pero odio del que tiene que sufrir ese aliento abrumador que parece salido del mismísimo averno. Sin embargo, existe una forma de gozar de todos los beneficios del ajo sin apestar al personal: el ajo negro.

No está muy claro quién empezó a comerlo ni de dónde ha salido. Por su aspecto se diría que aterrizaró como un meteorito venido del espacio sideral. Pero no. La historia más extendida sitúa su origen en Japón. Se dice que un científico japonés quería disminuir el olor tan fuerte del ajo blanco y en el proceso de investigación decidió ahumarlo. La sorpresa fue cuando observó que el ajo se había quedado completamente negro, ya no tenía olor y su textura como su sabor habían cambiado por completo.

Empezó a tener popularidad allá por el 2009 cuando el coreano Scott Kim, que lo comercializaba, afirmó que fue él quien en 2004 lo convirtió en el superalimento que es ahora.

Sea como sea, el ajo negro multiplica por 10 los poderes del ajo crudo convencional. ¿Qué quiere decir esto? Que tiene una mayor fuerza en la lucha contra virus, hongos y parásitos, contra la hipertensión, contra la mala digestión y contra la retención de líquidos. Casi nada.

Todo ello se debe a los tres ases que contiene el ajo: compuestos azufrados, polifenoles y ácido linolénico. Estos se concentran gracias al proceso de obtención del ajo negro, que no es otra especie de ajo sino el resultado de su transformación mediante calor.

Para conseguirlo, hace falta encerrar una cabeza de ajos comunes a una temperatura de 60ºC, en un ambiente húmedo, durante 40 días. Una arrocera podría servir para prepararlo en casa.

Tras este tiempo, habrá sucedido lo que se conoce como reacción de Maillard, que ocurre en todos los productos que se tuestan como el pan recién horneado y el café. En palabras sencillas, el calor transforma los azúcares. Así que no es ninguna fermentación hecha por bacterias como se suele decir.

Así, el ajo se habrá vuelto marrón o negro y habrá encogido ligeramente. Su consistencia será parecida a la de los dátiles. Y su sabor suele describirse como suave, sin el picor del ajo crudo, con un punto dulce y otro punto a regaliz y a anís. En definitiva, bastante parecido al ajo asado pero ligeramente ácido.

Por cierto, los atrevidos se lo comen crudo en ayunas. No hace falta ser tan osado y lo recomendamos untado en pan. Cuidado, porque mancha mucho.

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