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Larga vida a Blue Ribbon, el antro donde se come para mantenerse en pie

Una noche en el restaurante mejor votado por las criaturas de la noche de Nueva York. Aquí se come a oscuras para no verse las caras

Blue Ribbon es el último antro que sigue en pie en Manhattan.  

 Según el diccionario, un antro es un "local de mal aspecto o mala reputación". Se supone que es algo negativo, pero para el mundo de la gastronomía puede ser todo lo contrario. Sobre todo si es justo lo que buscas para perderte sin sentirte observado mientras comes con los ojos inyectados en sangre, el deseo engorilado y el estómago vacío.

Es curioso que un restaurante sea el sitio más votado por los neoyorquinos para salir de noche. La web de referencia Eater así lo testifica en este ránking. Blue Ribbon es la última esperanza de la gastronomía trasnochada de la ciudad que nunca dormía. Lo digo en pasado porque ahora quizás duerme demasiado. Si se quiere buscar un culpable hay que mirar hacia el Ayuntamiento que, con su tormenta de leyes restrictivas, fulminó la música en directo y todo lo que sonara a fiesta o vicio.

No hay más opciones: o vas al Blue Ribbon o te vas a Brooklyn. La tercera opción es irse a dormir al hotel. Y a eso no hemos venido.

Cualquier neoyorquino con sangre en las venas conoce el toldo color burdeos de la entrada.

Afortunadamente, cualquier neoyorquino con sangre en las venas conoce el toldo color burdeos de la entrada de Blue Ribbon. Ubicado en el número 97 de la calle Sullivan, en la convergencia de West Village y el Soho, los mejores chefs del país lo eligieron como meca para comer después de cerrar sus propias cocinas. Lo bueno es que aquí sabes cuándo entras pero nunca cuándo ni cómo sales.

Ya se sabe que donde se citan los cocineros después de trabajar pueden pasar y pasan cosas demasiado buenas. Aunque no todas sean legales.

Joe Bastianich, un famoso restaurador, explicó para Vanity Fair sus días gloriosos en Blue Ribbon: "cuando todavía tenía pelo, solíamos sentarnos a comer hasta las cinco de la madrugada. Un surtido de strippers rondaban por ahí y pasábamos el rato bebiendo con ellas. Tal vez terminamos en un after varias horas ".

Mi caso no es tan glamouroso. Eran las 3 de la mañana y, después de demasiados bourbon con hielo, no existía mejor momento para vivir en primera persona una cena en Blue Ribbon. El comedor original de los hermanos Bromberg (ahora ya tienen 8 en la ciudad) sirve cenas de 4 p.m. hasta las 4 a.m. los 7 días de la semana desde 1992. Sus 25 años de vida no valdrían un pimiento en cualquier ciudad del mundo, pero en Manhattan son toda una vida. Olvidaros de comer en el primer servicio. Aquí se viene a cenar y se viene a cenar cuanto más tarde mejor. 

En Blue Ribbon se sigue un ritual. No se aceptan reservas hasta la apertura de servicio, pero cuando se abre la veda es algo así como “tonto el último”. Las llamadas van que vuelan porque todo el mundo quiere mesa en este local o en el Mission Chinese Food Restaurant, pero esa ya es otra historia. En tiempo récord se ha convertido en un lugar de referencia y en el destino icónico de la escena gastronómica neoyorquina de última hora. Es lo más parecido a un speakeasy de la Ley Seca, pero con grandes marcas patrocinadoras en lugar de Al Capone pagando la cuenta final.  

Quería saber si Blue Ribbon merecía tantos elogios y excelencia. Quería saber si merecía ostentar ese aura de leyenda en pie o si el mito le iba grande. Era imprescindible corroborar tantas alabanzas en una ciudad que no regala nada gratuitamente (y menos elogios).

Donde se citan los cocineros después de trabajar pasan cosas demasiado buenas. Aunque no todas sean legales.

Estos son los detalles: los bancos de terciopelo rojo, las paredes mostaza y la columna blanca del centro son santo y seña del local.  La iluminación es tenue, quizás demasiado. La idea es verse poco con otros clientes porque más de uno se quedaría sin hambre al verse las caras. La obsesión por minimizar puntos de luz en los restaurantes de Nueva York es desquiciante y obliga a los no habituados como un servidor a hacer uso de la linterna del smartphone para poder leer algo de la carta.

Echo un vistazo a los clientes y me doy cuenta que Blue Ribbon no defrauda. Manhattan aún puede decirlo bien alto: queda un último rincón para los que huyen de la luz del día. Es la última carta marcada de una partida perdida a priori. Intento localizar a chefs solo viendo sus caras. Busco el famoso espíritu de “ron, sodomía y látigo” de Anthony Bourdain, pero ahora los mejores clientes son famosetes, raperos de dos metros con collares de oro acompañados de latinas de metro y medio sin collares de oro, o agentes de bolsa de Wall Street con ojos vidriosos y mandíbulas desencajadas.

Centrémonos en los últimos.

Pocas horas antes de que vuelva a repicar la campana de apertura de sesión en la bolsa de Nueva York y los brokers vuelvan a la compra-venta de acciones, algunos valientes se reúnen aquí para comer algo o, mejor dicho, para forzarse a comer todo lo que permiten los gramos de cocaína consumidos. Son comensales que no comen para alimentarse. Comen para seguir en pie y bajar el colocón. Hay que poner dos conceptos en la balanza: dormir dos horas o comer para poder trabajar sin dormir. Y los más valientes eligen comer sin hambre.

Aquí se reúnen para forzarse a comer todo lo que permiten los gramos de cocaína consumidos.

Olvidaos de las platos. En Blue Ribbon no importan las ostras fritas, el filete poco hecho con grasa sospechosamente sabrosa gracias a los antibióticos legales en este país, el tuétano, el pollo frito al estilo New Orleans o los calamares en su tinta. El negocio de la restauración en Manhattan depende de vender copas de vino (no botellas), cócteles y ensaladas. Es lo más rentable para cualquier restaurador y en Blue Ribbon lo saben. Copas de vino a 15 dólares, cócteles a 20 y ensaladas a 22. Imaginad el beneficio respecto al coste.

Volvamos a la clientela. Toda mi atención se centra en un sujeto. Le asignaremos un nombre falso para identificarlo mejor: Griffin Dunne, como el protagonista de "After Hours" de Martin Scorsese. El bueno de Griffin viste un traje impoluto de buena marca, pero con el nudo de la corbata demasiado apretado que lo ahoga con cada mordisco. Comparte mesa con otro individuo al que no le pondremos nombre porque sólo lo veré de espaldas y no interesa. Es más, se levantará a media cena para no volver jamás. Y sin despedirse de su compañero. Estarás mejor sin él, Griffin.

El negocio de la restauración en Manhattan depende de vender copas de vino (no botellas), cócteles y ensaladas.

Lo más curioso es que Griffin come con los ojos cerrados. No es un acto instintivo de disfrute con la comida. Podría hacerlo porque su pollo frito parece crujiente y sabroso, pero está en otra dimensión astral. Tiene los ojos cerrados porque no puede abrirlos. Y además Griffin se ríe para sus adentros. Sigue en éxtasis con el subidón de la coca y come por inercia. ¿Saben aquello del tiburón como metáfora del capitalismo? Pues aquí no hay que imaginar nada. Es pura realidad devastadora. Un auténtica parodia.

Tiene un maletín de piel a su lado del que no se separa. Imaginad todo lo que puede contener en su interior. Voto por tres opciones: restos de cocaína mezclados con papeles de divorcio, un falo enorme de plástico de 30 centímetros o fotos de niños desnudos. Espero que no sea la tercera opción porque Griffin me cae bien. Acabo mi jugosa hamburguesa y me voy del restaurante no sin antes hacer un último vistazo a Griffin que sigue en trance. Nunca había visto a nadie tan feliz en un restaurante sin que la comida tuviera nada que ver.

Nunca había visto a nadie tan feliz en un restaurante sin que la comida tuviera nada que ver.

Lo peor será cuando le venga el bajón a mediodía después de una mala compra de stocks. Ahí Griffin no encontrará consuelo en nada ni nadie.

Y el Blue Ribbon estará cerrado esperando una noche más en la ciudad que nunca dormía.

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