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Así era la dieta que volvía locos a los marineros antes de pisar tierra

"Cuando se partía la galleta para comerla, era imposible no ver las cabezas marrones de los gusanos que pronto serían cucarachas o moscas"

Hasta casi la mitad del siglo XX, la tripulación de los barcos de largas travesías tenían un menú para tirarse por la borda: alimentos que se repetían día tras día y cosas podridas por doquier. El escorbuto y los trastornos psicológicos fruto de las carencias nutricionales reinaban entre los marineros.

El motivo es simple: en esa época aún no existía la forma de conservar alimentos frescos a bordo durante los tres o cuatro meses que un barco podía pasar sin atracar a puerto.

Así que lo más usual era preservar la carne o el pescado en salazón y secados. La tarea era difícil, puesto que el corte tenía que ser del grosor exacto para que la sal penetrara bien y actuara como conservante. Por desgracia, en muchas ocasiones se pudría.

Antes de consumirse, la carne se lavaba en el mar durante medio día para eliminar el exceso de sal. Los marineros se quemaban la boca con esta sal y sentían aún más sed.

Y en otras no parecía muy apetecible. Como describe Noel Mostert, autor del libro The Line Upon a Wind, la carne era irreconocible y tenía la apariencia de trozos deformes, duros y oscuros.

Esto, junto a gachas o sopas de cereales o legumbres con manteca y unos buenos litros de alcohol eran la dieta esencial del marinero. Cabe decir que el menú variaba un poco según el país. Los británicos usaban bastante grasa animal y bebían ron, mientras que los franceses le daban al brandy y comían un poco lo que pillaban, porque el racionamiento imperaba en su flota tras la Revolución.

A pesar de todo esto, historiadores como N. A. M. Rodgers afirman que entre el XVII y el XIX los países pusieron mucho esfuerzo en investigar cómo hacer que los alimentos perduraran más y la tripulación estuviera mejor nutrida.

Por ejemplo, la armada británica horneaba a bordo sus propias galletas saladas, llamadas Ship’s biscuits, en las que estampaba su sello. Se fabricaban solamente con agua y harinas muy toscas en un intento fallido de tener un alimento sin pudrir, porque como explica Henry Hughes en Through Mighty Seas, “cuando se partía la galleta para comerla, era imposible no ver las cabezas marrones de los gusanos que pronto serían cucarachas o moscas. La sal no servía de nada y el marinero tenía que desalojar de su galleta a esos huéspedes atizándole unos golpes sobre la mesa. Luego continuaba comiendo”.

Todo esto ocurría porque en esa época no era fácil comunicarse con los puertos para organizar pedidos de vegetales y fruta frescos. Es por esto por lo que el déficit de nutrientes arrasaba entre los marineros, que sufrían de escorbuto tras un mes sin consumir una cantidad suficiente de vitamina C.

La enfermedad hacía que los niveles de células rojas disminuyera y a los afectados empezaban a sentirse cansados, les empeoraba el cabello y les dolían las extremidades. Cuando el escorbuto progresaba, sufrían cambios de personalidad, se les caían los dientes y las encías y la piel les empezaban a sangrar y a sangrar hasta que morían.

Con limones se combatía el escorbuto

Más adelante y sobre todo en la marina, los soldados vieron como su dieta mejoraba. Empezaron a fabricarse carnes y mermeladas enlatadas y también se planificó mejor la alimentación para poder subir a bordo ganado, con el que a veces la tripulación se encariñaba.

Los oficiales comían igual o un poco mejor y disfrutaban de alcoholes más variados, como champán o oporto y hasta de tés, chocolates, patos y perdices ya a finales del XIX, por lo que algunos de ellos incluso llegaron a engordar en sus viajes.

[Vía British Food in America]

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