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El pueblo cristiano donde los hombres regalan penes dulces a las solteras

Donde se ponga un falo de un metro que se quite el ramo de rosas

En Amarante, un pequeño pueblo al norte de Portugal, hay una tradición cristiana que manda que las calles se llenen de grandes y tiesos penes dulces cada primera semana del mes de junio y el 10 de enero coincidiendo con San Gonzalo, patrón del pueblo.

Se llaman bolos o quilhões de São Gonçalo, aunque hay quien con cariño se refiere a ellos como “carajitos”. Y se regalan a modo de agasajo por hombres de crucifijo en el pecho a las mujeres solteras y devotas que pretenden conquistar.

Porque donde se ponga un miembro gigantesco que sepa a gloria, que se quiten todos los ramos de rosas.

Estos pasteles son falos hechos de una masa simple de harina y azúcar que por lo general miden más de un metro. Y rinden homenaje a San Gonzalo, el patrón de Amarante.

Cuenta la leyenda que el beato Gonzalo (que oficialmente no es santo) vivió entre los siglos XI y XII y dio el matrimonio a parejas que la Iglesia no quería casar porque ya habían convivido juntas. Y de ahí, una cosa lleva a la otra y se le acabaron reconociendo dotes de casamentero y de sanador de la impotencia masculina.

Sin embargo, las costumbres que tienen por objeto la exhibición de los genitales se asocian a las épocas pre-cristianas y a rituales paganos de fertilidad.

Hoy los pasteles funcionan como ofrendas al santo tanto como plegarias comestibles. Y hasta hay la creencia que para encontrar novio en menos de un año, las mujeres tienen que tocar con cualquier parte del cuerpo estos dulces fálicos.

El dictador Salazar los prohibió en 1926 por ser obscenos e ir contra la moral pública. Pero los amarantinos continuaron fabricando estos dulces fálicos y regalándolos a puerta cerrada. Tras la revolución de 1974, los penes se liberaron de su condena y volvieron a ver las sonrisas de turistas y locales.

Y tal es su éxito que se han convertido en un símbolo del pueblo. Las pastelerias ya los fabrican todo el año, los hay rellenos de crema y hasta en 2011 se elaboró un pene dulce de 21 metros de largo para concursar en el premio Guiness de los récords.

Los amarantinos viven esta tradición como parte fundamental de su identidad. Un momento único donde lo sagrado y lo profano se cruzan: los penes se venden con procesiones devotas, la música dance inunda las calles y las campanas repican para entrar a misa.

 

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