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"Los humanos son los únicos animales que buscan olvidar mediante el suicidio"

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En todo el mundo mueren más personas por suicidio que por la combinación de guerras y homicidios

C.M.

03 Agosto 2017 14:58

La muerte del cuerpo trae consigo la muerte de la mente y, con ella, el olvido total. Esta idea, la de que al morir nos deshacemos de la memoria, es un concepto sosfisticado al que llegamos por el camino de la deducción —no la observación—; de modo que resulta completamente ajeno a las capacidades cognitivas de cualquier otro animal.

"Supongamos que esa idea se conquistó junto con el lenguaje y el simbolismo hace unos 100.000 años y que se propagó rápidamente entre los humanos. Las consecuencias debieron ser brutales. Por un lado, aquellos que temían el olvido tenían razones renovadas para vivir. Por el otro, quienes anhelaban borrar sus recuerdos acababan de encontrar la cura más inmediata. Era un gran avance para el conocimiento humano, quizás el primero potencialmente destructivo", explica el profesor de Psicología Nicholas Humphrey en un artículo para Aeon.

El fantasma del suicidio ha viajado a lo largo de la historia hasta nuestros días. Según la Organización Mundial de la Salud, unas 780.000 personas murieron por suicidio a nivel mundial en 2015. Eso significa que una persona se suicida cada 40 segundos. En todo el mundo mueren más personas por suicidio que por la combinación de guerras y homicidios.



De éstas, algunas lo hacen por razones altruistas con el fin de beneficiar a sus familiares o su comunidad. Pero la gran mayoría aspira fundamentalmente a borrar su propia memoria. "Lejos del bien ajeno, estos suicidios responden a un interés propio que se despreocupa del daño que pueda causar a los demás", reflexiona Humphrey.

Así lo resume el antropólogo Charles MacDonald en el Centro Nacional Francés de Investigación Científica: “La gente quiere poner fin a un estado de ansiedad psicológica o física. Son víctimas que simplemente quieren partir. No buscan cambiar las cosas. El denominador común de todos los casos examinados es el dolor o el estrés (físico, mental o emocional). En definitiva, el suicidio quiere dejar de doler”.

Desde el punto de vista de la biología evolutiva, el suicidio altruista podría tener algún argumento favorable. Pero no es el caso del suicidio egoísta. Muchos de los que lo hacen son personas jóvenes. De hecho, el suicidio es la segunda causa más común en la muerte de adolescentes. Son jóvenes que, de no haber muerto, muy probablemente se habrían sobrepuesto al dolor.

Por ello, recuperando el argumento biológico, el suicidio egoísta es a todas luces indefendible. Un paso hacia nuestra extinción. Mientras los animales luchan contra su propia aniquilación, los humanos nos elevamos por encima de nuestra biología para contradecirla, derrotar el instinto, y ponernos a los pies de la muerte. Dispuestos a olvidarlo todo.

Lo que no deberíamos olvidar es que el suicidio es un acto absolutamente impulsivo. Una encuesta con 306 pacientes chinos que habían sido hospitalizados por intento de suicidio descubrió que el 35% contempló su propia muerte durante solo 10 minutos, y que al 54% la idea les cruzó la cabeza durante menos de dos horas.



Según Nicholas Humphrey, todos las personas tienen momentos de desesperación. Es un sentimiento trágico derivado de las excesivas aspiraciones que albergamos respecto a los animales. Por eso resulta interesante preguntarnos hasta qué punto el suicidio habría afectado a la vida humana en el periodo prehistórico, y más teniendo en cuenta que ellos no contaban con los condicionantes culturales, religiosos, legales y cívicos de la actualidad.

Entonces, ¿con qué frecuencia se suicidaban hace 100.000 años? Los arqueólogos no han sabido darle una respuesta  y las escasas evidencias fósiles tampoco ayudan a tal fin. Sabemos que no fue un contagio total porque, a pesar de los cuellos de botella por los que hemos pasado, seguimos vivos como especie. Desarrollando la inteligencia y planteando cuestiones irresolubles por la seducción de la duda.

Trabajando en la creación de pastillas que nos borren los recuerdos de forma selectiva. El día que lo logremos quizás demos un paso definitivo en la cicatrización de la memoria y, sobre todo, en la sanación del suicidio. Al estilo de los otros animales.

(Vía Aeon)

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