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El corto antitaurino que dejará en ridículo a los defensores de los toros

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La mejor campaña contra el toreo la firmaron los propios taurinos. Y aquí está la prueba

rosa molinero

06 Septiembre 2017 16:53

Hoy PACMA estrena un documental firmado por Jaime Alekos en el que solamente cita a toreros y a expertos en tauromaquia. Y nada más.

Afirmaciones de Belmonte, Salvador y Rodrigáñez, de Cossío, Padilla Suárez, nombres que cualquier taurino conoce, desfilan por la pantalla intercaladas con imágenes de una corrida. Podría parecer contradictorio, pero solamente hace falta leer algo de lo que contaba precisamente Juan Belmonte, que fundó el toreo moderno, de movimientos cortos, por su mala condición física:

“Es verdad, y todo el mundo lo sabe, que el toro en campo abierto no embiste”.

Juan Belmonte

“Cuando en su marcha por el campo se encuentra el toro con un presunto enemigo, se limita a dar media vuelta y emprender la retirada a favor de la querencia”.

“Se decide el toro a embestir sólo cuando se le fuerza a ello, cuando no tiene más remedio, cuando está ya cansado de rehuir la pelea. Para que la acepte hay que cansarle antes y llevarle a la convicción de que atacar es la única salida que le queda”.

Sin duda, PACMA acierta con este documental que es un ejercicio para condenar la tauromaquia desde la tauromaquia, el documental se divide en los tres tercios de una corrida, que ilustra con frases extraídas de tratados sobre el toreo que explican claramente que lo que se vive en una plaza es un teatro operado por personas donde el toro es a la vez víctima y atrezzo.

Así, las palabras de Cesáreo Sanz Egaña en La tienta del toro de lidia nos muestra cuántas veces un toro se da la vuelta al verse en mitad de la plaza, desorientado y asustado: “El toro acomete a los objetos o seres movibles por miedo; el toro ante un móvil, se repara, se espanta… en ocasiones el miedo es superlativo y se desmanda huyendo sin dirección”.

Y en las imágenes vemos cómo se juega con su vida: se le fustiga con las puyas de los picadores para amansarlo; se le clavan las banderillas para embravecerlo un poco; y cómo ya, moribundo, se le marea con la muleta para que siga ofreciendo este triste espectáculo al público.

No lo puede decir más claro José María de Cossío en Los toros: tratado técnico e histórico: “La disminución de facultades que la pérdida de sangre supone no debe ser excesiva, pero sí suficiente para que el toro temple su ímpetu bronco y, consiguientemente, se ahorme su cabeza, dejando el cornear contínuo y descompuesto”.

O Miguel Padilla Suárez en El toro bravo. Etología, aprendizaje y comportamiento: “(...) el torero no deja de pelear sino que, dejándole reposar para que reponga fuerzas, sigue presentándole en la extensión de su mano la muleta, el engaño, y le obliga a seguir con la lucha, a seguir peleando. Por una parte le impulsan [...] a la embestida y, a la vez, su organismo está siendo impulsado y dirigido, como instinto de conservación, a la huída”.

Es un espectáculo triste, salvaje que debería avergonzarnos a todos, cabe remarcarlo, para los que todavía piensan que las banderillas solamente hacen cosquillas al animal o que solamente sufre unos instantes antes de la muerte. No nos equivoquemos: el toreo no va de matar. Ni siquiera de "mirar a los ojos a la muerte", como se ha pretendido poetizar. El toreo es hacer sufrir a un animal, de aprisionarlo en un ruedo para hacerlo sufrir a voluntad hasta su muerte.

Y por mucho empeño técnico y estético que se le ponga a todas sus fases y movimientos, tampoco es un arte. A no ser que consideremos como arte la tortura y la matanza.

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