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"Hay que volver al veganismo de Adán y Eva para evitar que la sociedad se derrumbe"

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Quería curar la masturbación y el sexo por placer con una dieta sana y, entre tanta bobada, nació una teoría con sentido

R.M.T

18 Julio 2017 16:57

Lucas Cranach El Viejo (1532)

“Miles de ciudadanos viven, por muchos años y tal vez por toda su vida, comiendo la basura más miserable que pueda imaginarse en forma de pan, y nunca parecen pensar que pueden comer algo mejor y tampoco que es un mal dañino comer esas cosas viles que comen”.

Esto lo podría haber dicho un apóstata del gluten hace dos días, pero en realidad fue Sylvester Graham (1794-1851) quien predicó los males del pan blanco y defendió los del pan integral en 1837, con su Tratado sobre el pan y el arte de hornear. Pero su lista de males no se queda ahí: era un fiel detractor de la carne y del alcohol, como Carry A. Nation.

Graham creía que, por ejemplo, cenar rosbif acompañado de vino y pan blanco “incrementa la excitabilidad concupiscente de los órganos genitales”. O lo que es lo mismo: tus ganas de sexo. Y esto, para el predicador, no estaba nada bien, porque el sexo solamente debía practicarse con la intención de procrear. Ni hablar ya de lo que pensaba sobre la masturbación, que era para él “el peor de los pecados venéreos”.

Su descripción de los efectos del onanismo bien le valdría una escena en alguna película de gore coreano: “los ojos se te meterán hacia dentro de las cuencas y quizás volverán a salir enrojecidos e inflamados”. Sus discursos eran bien conocidos por no ahorrar nada en detalles escabrosos, descripciones sexuales y consecuencias de los pescados.

A corto plazo, dar rienda suelta al deseo sexual te destruía poco a poco por dentro, sin dejar un órgano sano: el estómago, los intestinos, el corazón, los pulmones, el hígado, los riñones, el sistema nervioso, el cerebro y los genitales. Y, a largo plazo, la moral de la humanidad entera se degradaría hasta derrumbarse, llenando a la sociedad “de odio y cosas abominables”.

La explicación a todas estas creencias es que Graham sostenía que nuestros pensamientos fluían de las funciones más primarias del cuerpo. De ahí que dejar de comer los alimentos que fomentaban el deseo detendrían toda urgencia sexual. Había que volver al vegetarianismo original, decía el orador, al de Adán y Eva. De ahí que en su dieta solamente cupieran las plantas, el agua y otros elementos puros que pudieran encontrarse en el Jardín del Edén. La pureza era el objetivo, así que en sus pautas para una vida moral también incluyó los baños regulares y el ejercicio físico.

Aunque parezcan una bobada puritana, las teorías de Graham cobran cierto sentido en el contexto del siglo XIX, cuando las venéreas campaban a sus anchas por los pubis de media Europa. Por aquel entonces, la medicina no sabía determinar la causa de enfermedades como la sífilis y se culpaba al acto mismo del sexo de ser su origen.

Con sus arengas se granjeó un buen número de enemigos entre los carniceros y los panaderos, que en 1837 casi organizan un motín a las puertas del auditorio de Boston donde impartía una de sus lecciones. Sin embargo, nunca le pudieron decir que se enriquecía con sus ideas, puesto que su objetivo era salvar vidas y no hacer negocio, ya que nunca comercializó ni registró como marca su harina integral, a partir de la que luego Nabisco confeccionaría sus famosos crackers graham.

Y sería un error recordarlo sólo como un lunático, porque nos legó algo muy importante, como recuerdan en Atlas Obscura: forjó una relación entre lo que comemos y nuestra moral, que en cierto grado es el punto de partida de las ideologías del veganismo. Además, “Hizo del cuerpo un templo y así hoy la dieta ha suplantado a la religión como el método más popular de combatir nuestro gran miedo a la muerte. Hoy buscamos la salvación en nuestros estómagos”.


[Vía Atlas Obscura]

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