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George Wilson, el peatón que fue arrestado por caminar demasiado

Él solo quería andar por el campo, pero el Reino Unido enloqueció con su gesta

El 11 de septiembre de 1815, George Wilson, de 50 años, fue arrestado por alterar el orden público. Pero él solo caminaba por la campiña inglesa.

El bueno de George había iniciado una caminata de 1.000 millas en una hazaña adscrita al deporte de moda en la Gran Bretaña de principios del siglo XIX, el peatonalismo ('pedestrianism' en su idioma original). Caminó en un circuito medido alrededor de Blackheath Common, un campo público al sureste de Londres, y lo hizo por una suma de 100 libras.

La multitud que se había desplazado para ver al apodado ‘peatón de Blackheath’ era bulliciosa pero manejable. Al menos durante sus primeros pasos. A medida que Wilson avanzaba, el número de espectadores crecía. El día que le detuvieron, el marchador había cubierto un total de 751 kilómetros alrededor de Blackheath mientras la multitud, según un informe de la época, había llegado a ser de “decenas de miles de personas ociosas y descontroladas”.

“Semejante multitud requería una provisión adecuada de cervezas y licores, de manera que se habilitaron puestecitos de bebida y la zona se convirtió en una inmensa feria”, describió un abogado que analizó la detención del peatón en los meses posteriores. Según la misma fuente, la zona se llenó de cantantes, acróbatas, equilibristas, tragafuegos y peleas de perros. También se asentaron varios burdeles llegados de Londres que arrastraron hasta Blackheath altas dosis de libertinaje y embriaguez.  

La caminata de Wilson se presentó a su vez como una oportunidad de negocio para las casas de apuestas británicas. El fracaso del marchador se pagaba bien, pero al ver que éste conseguía recorrer 50 millas al día, quienes apostaron contra él intentaron detener la proeza.

No hubo manera. Aunque Wilson era un hombrecillo pequeño, se sirvió de varios guardaespaldas que le abrieron camino a golpe de bayoneta. Semejante escenario puso a las autoridades de Blackheath en guardia, y no era para menos: con apuestas y cerveza los lugareños perdieron la cabeza.

A George Wilson le arrestaron por alterar el orden de la zona y no les faltaba razón; aquello era un despiporre. Lo que no consiguieron las autoridades fue restarle un ápice de su carisma, algunos compositores del momento dejaron una canción con su historia y la Bolsa de Londres llegó a homenajearle con una colección de 100 libras.

La pregunta es, ¿por qué se puso de moda mirar a un hombre caminar en círculos? El fenómeno se explica a partir de tres ingredientes propios de la cultura georgiana: el gusto por el espectáculo deportivo, la afición por los juegos de azar y la proliferación de los pubs.

Las competiciones de marchadores surgieron junto con el boxeo y las carreras de caballos en los albores de la cultura del ocio, cuando la Revolución Industrial había introducido en las vidas de los trabajadores más tiempo libre y más dinero a su disposición. Estas competiciones, de los primeros eventos deportivos masivos que se recuerdan, ayudaban a desconectar de la mina o la fábrica funcionando como vías de escape en unas vidas extremadamente duras.

El ‘peatonalismo’ además tenía cierta ventaja frente a otras disciplinas, y es que todo el mundo andaba. Los trabajadores lo hacían todo el tiempo, pues en la época solo algunos privilegiados podían permitirse un caballo que les transportara. Así, el espectador que asistía a una competición de ‘peatonismo’ sabía a lo que atenerse, y diferenciar a un buen marchador de un fraude con patas.

A esto se sumaba el amor de los británicos por las apuestas, una querencia que aún hoy perdura. Durante la primera mitad del siglo XIX los bares organizaron de forma frecuente competiciones de peatones. Seleccionaban a los competidores, promocionaban el evento, registraban las apuestas, ofrecían a los espectadores una barra sobre la que acodarse y echaban el cierre con la caja bien llena. No había fallo.

Tanto creció el asunto que en 1822, cuando Wilson decidió retirarse, 40.000 personas se juntaron en el hipódromo Town Moor de Newcastle para verle recorrer 90 millas en 24 horas. El marchador logró el objetivo y de hecho le sobraron 14 minutos, pero el éxito fue un espejismo. George Wilson, que había pedido donaciones, se fue del hipódromo con una recaudación minúscula.

Aquella decepción fue la antesala del devenir que tomaría el ‘peatonalismo’. Cuando Wilson murió, en 1893, la pasión por esta disciplina estaba en horas muy bajas. La situación financiera del país había empeorado, y la gente estaba más preocupada de ganarse la vida que de ir a ver a un puñado de caminantes dar vueltas sobre un circuito cerrado.

Había una segunda razón: la moral victoriana denigró la disciplina. Durante los siguientes 30 años el atletismo adoptó nuevas formas y se popularizaron la velocidad o las carreras de media y larga distancia, pero para muchos victorianos aquello del ‘peatonalismo’ era un deporte de pobres, un movimiento demasiado asociado al juego y la bebida.

Los atletas de clase media y alta, casi siempre graduados de Oxford y Cambridge, comenzaron entonces a formar clubes de atletismo exclusivos para miembros de la burguesía británica, equipos más estructurados que dieron lugar a otros similares dentro del fútbol, el rugby o el cricket. Al final de siglo el ‘peatonismo’ era ya un deporte caduco y el fútbol había ocupado su lugar en los corazones de los aficionados británicos, también dentro de la clase trabajadora. 

(Vía Atlas Obscura)

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