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Chiringuitos: ¿ecos de la Barcelona pre-olímpica o apocalipsis turístico?

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Los chiringuitos a examen

Gonzalo Torné

26 Marzo 2017 06:00

Durante décadas (por no decir siglos) los barceloneses han vivido de espaldas al mar. El principal motivo sin duda era la suciedad del agua, depósito de residuos químicos y orgánicos, pura contaminación melosa. Con una ciudadanía desinteresada (o temerosa) de bañarse, las playas fueron ocupadas por los llamados “chiringuitos de la Barceloneta”, hasta dieciocho “puestos de bebida al aire libre” que, más o menos ajenos a las inspecciones, servían fritangas variadas.

Este paisaje entrañable y agreste empezó a transformarse con las Olimpiadas. Las excavadoras barrieron los “merenderos de la playa” y se empezó a construir un prolongado paseo marítimo por el que el transeúnte puede acceder a una despampanante sucesión de playas. Como la mayoría de los barceloneses están convencidos que las aguas siguen siendo radioactivas, lo normal es que por allí te encuentres más foráneos que nativos, signo inequívoco de que allí hay algo que ver.

Tal proyecto luminoso y civilizador (no deberíamos esperar a que muriese Pascual Maragall para ponerle su nombre a por lo menos un tramo del paseo) recibió numerosas críticas antes de que fueran deshinchándose los adversarios rendidos a la evidencia de la enorme ganancia que suponía la abertura (publica y gratuita) al mar. Nada de esto puede sorprender al barcelonés, una ciudad que soporta una izquierda oscurantista, de resabio rural, que ahora parece depositada transitoriamente en la CUP y a la que en su momento también le pareció una “intervención intolerable” recuperar el Raval con un museo de arte contemporáneo, una rambla y una universidad y librerías y restaurantes y una filmoteca. Estos fieras son los mismos a quienes les parecía indecente que se derrumbaran los muy insalubres “merenderos de la playa”, y se procediera a peinar las playas y limpiar aquella aceitosa porción de mar.





Los nostálgicos de la miseria no solo perdieron esta batalla sino que han tenido que soportar que en el maligno paseo marítimo proliferen los chiringuitos (sujetos a inspección). Se pueden dividir en dos grandes grupos: perennes y caducifolios. Los primeros están arraigados en las propias aceras del paseo, los segundos duermen bajo la arena durante los meses invernales y rebrotan como hongos a pie de playa de marzo a noviembre.

De la oferta perenne a mí me complace “Moncho’s”. El chiringuito es sencillo de reconocer por su terraza abierta, sus mesas de diversos tamaños y los variados colores de sus sillas. Si uno llega pasadas las dos no habrá menor problema para conseguir mesas: se trata de ponerse a la cola y armarse de paciencia. Si va antes, deberá superar un laberíntico y mutante sistema de acceso: ¿qué mesas son para comer y qué mesas son para tomar algo?, ¿se puede reservar?, ¿si no se puede reservar como es que hay mesas reservadas? Estás inquietantes preguntas no tienen solución sencilla pero una vez sentado el comensal se olvida enseguida.

El “Moncho’s” tiene cuatro grandes “especialidades”: en primer lugar las enormes cestas de fritura, donde no falta ninguno de los sospechoso habituales de estos conciliábulos de grasa. En segundo lugar una variadísima oferta de aperitivos alcohólicos: finos, vermuts… servidos con generosidad y convenientemente helados. En tercer lugar, las patatas, hasta cuatro suculentas variedades, destaca la “de pobre”: un gran ejemplar horneado hasta casi licuarse, servido en una casaca de papel de plata y bañado con una mayonesa (un tanto prescindible). Y en cuarto lugar las paellas untadas en un caldo tan espeso que tanto puede arrebatar al comensal como dejarle el regusto la tarde entera si es de paladar sensible. Cocina de chiringuito, pero sustanciosa.



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Entre los chiringuitos caducifolios de la arena mi favorito está en la playa de Bogatell. El segundo viniendo desde las torres, pasado el club de vela. La cocina presume de ecológica, no hay quien se lo crea, pero es limpia. Algunos de los platos son decididamente repugnantes (la así llamada “tortilla de patatas” es una masa de levadura y huevo grumoso), otros son audacias fracasadas (los palitos de zanahoria y apio) pero se puede recurrir a un trío de clásicos muy bien resueltos: las bravas, el guacamole y unos tacos de pollo con el agradable punto de picante que seduce a los novicios. También destacan las sidras (el plural tiene aquí sentido, pues tienen trazas de frutas inhabituales: fresas, piñas, uvas…) en botella, servidas entre tanto hielo que pueden pasar horas antes de que derretirse. Lo más importante aquí es el espacio, pues a qué va uno a comer frente al mar si no es para mirar el mar, entre lo familiar y lo espacioso, con una música que no pretende adueñarse de la “experiencia” y un cobertor de algo parecido a un emparrado seco que da sombra sin escamotearnos el sol. Para los que gustan de achicharrarse el chiringuito ofrece también la posibilidad de dejarse ir sobre una tumbona mientras la luz y el mar interpretan una nueva versión de su milenario espectáculo infalible.

Para los oscurantistas, este abanico de chiringuitos responde al mismo modelo de artificiosidad y depredación turística. Gran mentira. Si fuese así todos, los chiringuitos gozarían de una salud parecida con independencia de lo que ofreciesen en la cocina, como ocurre en los alrededores de la Sagrada Familia o en los temibles antros teraculinarios de la Rambla.

Uno de los chiringuitos menos lucidos es el “Catamarán”. Las frituras son algo empalagosas, los arroces secos, las alcachofas en conserva (en plena temporada), las raciones escasas. Lo mejor del restaurante son las vistas, las mesas bien separadas, la decoración… Parece la trampa perfecta para cazar turistas bien predispuestos a gastar. Y, sin embargo… el restaurante ya no existe. Las cristaleras pintadas, la puerta atrancada, un rincón donde se han acumulado objetos que oscilan entre el desperdicio y las últimas pertenencias de un rodamon testimonian que allí se ha aplicado una justicia basada en el paladar. Es lo bueno que tiene el tiempo (y su particular afán de erosión) siempre está suministrando nuevos motivos para ejercitar la nostalgia. 



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