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Expertos en robótica piden que se prohíba la venta de robots sexuales con cuerpo de niña

Un robot sexual infantil interceptado en el aeropuerto de Canadá abre un debate para el que no estamos preparados: ¿Son los robots infantiles la mejor terapia sexual para curar la pederastia?

Getty

Los robots sexuales son un síntoma de nuestro tiempo y ya son una realidad irremediable que se abre camino en un mundo plagado de cuestionamientos morales. Por ejemplo, ¿en qué posición nos deja a los que aún suspiramos por la carne, el hueso y los fluidos corporales? O la más escabrosa: quien utiliza un robot sexual con cuerpo de niño, ¿incurre en pederastía?

Centrémonos en la segunda.

Noel Sharkey, profesor emérito de robótica e inteligencia artificial de la Universidad de Sheffield (Reino Unido), acaba de pedir que se prohíban los robots sexuales con cuerpos de niño porque “alientan la pedofília y hacen que sea aceptable el asalto a los niños”.

El profesor Sharkey alertó de que en la actualidad resulta sumamente complicado saber cuántos robots sexuales hay en circulación. Su fundación realizó una consulta y solo un puñado de empresas asumieron que se dedicaban al negocio, pero ninguna de ellas quiso facilitar cuántos clientes tenían en cartera –ni qué tipo de muñeca demandaban–.

Es decir, no se sabe ni se sabrá por el momento el número de robots sexuales con cuerpo de niña vendidos por encargo. Es información confidencial entre empresa y cliente sin regulación alguna.

Quien utiliza un robot sexual con cuerpo de niño, ¿incurre en pederastía?

El experto cree que es hora de que la sociedad despierte. Pero, ¿qué diferencia a estos robots de una muñeca hinchable o de silicona? Según el informe de la fundación liderada por Sharkey los robots con fines sexuales tienen cuatro posibles usos: prostitución en burdeles, compañía sexual para solitarios o ancianos, “sanación sexual” o como herramienta de terapia sexual para violadores y pedófilos.

Según Sharkey, el último es el más importante. Las muñecas sexuales con cuerpos de niñas existen, y de hecho en Canadá ya se debate su encaje legal a partir del caso de Kenneth Harrison, un residente de Newfoundland que pidió una muñeca infantil a un negocio japonés llamado Harumi Designs. La compañía está en una lista canadiense de vigilancia, y la muñeca fue interceptada en el aeropuerto. Harrison fue acusado de poseer pornografía infantil, pero se le declaró inocente.

Dejando de lado las intenciones del detenido, se plantea el siguiente debate: ¿realmente funcionan para tratar la pederastia?

Ron Arkins, ingeniero de robótica del Instituto de Tecnología de Georgia, argumentó en el evento Forbidden Research que no sólo se debería permitir a la gente tener estas muñecas, sino que quizás deberían recetarse en determinados tratamientos. En su opinión estos robots funcionan como una salida para que la gente exprese sus impulsos, redirigiendo sus oscuros deseos hacia las máquinas y lejos de los niños de carne y hueso.  Según el ingeniero, si esta metodología funciona, quizás ayude a los pederastas a reintegrarse inofensivamente en la sociedad.

Estos robots funcionan como una salida para que la gente exprese sus impulsos lejos de los niños de carne y hueso.

Del lado contrario, Patrice Renaud, psicólogo de la Universidad de Montreal, consideró que resultaría difícil controlar la pulsión de esas personas que tienen acceso fácil a los robots sexuales de rasgos infantiles.

"Tal vez algún individuo inteligente y controlado podría tener ese contacto sólo con muñecas, pero para otros creo que dicho acceso sólo le conduciría a la necesidad de ir más lejos. Terminarían cruzando la línea de las víctimas reales", argumentó Renaud.

Difícil saberlo, quizás sea interesante atajar el problema de raíz. Determinar por qué empiezan a proliferar estos robots que cosifican a la mujer y que en el peor de los casos lo hacen con la cara, los ojos y la voz de una niña de 13 años. Por qué hay gente que las demanda y empresas que las ofrecen. Y, en definitiva, por qué la ley de la oferta y la demanda que lo justifica todo en este mundo raro nunca encuentra los límites de su perversión.

Siempre hay más. Y siempre a peor.

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