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La dolorosa confesión de una trabajadora mexicana ilegal en EEUU

"Me llamo Odilia Chavez y soy una campesina inmigrante de 40 años" 

La web Modern Farmer recibió una carta de Odilia Chavez en 2013. Este texto toma más relevancia que nunca en 2017. Si alguien conoce o ha vivido un caso similar nos gustaría recibir vuestros textos para que PlayGround Food sea el altavoz de unas historias que no pueden ni deben quedar en el olvido. Nuestro mail es redaccion@playgroundmag.net

Este es su dolorsa confesión como trabajadora mexicana ilegal en Estados Unidos:

"Me llamo Odilia Chavez y soy una campesina inmigrante de 40 años que vive en Madera, California, el corazón fértil del Valle Central. También soy madre soltera de tres chicos: mi hijo mayor, de 20 años, vino en 2004, cruzando la frontera con un coyote (traficante de personas). Ahora va a la universidad y estudia Ciencias Políticas. Los otros dos nacieron aquí como ciudadanos americanos.

Crecí en Santiago Yosondua, Oaxaca, en el sur de México. Fui a la escuela hasta tercero de primaria; a mi papá lo mataron cuando yo tenía 11 años y no teníamos suficiente ni para comer. Es por esto que me fui a trabajar a Ciudad de México con 12 años y viví como criada en casa de una familia española. Cada año regresaba a Oaxaca para visitar a mi madre y veía cómo los inmigrantes que volvían de los Estados Unidos se compraban coches lujosos y grandes casas, mientras mi madre todavía dormía en una alfombra en el suelo de nuestra cabaña. Un coyote me dijo que me llevaría a los Estados Unidos por 1.800 dólares. Y entonces partí hacia el norte en 1999, dejando a mi hijo de cuatro años con mi madre. Yo tenía 26 años.

Veía cómo los inmigrantes que volvían de los Estados Unidos se compraban coches lujosos y grandes casas.

Cruzamos el desierto hasta Arizona, escondiéndonos de las patrullas fronterizas. Finalmente llegué a Madera en marzo de 1999 y me trasladé a una casa para trabajadores inmigrantes del campo.

Nunca había trabajado en el campo. Al principio fue muy duro —trabajar al aire libre con el calor se convirtió en la rutina diaria. Pero, ciertamente, he aprendido. En un año típico, empiezo podando los viñedos en abril y recojo cerezas en Madera por mayo. He viajado a Oregón en junio para cosechar fresas, moras y arándanos en una granja de propiedad rusa. Y me llevo a mi hija de 14 años y a mi hijo de 8 años conmigo porque tienen vacaciones de verano. Juegan con otros niños y me traen agua y comida al campo. Allí ivimos en una casa de 25 habitaciones con otras 100 personas y todo el mundo respeta las colas para ir al baño. Yo y mis hijos compartimos una habitación por 270 dólares al mes.

Vuelvo a Madeira en agosto para que mis hijos reemprendan la escuela. Ahora somos propietarios de nuestra casa, que terminamos de pagar en abril. He conseguido el sueño americano —¡ja!— gracias a la ayuda del padre de mi hijo menor, que murió en 2007 cuando regresó a México tras tener problemas con extranjería y fue asesinado por un policía mientras trabajaba. En Madera recojo las uvas que en septiembre serán pasas y suelo descansar en Octubre. En Noviembre viajo cada día a Stanislaus County para trabajar plantando árboles en un vivero hasta febrero.

En todas las cosechas, los hombres y las mujeres trabajan a una, haciendo el mismo trabajo, las mujeres tan rápido como los hombres. He sido acosada una vez: cuando uno de los jefes que nos conducía al campo en coche quiso abrazarme y no quería pagarme los 8 dólares del trabajo del día si no me iba con él. (Muchos de nosotros no tenemos carnet de conducir, así que los contratistas organizan el transporte para ir a trabajar). Dejé el trabajo. En California, especialmente en Fresno y Madera, hay una gran abundancia de trabajos en el campo. Y si no te gusta uno no tienes por qué hacerlo.

He visto en las noticias que algunos miembros del Congreso y ciudadanos americanos dicen que los trabajadores sin papeles les quitan sus trabajos. No les quitamos sus trabajos. En los 14 años que hace que llegué, nunca he visto a los estadounidenses trabajar en el campo. Ni tampoco he visto a nadie trabajar como lo hacen los mexicanos. Sea en los restaurantes o en la construcción, encontraras salvadoreños o guatemaltecos, pero en el campo casi todo son mexicanos.

Nunca había trabajado en el campo. Al principio fue muy duro.

El trabajo es duro —pero muchos trabajos lo son. La cosa que más me molesta es que el salario sea tan bajo. Con las cerezas ganas 7 dólares por cada caja y en un día lleno 30 cajas, que hacen 210 dólares por día. Con los arándanos, 25 containers por 5 dólares cada uno —125 dólares al día. Con las uvas, 30 céntimos por cada cartón, y puedo hacer 400 cartones al día —120 dólares al día. Los tomates son los peor pagados: recojo 100 por 62 céntimos el cubo, o sea, 62 dólares por día. Ya no suelo trabajar mucho entre tomateras. Es un trabajo duro, tienes que agacharte, correr para ir hasta las cestas, y la espalda duele. Digo que me gustan los tomates, pero en la ensalada. ¡Ja! En muchas de las plantaciones, los jefes controlan tu ritmo de trabajo mediante una tarjeta, que perforan cada vez que dejas un canasto lleno de vegetales.

Me gustaría que fueran más considerados con el salario por el trabajo que estamos haciendo. Son bastante tacaños: 31 céntimos por un cartón de uvas. Me gustarían otros dos o tres céntimos más por cartón, porque realmente es un trabajo duro y pesado. Nunca he trabajado para un sindicato —muchos de ellos son del gremio de los tomates o las naranjas— pero si alguien no quiere pagarte, el Sindicato de Granjeros Americanos donde soy voluntaria te ayudará a cobrar.

Son bastante tacaños: 31 céntimos por un cartón de uvas. Me gustarían otros dos o tres céntimos más.

Soy muy rápida. En los trabajos donde hay que hacer tareas delicadas, como podar plantas, no quieren que te des prisa, porque te pagan por hora. Pero en los trabajos de cosecha normalmente te pagan por la cantidad que recojas. Lo prefiero así —tienes que correr, pero te podrás ir a casa más temprano. Llegamos a las plantaciones a las 6 de la mañana y si me doy prisa, descanso a la una para beber y comer algo, luego trabajo una hora más y me voy a casa. Escoges las horas que quieres trabajar e intentas no tomarte muchos descansos para poder ganar más dinero. Algunas personas trabajan hasta las 5 de la tarde y quieren trabajar y más trabajar, pero yo tengo hijos.

Llegas a casa realmente cansada. Cuando yo llego a casa, me doy una ducha, me pongo crema en mis pies doloridos y me preparo para el próximo día. Normalmente me acuesto a las 9 para levantarme a las 3 o a las 4 de la mañana para dejar listos algunos tacos para el día siguiente. También, los trabajadores sin papeles no tienen seguro médico —así que la mayoría de nosotros compramos pastillas sin receta médica para todos los males. Por suerte, todavía no he tenido muchos problemas de salud.

Algunos contratistas creen que pueden abusar de ti porque no tienes papeles. Una vez, un contratista americano de padres mexicanos me llamó “ilegal indeseable” y dijo que iba a llamar a extranjería para que me detuvieran. Le dije “¡Diles que vengan, los estaré esperando!”. Dejé ese trabajo.

Algunos contratistas creen que pueden abusar de ti porque no tienes papeles.

Todos queremos una reforma de las leyes de inmigración. Primero, podría sacarme el permiso de conducir, tendría seguridad social y podría ir a ver a mi madre a México. (La última vez que fui fue en 2008 y tuve que cruzar de nuevo el desierto con un coyote para llegar —pero era la única opción). Seguiría trabajando en el campo. No sé hacer otra cosa. Muchos trabajadores no han llegado muy lejos en la escuela y no saben usar un ordenador. ¿Qué otro trabajo podrían hacer? No podemos conseguir un trabajo mejor. Algunos eran campesinos en México y todos vamos a morir como campesinos. Pero yo estoy muy orgullosa del trabajo que hago. Puede ser divertido. Incluso nos hacemos bromas.

Voy a seguir trabajando tanto tiempo como pueda. Mi hijo pequeño dice que va a inventar un robot para que me releve en las tareas domésticas y él va a ganar mucho dinero para que nos podamos comprar nuestro propio rancho.

Y sí, ¡puedes usar mi nombre real! Mucha gente sin papeles tiene miedo, pero nunca he visto una redada contra los inmigrantes en una granja. (Y también espero que no empiecen, claro). La agricultura depende de los trabajadores indocumentados. Nosotros necesitamos el dinero de los agricultores y ellos necesitan nuestras manos.

[Vía Modern Farmer]

Me llamo Odilia Chavez y soy una agricultora inmigrante de 40 años que vive en Madera, California, el corazón fértil del Valle Central. También soy madre soltera de tres chicos: mi hijo mayor, de 20 años, vino en 2004, cruzando la frontera con un coyote. Ahora va a la universidad y estudia Ciencias Políticas. Los otros dos nacieron aquí como ciudadanos americanos.

Crecí en Santiago Yosondua, Oaxaca, en el sur de México. Fui a la escuela hasta tercero de primaria; a mi papá lo mataron cuando yo tenía 11 años y no teníamos suficiente ni para comer. Es por esto que me fui a trabajar a Ciudad de México con 12 años y viví como criada en casa de una familia española. Cada año regresaba a Oaxaca para visitar a mi madre y veía cómo los inmigrantes que volvían de los Estados Unidos se compraban coches lujosos y grandes casas, mientras mi madre todavía dormía en una alfombra en el suelo de nuestra cabaña. Un coyote me dijo que me llevaría a los Estados Unidos por 1.800 dólares. Y entonces partí hacia el norte en 1999, dejando a mi hijo de cuatro años con mi madre. Entonces yo tenía 26 años.

Cruzamos el desierto hasta Arizona, escondiéndonos de las patrullas fronterizas. Finalmente llegué a Madera en marzo de 1999 y me trasladé a una casa para trabajadores inmigrantes del campo.

Nunca había trabajado el campo. Al principio fue muy duro —trabajar al aire libre con el calor se convirtió en la rutina diaria. Pero, ciertamente, he aprendido. En un año típico, empiezo podando los viñedos en abril y recojo cerezas en Madera por mayo. He viajado a Oregón en junio para cosechar fresas, moras y arándanos en una granja de propiedad rusa. Y me llevo a mi hija de 14 años y a mi hijo de 8 años conmigo porque tienen vacaciones de verano. Juegan con otros niños y me traen agua y comida al campo. Allí ivimos en una casa de 25 habitaciones con otras 100 personas y todo el mundo respeta las colas para ir al baño. Yo y mis hijos compartimos una habitación por 270 dólares al mes.

Vuelvo a Madeira en agosto para que mis hijos reemprendan la escuela. Ahora somos propietarios de nuestra casa, que terminamos de pagar en abril. He conseguido el sueño americano —¡ja!— gracias a la ayuda del padre de mi hijo menor, que murió en 2007 cuando regresó a México tras tener problemas con extranjería y fue asesinado por un policía mientras trabajaba. En Madera recojo las uvas que en septiembre serán pasas y suelo descansar en Octubre. En Noviembre viajo cada día a Stanislaus County para trabajar plantando árboles en un vivero hasta febrero.

En todas las cosechas, los hombres y las mujeres trabajan a una, haciendo el mismo trabajo, las mujeres tan rápido como los hombres. He sido acosada una vez: cuando uno de los jefes que nos conducía al campo en coche quiso abrazarme y no quería pagarme los 8 dólares del trabajo del día si no me iba con él. (Muchos de nosotros no tenemos carnet de conducir, así que los contratistas organizan el transporte para ir a trabajar). Dejé el trabajo. En California, especialmente en Fresno y Madera, hay una gran abundancia de trabajos en el campo. Y si no te gusta uno no tienes por qué hacerlo.

He visto en las noticias que algunos miembros del Congreso y ciudadanos americanos dicen que los trabajadores sin papeles les quitan sus trabajos. No les quitamos sus trabajos. En los 14 años que hace que llegué, nunca he visto a los estadounidenses trabajar en el campo. Ni tampoco he visto a nadie trabajar como lo hacen los mexicanos. Sea en los restaurantes o en la construcción, encontraras salvadoreños o guatemaltecos, pero en el campo casi todo son mexicanos.

El trabajo es duro —pero muchos trabajos lo son. La cosa que más me molesta es que el salario sea tan bajo. Con las cerezas ganas 7 dólares por cada caja y en un día lleno 30 cajas, que hacen 210 dólares por día. Con los arándanos, 25 containers por 5 dólares cada uno —125 dólares al día. Con las uvas, 30 céntimos por cada cartón, y puedo hacer 400 cartones al día —120 dólares al día. Los tomates son los peor pagados: recojo 100 por 62 céntimos el cubo, o sea, 62 dólares por día. Ya no suelo trabajar mucho entre tomateras. Es un trabajo duro, tienes que agacharte, correr para ir hasta las cestas, y la espalda duele. Digo que me gustan los tomates, pero en la ensalada. ¡Ja! En muchas de las plantaciones, los jefes controlan tu ritmo de trabajo mediante una tarjeta, que perforan cada vez que dejas un canasto lleno de vegetales.

Me gustaría que fueran más considerados con el salario por el trabajo que estamos haciendo. Son bastante tacaños: 31 céntimos por un cartón de uvas. Me gustarían otros dos o tres céntimos más por cartón, porque realmente es un trabajo duro y pesado. Nunca he trabajado para un sindicato —muchos de ellos son del gremio de los tomates o las naranjas— pero si alguien no quiere pagarte, el Sindicato de Granjeros Americanos donde soy voluntaria te ayudará a cobrar.

Soy muy rápida. En los trabajos donde hay que hacer tareas delicadas, como podar plantas, no quieren que te des prisa, porque te pagan por hora. Pero en los trabajos de cosecha normalmente te pagan por la cantidad que recojas. Lo prefiero así —tienes que correr, pero te podrás ir a casa más temprano. Llegamos a las plantaciones a las 6 de la mañana y si me doy prisa, descanso a la una para beber y comer algo, luego trabajo una hora más y me voy a casa. Escoges las horas que quieres trabajar e intentas no tomarte muchos descansos para poder ganar más dinero. Algunas personas trabajan hasta las 5 de la tarde y quieren trabajar y más trabajar, pero yo tengo hijos.

Llegas a casa realmente cansada. Cuando yo llego a casa, me doy una ducha, me pongo crema en mis pies doloridos y me preparo para el próximo día. Normalmente me acuesto a las 9 para levantarme a las 3 o a las 4 de la mañana para dejar listos algunos tacos para el día. También, los trabajadores sin papeles no tienen seguro médico —así que la mayoría de nosotros compramos pastillas sin receta médica para todos los males. Por suerte, todavía no he tenido muchos problemas de salud.

Algunos contratistas creen que pueden abusar de ti porque no tienes papeles. Una vez, un contratista americano de padres mexicanos me llamó “ilegal indeseable” y dijo que iba a llamar a extranjería para que me detuvieran. Le dije “¡Diles que vengan, los estaré esperando!”. Dejé ese trabajo.

Todos queremos una reforma de las leyes de inmigración. Primero, podría sacarme el permiso de conducir, tendría seguridad social y podría ir a ver a mi madre a México. (La última vez que fui fue en 2008 y tuve que cruzar de nuevo el desierto con un coyote para llegar —pero era la única opción). Seguiría trabajando en el campo. No sé hacer otra cosa. Muchos trabajadores no han llegado muy lejos en la escuela y no saben usar un ordenador. ¿Qué otro trabajo podrían hacer? No podemos conseguir un trabajo mejor. Algunos eran campesinos en México y todos vamos a morir como campesinos. Pero yo estoy muy orgullosa del trabajo que hago. Puede ser divertido. Incluso bromeamos.

Voy a seguir trabajando tanto tiempo como pueda. Mi hijo pequeño dice que va a inventar un robot para que me releve en las tareas domésticas y él va a ganar mucho dinero para que nos podamos comprar nuestro propio rancho.

Y sí, ¡puedes usar mi nombre real! Mucha gente sin papeles tiene miedo, pero nunca he visto una redada contra los inmigrantes en una granja. (Y también espero que no empiecen, claro). La agricultura depende de los trabajadores indocumentados. Nosotros necesitamos el dinero de los agricultores y ellos necesitan nuestras manos.

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