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Esto es lo que me pasó después de beber Tamango

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Solo un bar en todo el mundo prepara este brebaje de los esclavos africanos de 85 grados de alcohol capaz de provocar 3 días de alucinaciones

rosa molinero

30 Junio 2017 11:32

Tamango.

Tres sílabas para un cóctel únicamente turinés que te hará creer en todas las leyendas que rodean a esta ciudad del Piemonte.

Porque si miras al cielo en la piazza Stattuto de Turín, verás a Lucifer (y no es broma). Y si allí mismo miras hacia el suelo, cuidado, porque puede atraparte la boca del infierno. Se la considera la capital de la magia blanca y la magia negra y es posible que este cóctel concentre un poco de las dos. Yo, que viajé a Turín para dejarme llevar por su gastronomía y nada más, empecé a creer que el bien y el mal libraban batalla por las esquinas de la ciudad cuando un desconocido me contó su experiencia bebiendo Tamango.

Konstantinos K., un chico de 26 años de Kalamata (Grecia), que en esos momentos estudiaba un máster de patrimonio en la ciudad, recuerda su noche en La Acardia, el único bar del mundo que prepara este brebaje no muy lejos de las momias del Museo Egipcio y de la Iglesia llena de incienso que alberga la Sábana Santa.

“Todo ocurrió una noche de esas en las que te querrías quedar en casa, pero le has prometido a alguien que te dejarás caer: en este caso, tocaba unirme a mi grupo de amigos para ver un partido de fútbol. Tras un largo debate conmigo mismo y un espresso doble, decidí ir aunque llegara tarde. Sentía que esa noche me traería una sorpresa. Y llegó pronto: en el bar al lado de nuestra mesa, dos hermanos italianos se pusieron a hablar con nosotros después de escuchar que yo era griego. Uno de ellos, Nico, tuvo una exnovia griega y yo le resulté curioso. Casualidades de la vida, Nico era mitad italiano y mitad ruso y había nacido en Kenya, junto al cráter Ngorongoro de Tanzania, una área protegida que yo estaba estudiando en la universidad y que me apasionaba. El chico estaba más que sorprendido de encontrarse a alguien que lo supiera todo de esa zona tan alejada. Teníamos mucho de lo que hablar.

El partido terminó y, con tres cervezas encima, el hermano de Nico tuvo la idea de llevarnos a un bar secreto que según él era muy especial y servía una bebida que todo el mundo que viajara a Turín tenía que probar por lo menos una vez.

Su nombre era Tamango. 

Nos pareció fantástico y lo seguimos hasta llegar a una callejuela cerca del corso Vittorio Emmanuele  [una de las calles principales de Turín], que estaba extrañamente tranquila. “¡Ya hemos llegado! No había ningún cartel que indicara que ahí había un bar. Una puerta estaba entreabierta y de ella salía una luz rojiza. Entramos y aquello era como tenía que ser. Parecía una cueva, tenía una atmósfera oscura, mística, con símbolos religiosos y máscaras africanas. Éramos cinco en total y teníamos mucha curiosidad.

El hermano de Nico se dirigió al barman y le dijo que habíamos venido a por el tamango y que queríamos tres, una cantidad que luego supe que superaba por mucho lo que deberíamos haber tomado. Después de un rato, llegaron los tres vasos llenos a rebosar de un coctél de color rojo. El barman nos avisó de que el alcohol era muy potente y me hice el valiente, pero lo que pasó tras dar un primer sorbo no me lo esperaba: era un desastre, era imbebible. Me ardían los labios y me parecía que me iba a salir fuego de la garganta. Tardé un rato en poder beber la mitad de la copa, que al final me supo bastante dulce, y luego nos fuimos a la calle.  

Allí se me ocurrió empezar a hacer de escupefuegos usando la bebida y un encendedor. 

Estábamos borrachísimos y empezamos a andar hacia atrás, a reírnos sin parar y a hacer gilipolleces, como terminar en otro bar tomando más cervezas (algo que no recomiendo en absoluto). Al salir apenas podíamos movernos, cada paso era un esfuerzo demasiado grande, así que decidimos buscar el coche de uno de ellos, sin éxito. Estuvimos dando vueltas a la misma manzana durante media hora. Cuando me dí cuenta, los dos hermanos habían desaparecido. Parpadeé. Y me desperté en mi habitación.

A la mañana siguiente me sentía tan hiperactivo que me levanté sin despertador. Pero estaba lejos de mí: en la universidad, no era capaz de escuchar ni de seguir conversaciones, solamente me reía y me sentía lentísimo también. Todo el mundo tenía mucha curiosidad para saber qué había pasado la noche anterior… Pero yo no tanta.  

Los síntomas duraron 3 días, tuve alucinaciones cuando me quedaba dormido e incluso experimenté parálisis del sueño. Les pregunté al resto cómo estaban y me contaron que uno ni siquiera había conseguido llegar a su casa y había terminado durmiendo en el Parque del Valentino, a orillas del Po. Y dice que entre la bruma del río vio asomarse un cabeza estrellada que se reía maliciosamente".


Lucifer en el Traforo de Frejus de Turín

La razón de la noche surreal de Kostas es que el tamango contiene un 85% de alcohol y está hecho con rosa de Abisínia y unas raíces africanas que provocan alucinaciones. “Es una bebida que recomiendo a un bebedor duro; le asegurará una buena historia que contar”, concluye.

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