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Casanova, el hombre que seducía estómagos para follarse a las mentes

Adivina el desenlace: un italiano mujeriego, dos jóvenes cortesanas, el reservado de un restaurante y ostras francesas

Dicen que hay dos tipos de casanovistas: aquellos que intentan probar que todo lo que Giacomo Casanova (1725-1798) escribió es cierto y los que tratan de probar que todo lo que escribió es falso. Pongamos un ejemplo, partiendo de la base que todo lo aquí contado es bien cierto:

El gran engatusador del siglo XVIII es conocido mundialmente por colarse entre las faldas de un gran número de mujeres. Alrededor de unas 120 señoras para ser más exactos. Con su metro noventa de estatura, torso corpulento, mirada cristalina de ojos claros y nariz aguileña fue una apisonadora implacable en el arte de amar. Lo que ya no es tan conocido es el papel fundamental de la gastronomía en el mágico proceso de sus conquistas. Comer, luego amar (o amar comiendo).

Así lo certifica el Círculo Casanovista de Barcelona que se reúne oficialmente una vez al año coincidiendo con la víspera de Todos los Santos, ya que es la fecha en que el gran conquistador se fugó de la cárcel veneciana de Los Plomos. Sus reuniones tienen lugar en un palacete de un descendiente de Casanova con una puesta en escena cuidada al detalle: anfitrión generoso, servicio de ostras francesas, pasta italiana, juegos de máscaras, lecturas y juego de cartas llamado Faraón, con el que Casanova ganó y perdió cuantiosas fortunas.

Es conocido mundialmente por colarse entre las faldas de un gran número de mujeres. Alrededor de unas 120 señoras para ser más exactos.

Otro ejemplo:

”Mi madre me trajo al mundo en Venecia el 2 de abril, el día de Pascua, de 1725. La vigilia tuvo un antojo de cangrejos. Siempre me han gustado mucho”. También es cierto. Es el inicio del texto ‘Précís de ma vie’. Así lo constatan dos de los mayores casanovistas de España: Marina Pino y Jaime Rosal. Los citamos en este orden porque no me cabe ni la menor duda que sería el orden elegido por Casanova: las damas primero. Entre los dos han escrito más de ocho libros sobre Giacomo Casanova y son oficialmente los mejores notarios de su tiempo en vida.

Gozaba de un feroz apetito y era un perfecto cronista gastronómico.

Ambos coinciden en contenido y forma en lo que supone a día de hoy sus manuscritos. “ Son la mejor crónica del siglo XVIII desde el punto de vista histórico y social. A través de sus páginas descubrimos muchas facetas de la gastronomía”, dice Jaime Rosal. Para Marina Pino “por su cantidad de información y por su profundidad psicológica, Casanova no sólo hace una pintura sabrosísima de su época, sino que también se autoanaliza de un modo escalofriante. En el aspecto gastronómico da para un libro y para dos. Gozaba de un feroz apetito y era un perfecto cronista gastronómico”.

Para hablar de sus métodos de conquista a través de la comida aparece inevitablemente el gran obsequio afrodisíaco del mar: las ostras. El alimento que siempre acompaña la leyenda de Casanova. Aquí aparece la gran mentira a la que Jaime Rosal contesta con rotundidad: “No es cierto que desayunara ostras, pero le gustaban con locura. Devoraba docenas procedentes del arsenal de Venecia”.

No es cierto que desayunara ostras.

Lo que sí es cierto es un escarceo que tuvo lugar en Roma en 1770. “Casanova se convierte en protector de dos pupilas que aguardaban el momento de desposarse en un convento y las convida a cenar en un reservado. Las harta de ponche y luego se inicia el juego de las ostras consistente en dejar resbalar los sabrosos moluscos por entre sus senos que él atrapa con avidez con su boca. El resultado es demasiado previsible como para que me detenga en pormenorizarlo”.

El juego de las ostras consistente en dejar resbalar los sabrosos moluscos por entre sus senos.

Para Marina Pino “la gastronomía, o mejor la comida, le permitía ciertos juegos eróticos, como por ejemplo, el pase de ostras de su boca a la de la dama regado con algo de beber”. Y es que las bebidas alcohólicas son las grandes olvidadas cuando se habla de Casanova. De una buena elección dependía muchas veces el éxito o fracaso de acabar la noche en un camastro caliente.

Preparaba ponches explosivos que tumbaban a sus conquistas”, cuenta Marina Pino. “Adoraba el burdeos, también el champán, el tokay, el oporto, el jerez, los vinos de Canarias y el moscato de Asti. Sin embargo, durante su estancia en Inglaterra fue incapaz de acostumbrarse a la cerveza cuyo sabor amargo detestaba. Casanova era un buen bebedor, como quedó bien patente en Roma durante el Carnaval de 1761 en un banquete ofrecido por Lord Talow para veinticuatro comensales en el que se consumieron cien botellas de vino. Al levantarse de la mesa todos estaba ebrios menos Casanova y el poeta Poinsinet que sólo había bebido agua”. Listo como el hambre.

Preparaba ponches explosivos que tumbaban a sus conquistas.

La edición española de las memorias de Giacomo Casanova son dos tomos que suman más de 3600 páginas entre las que se encuentran grandes tesoros gastronómicos. “Como veneciano le gustaba la polenta y el célebre timbal de macarrones. En Francia aprendió a apreciar la carne de caza y los quesos fermentados; él decía “de los que tienen habitantes”. Era a su vez un gran amante de la sopa que siempre se hacía servir como primer plato. En su viaje a Londres, en 1763, se quejó amargamente de que los ingleses no tomaban sopa, porque preferían reservar las carne para oros menesteres y, dado que en Inglaterra tampoco existía la costumbre de tomar postre, Casanova decía que la cocina inglesa no tenía ni pies ni cabeza"

Además, disfrutaba de buen apetito, "de “ogro” solía decir, pero para curarse de varias de las enfermedades venéreas no dudaba en practicar el ayuno más riguroso”, recalca Jaime.

Para curarse de varias de las enfermedades venéreas no dudaba en practicar el ayuno más riguroso.

Se habla mucho de los macarrones como plato emblema de su figura. Cuando los casanovistas te explican cómo logró escaparse de la cárcel de Venecia gracias a un plato de macarrones con mantequilla y parmesano, tan solo puedes rendirte ante el genio. “En la fuente de macarrones que preparó su carcelero Laurent se ocultaba un espolón dentro de una Biblia con la que abrieron un boquete en el techo para escapar”. La comida también como plan de escape.

Prisión de los Plomos (Venecia)

De su paso por España, Marina Pino reseña que “Casanova adoraba las criadillas o testículos de choto fritos y rebozados que descubrió en Madrid”. Jaime Rosal añade más detalles como “la célebre olla podrida, una sopa española de origen medieval cuya receta exacta se ha perdido, pero del que se sabe que era un cocido con las carnes habituales -ternera, cerdo, gallina o pollo- a las que se agregaban perdices y manitas de ternera, pulardas, chorizos, en fin, algo ligerito como se ve”.

Lo fácil hubiera sido hacer un libro sobre erotismo, pero hice algo mejor y menos visto: un libro sobre gastronomía.

Las memorias de Casanova acaban de forma abrupta. No tienen ni deben de tener un final para que siempre siga abierto para el deleite de los casanovistas. Para Jaime Rosal, “las memorias concluyen en el momento en que, tras su largo exilio, regresa a Venecia y es en eso momento cuando ve declinar su estrella. Él que se ha codeado con la flor y nata de la sociedad del siglo, ahora debe ganarse la vida como confidente de los inquisidores del estado. Casanova se avergüenza. Durante los años que le quedaron de vida, para paliar sus penurias económicas, se dedicó con ahínco a sus quehaceres literarios.”.

Marina Pino entiende que “ lo fácil hubiera sido hacer un libro sobre los aspectos eróticos, pero hice algo mejor y menos visto: ¡un libro sobre la gastronomía en las Memorias!”. El placer de la primera mirada, los besos a escondidas o las risas bajo las sábanas no tendrían sentido sin una premisa que Giacomo Casanova siguió a raja tabla: no se puede conquistar a nadie con el estómago vacío.

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