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Ser caníbal no es fácil: 5 formas en que te puedes tragar a otra persona

Probablemente tú también seas un caníbal y no lo sepas

Hay quien necesita su dosis diaria de café, otros nunca fallan a su cita con el chocolate y luego están los que no pueden vivir sin su buena ración de canibalismo. Pero esto de ser caníbal es más complejo de lo que parece, porque existen diferencias entre 5 los tipos de devoradores de humanos que te puedes encontrar por la vida.

Y, probablemente, ahora mismo más de uno de ellos bien cerca. Fíjate en las manos de la gente que está a tu alrededor. ¿Están manchadas de sangre? No, es broma. Pero mírales los dedos. ¿Qué les falta? ¡Bingo! Tu jefe es un caníbal si tienen la uña del tamaño de una hormiga, ya que morderse las uñas o las pieles se considera una forma menor de autocanibalismo.

En el polo opuesto, no obstante, está Mao Sugiyama, aquel artista japonés asexual que decidió que para cenar quería que le sirvieran sus propios genitales. Se los hizo extirpar, dio una fiesta y los cocinó para 5 a la plancha con ajo y perejil.

Entre esas versiones menos gore, también existe el canibalismo simbólico, que no es ni chicha ni limoná y como mejor se entiende es con un ejemplo: el cristianismo come un pan ácimo y bebe vino como símbolos del cuerpo y la sangre de Cristo. El canibalismo tiene un lugar sagrado en la cultura occidental y luego nos sorprendemos de que los neandertales chupetearan el tuétano de los huesos de sus congéneres o que hicieran sopas con ellos.

Pero volviendo a nuestra época, la cosa se pone más seria con el canibalismo de supervivencia, una práctica desesperada cuando ya no hay nada más que comer que a tu vecino muerto. O vivo. Fue el caso de los supervivientes de la Tragedia de los Andes. Perdidos durante 72 días, se comieron los cadáveres de sus compañeros fallecidos para lograr salvar la vida.

También existe el canibalismo aprendido y practicado por un grupo. Puede ser que se coman a alguien del grupo. O puede que salgan de caza y asen a alguna persona con la finalidad de asustar a los enemigos, consumir la energía de ese cuerpo o liberar el espíritu del fenecido, como hacen en la tribu Wari del Amazonas brasileño o los Kuru de Papúa Nueva Guinea en señal de máximo respeto y para calmar el duelo.

Todo lo contrario es el canibalismo patológico, en el que al comensal en cuestión no le importa nada más que su gusto por la carne humana. En esta categoría encajan personajes de ficción como Hannibal Lecter y asesinos en serie reales y ávidos por hacer una buena cata de sangre. Pero el último caso que asombró al mundo fue el de Armin Meiwes, un ingeniero informático alemán sin antecedentes penales.

 

“Hombres con buen porte, 18-30 años, que quieran ser comidos por mí”. Así anunciaba sus intenciones el caníbal de Rotenburgo, que obtuvo el consentimiento de Bernd-Jürgen Brandes, el hombre que se dejó seccionar el pene para que luego se lo comieran entre los dos y quien, ya desangrándose e inconsciente, fue finiquitado con un corte en la garganta. M eiwes se lo guardó en la nevera y se había comido unos 20 kilos del cadáver de Brandes cuando la policía lo pilló. Debido a la enfermedad mental de la víctima y las ganas constatadas de seguir comiendo carne de Meiwes, cumple condena de por vida desde 2006, tras una serie de juicios controvertidos en los que se alegó que todo había sido un pacto entre adultos.

 

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