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El plato que está aniquilando al caimán salvaje en Colombia

La locura por comer cola de caimán pone en peligro de extinción a este pequeño reptil

Fotos: Paolo Marchetti

No existe un plato más polémico en Colombia que el estofado de babilla o caimán pequeño. Para muchos, su carne con yuca y papa o con arroz blanco, coco y patacones es un manjar exquisito.

Afortunadamente, otros tantos consideran que es una práctica salvaje con la que hay que acabar si no queremos ver cómo desaparece el caimán de los ríos colombianos.

Concretamente en la época de Semana Santa y como buen sustituto de la carne de cerdo, la caza indiscriminada se agudiza en los departamentos de El Caquetá y Amazonas donde se concentra la mayor colonia de estos animales silvestres.

En los restaurantes de las grandes ciudades se defienden y aseguran que el problema está erradicado porque han eliminado el plato de las cartas. Pero la realidad es bien distinta.

Los traficantes del mercado negro siguen camuflando los caimanes muertos en las bodegas de los carros, los asientos de los buses e incluso en los techos de los coches para burlar el control de las autoridades y terminar en plazas de los mercados de Bogotá, Medellín o Barranquilla donde se venden al mejor postor.

El fotógrafo italiano Paolo Marchetti, premiado por World Press Photo, logró captar con su trabajo de denuncia la realidad del caimán colombiano con el antes, el durante y el después del codiciado reptil.

Durante mucho tiempo la piel de los caimanes colombianos se consideraba inferior a la del cocodrilo, pero actualmente es muy apreciada por su durabilidad y calidad. Esto provocó que la producción se disparara durante los años noventa y, según los números oficiales, la mayoría de las pieles se obtienen de animales de granja de los 25 criaderos del país donde congelan la carne para que llegue en óptimas condiciones a los restaurantes.

Además, los granjeros están obligados por ley a devolver un número de caimanes para reponer las reservas naturales que siguen en números rojos.

A los animales los sacrifican en criaderos, extraen su piel y asan su carne. La cola es la parte más apetecida porque tiene un sabor único. El problema es que la mayoría de los caimanes que terminan en los platos siguen sin ser de criaderos para cumplir con la demanda y se siguen cazando con rifles en ríos de este país.

El riesgo es que terminen en vías de extinción.

El problema solo puede tener una solución: en lugar de satanizar a los consumidores hay que regularizar la caza de los caimanes silvestres con grandes multas económicas o penas de cárcel que frenen de una vez por todas al mercado negro. Es el único camino para salvar la especie.

Hay que regularizar la caza de los caimanes silvestres con grandes multas económicas o penas de cárcel.

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