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¿El brunch es el gran engaño que nos han colado los restaurantes?

Di "no" a ese vertedero de sobras de comida vendido a precio de oro

Odio el brunch en todas sus formas y variantes posibles. No es un odio visceral porque sea un fenómeno de moda desde hace eones. Es más bien un odio racional con bases bien asentadas a partir de argumentos irrefutables. Ha llegado el momento de canalizar toda esa furia y difundirla antes que sea demasiado tarde y miles de personas de buen corazón se dejen engañar por algún malnacido que se hace pasar por amigo, conocido o saludado con un brunch de por medio este fin de semana. Estos son los motivos de peso que pretenden abrirte los ojos para que nunca más caigas en esa maldita trampa: un brunch con capuccino extragrande lleno de espuma con forma de corazón.

El término nace de una contradicción

El brunch es un término anglosajón que proviene de las palabras desayuno (breakfast) y almuerzo (lunch). Se basa en hacer una comida antes de la hora normal del almuerzo o bien un desayuno tardío en días festivos. Vaya, que no es una cosa ni la otra. Ni desayunas ni almuerzas correctamente y de paso se carga sin compasión el mejor momento del día: el vermut. Además, si medio almuerzas significa que por la tarde te va a tocar una media merienda o una medio cena. Un maldito bucle sin fin que juega con lo que nos convierte en seres civilizados: el hambre. Y eso no lo vamos a permitir.

La pesadilla de los chefs

Anthony Bourdain en el libro “Confesiones de un chef” (Editorial RBA) deja bien a las claras la opinión de los profesionales de la cocina: "Los cocineros lo aborrecen. El brunch es desmoralizante para los cocineros serios. Es una tortura para un buen equipo de cocineros. La mayoría de los buenos chefs libran los domingos de modo que la supervisión se mantiene bajo mínimos. Un chef sensato despliega a sus mejores hombres los viernes y los sábado por la noche porque sabe que lo más probable es que hayan salido por ahí empinando el codo hasta altas horas de la madrugada”.

Con otras palabras, tu brunch lo prepara el cocinero novato o el ayudante de cocina puteado por no tener el día libre. Y no quieras saber lo que puede hacer un cocinero cabreado con tu plato. No quieras saberlo nunca. 

Mala digestión

¿Una comida entre comidas? El estómago se vuelve loco pensando si le toca digerir la acidez del zumo de naranja, el dulce de una pasta de hojaldre con crema, el salado del beicon o el amargo de la crema de queso. Si algún diía pruebas el "chicken waffle" típico del brunch de Nueva York entenderás perfectamente a lo que me refiero. Una mezcla imposible de pollo, sirope y gofre. Medias tintas en el estómago con platos que deambulan en la delgada línea de la descomposición intestinal traicionera.

El precio

Si sólo fuera un problema para el estómago aún existiría una tenue excusa para los incautos sin gusto en el paladar. Pero la cosa es más grave. El brunch cuesta un buen pico. No sólo te comes las sobras de la semana del restaurante sino que además pagas el doble o el triple de su precio real de mercado. Negocio redondo.

La salvación de los restauradores

El brunch es una tentación para los propietarios pendientes de los costes. Un empresario de la restauración tiene un presupuesto semanal asignado a los ingredientes de los platos de la carta. Se hace una previsión de todo lo que se puede necesitar y se compra a los proveedores de confianza. Como no existe el presupuesto perfecto casi siempre sobra comida que hay que aprovechar como sea. ¿Sabes quién se come todo lo que ha sobrado? ¿Sabes quién acaba comiendo el vertedero de los desperdicios generados durante el transcurso normal de un negocio de restauración? Tú y yo en nuestro brunch.

Anthony Bourdain  escribe: “ No es casualidad que se sirva sobretodo los domingos. Recordad que, en Estados Unidos, el brunch no se sirve más que una vez a la semana (los fines de semana). La traducción de ‘menú de brunch’ sería ‘repugnante montón de sobras variadas y dos huevos por doce dólares más un Bloody Mary gratis”. 

Sospecha de todo lo que está en el plato

Hablando en plata: cualquier plato a la vinagreta puede esconder el mal olor de un ingrediente y un plato bañado en salsa pretende esconder el mal estado de algún ingrediente. Más vale que tu estómago pida una orden de alejamiento del brunch antes de atreverse con la famosa salsa holandesa de los huevos benedictinos.  Esa delicada emulsión de yema de huevo y mantequilla fundida hay que mantenerla a temperatura ni demasiado caliente ni demasiado fría. A las bacterias les encanta la salsa holandesa porque es un caldo de cultivo ideal para su reproducción. En definitiva, un auténtico riesgo biológico para tu salud.

La mantequilla y el pan se reciclan de otras mesas. La mantequilla porque es cara y el pan porque nadie se da cuenta. No es nada nuevo ni exclusivo del brunch así que no te tires ahora de los pelos. 

Los nuevos locales especializados 

Seguro que tu última esperanza son los locales exclusivos de brunch. Una mente ingenua pensará que si se sirven brunch cada día y no solo los fines de semana hay más probabilidad que todos los ingredientes sean de gran calidad. Ante este argumento solo añadiré dos cosas: un local de brunch acostumbra a estar en manos de jóvenes propietarios sin experiencia en la restauración con camareros que aspiran a ser actores sirviendo las mesas. No hace falta ser muy avispado para llegar a una conclusión final.

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