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Cuando los tomates eran hijos del diablo y las brujas

La gente ha temido los tomates durante 600 años

La caza de brujas en Europa durante los siglos XIII al XVII no dejó títere con cabeza. Todo era diabólico: mujeres, escobas, gatos, cabras e incluso los tomates.

Ningún otro vegetal ha sido tan maligno como el tomate. No por casualidad se ha dicho que eran las manzanas de las brujas y el cine de terror los demonizó en El ataque de los tomates asesinos.

Recién llegados de Sudamérica, los tomates recibieron las iras de la Iglesia, como la mayoría de cosas. Y siguiendo la tradición de acogida con todo lo que es extranjero, se les temió y se les maldijo porque se creía que eran un fruto de Belcebú.

En 1540, el inicio de la importación de tomates coincidió con la obsesión por saber con qué se untaban las brujas sus cuerpos y sus escobas, no sólo para poder volar, sino también para encontrarse con el diablo o transformarse en lobos que se comían a niños pequeños.

Años más tarde, ya se tenía la receta completa y se confirmaba que el tomate era un siervo del maligno por pertenecer a la familia de las solanáceas, como la mandrágora y el beleño negro, otros ingredientes que componían el ungüento.

Pero lo principal era que la tomatera es, a los ojos ciegos e inexpertos de un cazador de brujas, muy parecida a la planta de la belladona, que tenía mala fama desde la Antigüedad: veneno mata-emperadores, responsable de viajes escalofriantes e infernales y de orgías desenfrenadas que seguro terminaban en aquelarre.

De manera que en la época se creía que si mordías un tomate, las fuerzas del mal te convertían en un hombre lobo.

La culpa de todo la tenía Galeno. Bueno, de hecho, no. La culpa la tenían los botánicos que seguían usando un modelo que por esas fechas tenía ya más de 1.000 años. De manera que no tenían ni idea de cómo clasificar los vegetales americanos que empezaron a llegar.

Solamente en España se podían comer tranquilamente (tal vez por eso se aprovechaba y se sigue aprovechando al máximo, hasta para untar el pan) porque la Inquisición llegó a considerar como herejía cualquier creencia en la brujería.

Allí, decían los científicos ya a principios del XIX, que curaba la sed que ocasionaba tanto sol. Pero comerlos en un clima frío y húmedo era arriesgarse a coger un resfriado. Incluso en Harvard se llegó a creer que el fruto era tan poderoso que era fácil tener una sobredosis tomatil que provocaría sangrado de encías y hemorroides.

A principios del siglo XX, los tomates todavía no se acababan de librar de la superstición. En EE.UU se decía que los inmigrantes italianos, ávidos comedores de tomates, tenían un comportamiento violento y sexual impredecible. Y había tomate por en medio, como con las brujas.

Y en 1990 la NASA llevó al espacio unas semillas de la planta y cuando la nave regresó con ellas, sembraron el pánico entre los estadounidenses, que pensaron que tendrían mutaciones peligrosas.

[ Vía Atlas Obscura]

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