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Food

¿Por qué empezamos el año comiendo 12 uvas?

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Intenta responder con la boca llena

rosa molinero

30 Diciembre 2016 12:00

Supersiticiosos o escépticos, lo más probable es que la mayoría de personas celebren la entrada de año engullendo como ardillas 12 uvas por cada campanada del reloj.

En Italia y Chile prefieren las lentejas pero, ¿qué tradición descerebrada es esta en la que en menos de 30 segundos puedes quedarte sin oxígeno y más morado que una berenjena?

¿Por qué se insiste en una tradición que cada año lleva a urgencias a centenares de personas mayores porque se atragantan con el ritmo frenético de las uvas y las dichosas pepitas?

La respuesta no es fácil. Como toda tradición popular, tiene un origen poco claro y cada uno suele dar la explicación que más veces ha escuchado.

Una de las historias que más se cuentan es que en 1909 hubo una sobreproducción de uvas. Los viticultores murcianos y alicantinos, para asegurar la venta de tal cosecha, dieron a esas uvas el nombre de “uvas de la suerte”, ideales para asegurar la fortuna del año que entraba.

Sin embargo, cuesta imaginar que una estrategia de publicidad como esa tuviera un efecto masivo en poco tiempo y a principios de 1900s, con tan pocos medios de comunicación. Además, parece ser que la tradición fecha de años atrás, puesto que periódicos de finales del siglo XIX ya recogen que esta costumbre tenía lugar en Madrid, donde empezó todo.

Según una noticia de 1892, ese año ya había quien comía uvas a medianoche, tal como cuenta Ana Vega Pérez, apasionada de la historia gastronómica. Pero la tradición de comer una uva por campanada se concreta en 1896, como confirmó Gabriel Medina, director del Archivo de la República de Motril. Él afirma, además, que al siguiente año los comerciantes ya les otorgaban propiedades milagrosas.

El precio el la uva era barato y todo el mundo se podía permitir comprar un poco de suerte para el año nuevo. Por otro lado, era un gesto al que se le atribuía algo de glamour del que podían hacer burla, imitando a los aristócratas madrileños que pasaban temporadas en Francia, donde era típico comer uvas y bajarlas con champán durante la última noche del año.

Y como para el español cualquier ocasión es buena con tal de salir a hacer un poco de jarana a la calle, la costumbre se popularizó todavía más cuando se empezaron a tomar las uvas frente al reloj de la madrileña Plaza del Sol. Fue una celebración que sustituyó a otra mucho más cruel que se prohibió en 1882: la de gastar bromas de mal gusto a los gallegos y asturianos recién llegados a la ciudad.

Con el paso del tiempo, otros países de habla hispana adoptaron la tradición: México, Colombia Venezuela, Bolivia, Ecuador, Perú y Costa Rica.

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