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Su vida era perfecta hasta que descubrió que se basaba en una gran mentira

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Es el candidato de su partido a gobernar el país, sin embargo, ¿cómo puede estar seguro de que aquello sobre lo que ha cimentado toda su vida es verdad?

María Yuste

04 Febrero 2016 06:00

Después de que occidente legalizara la antropofagia sin homicidio para sortear una hambruna, se fundaba Suora, la primera residencia de lujo para donantes de carne gourmet. Allí, Luz, la hija de la fundadora del partido que había conseguido legalizarla, se internó presa de la apatía vital. Pero conoció y se enamoró de Thiago, el carnicero del centro, con el que acabó huyendo de una muerte segura para vivir en el bosque como los primeros Homo sapiens. Allí, apartados de la civilización tuvieron un hijo y vivieron varios años hasta que unos cazadores furtivos los encontraron.


I


Los lunes eran su día de suerte. A las 7 de la mañana, sincronizadas con la salida del sol, las persianas se levantaban. Aún en la cama, Prometeo escuchaba la maquina de café ponerse en marcha en la cocina y, solo cuando el sistema central comenzaba a reproducir una pieza de música clásica, salía de la cama.

La cafetera le recibía siempre con los buenos días y, mientras desayunaba, le daba la previsión del tiempo y le leía los titulares de las noticias del día.

Una nueva semana empezaba. Una nueva oportunidad de hacer las cosas de manera diferente y cambiar el mundo. Los lunes, Prometeo se sentía optimista y esperanzado.

Además, últimamente estaba en racha. Con solo 29 años, acababa de convertirse en el nuevo candidato del partido a presidente del gobierno y las primeras encuestas ya lo señalaban como el próximo inquilino que ocuparía la casa presidencial.

Prometeo, además de joven, era guapo, carismático y genuinamente bueno. Su figura había supuesto un revulsivo para una causa en la que, en el pasado, mucha gente había confiado para evitar la debacle de la civilización pero que, en la actualidad, había quedado ensombrecida tras varios escándalos.

Por un lado, estaban los testimonios de ciertos extrabajadores de Suora que habían denunciado públicamente los asesinatos que se llevaban a cabo tras sus muros. Algunos habían acabado desdiciéndose, se rumoreaba que por una gran suma de dinero, pero la semilla de la duda había sido plantada en la sociedad.

Los miembros de nuevas generaciones como la de Prometeo, nacidos en una sociedad en la que el consumo de carne humana estaba totalmente normalizado, se estaban preguntando por primera vez en la vida si aquello era lo correcto.

Partidos de nuevo cuño proponían prohibir por completo el consumo de carne, tanto humana como animal, y sustituirla por la de insectos. Aquello suponía cambiar de forma radical la manera de entender la gastronomía y la tradición. Muchos platos se perderían o se actualizarían pero, ahora que la crisis alimentaria quedaba lejana, ¿no era aquella una opción mucho más propia de un animal racional como el ser humano que la de comerse unos a otros?

El partido de la carne, nacido de la izquierda revolucionaria, se había ido convirtiendo en el defensor de unos ideales que parecían más sentimentales que necesarios.

Además de haber acabado fomentando la diferencia de clases.

En el supermercado, los productos cárnicos debían ir perfectamente etiquetados con la procedencia y características de la persona. La carne de mujer era más tierna que la de hombre y la de niño, la más codiciada.

Así, entre las estanterías uno podía encontrar raviolis rellenos de seso, filetes de espalda, asado de nalgas, enchiladas de pantorrilla... Cada uno asequible solo para un determinado sector de la sociedad.

Las vísceras eran lo más económico al ser las partes más peligrosas a la hora de transmitir enfermedades. El riesgo era muy bajo, de uno entre un millón, pero existía.

La carne más cara y la más segura era la de humanos procedentes de “granjas”, como se conocían popularmente la residencias de donantes como Suora.

De ahí se derivaba el otro de los grandes acontecimientos que habían puesto en tela de juicio todo el sistema. Débora, la fundadora del partido y todo un símbolo nacional por evitar la hambruna mediante el consumo de carne, había enfermado debido a su ingesta.

Desde que en su juventud, para salvar su embarazo, devorara a su marido, había desarrollado un gusto especial por las vísceras humanas. Comerlas le recordaba a él y se había pasado la vida buscando su sabor en otros.

Ahora, a sus 75 años y con un aspecto que, gracias a la ciencia nunca había llegado a pasar de los 40, estaba con un pie en la tumba.

II

Débora había sido abuela, madre y padre para Prometeo. Ella era su única familia, la que lo había salvado de una muerte segura en el bosque y lo había cuidado como si lo hubiera parido.

Prometeo apenas sabía nada de su madre biológica más que su nombre. Sabía que se llamaba Luz y que, en su adolescencia, había tenido una relación tormentosa con Débora. Sin embargo, a pesar de la vergüenza que la vida de su hija había arrojado sobre su carrera política, no podía esconder cierto amor que siempre acaba asomando entre los reproches.

De su padre no conocía absolutamente nada. Al ingresar en Suora, Luz había cortado toda relación con su madre y Débora no había llegado a conocerlo. De él solo sabía que había muerto junto a Luz, en el bosque, el día que él fue rescatado y devuelto a la civilización.

Fue leyendo la prensa de la época como Prometeo se había enterado de la historia de amor y delincuencia de sus padres biológicos. Habían ingresado en la primera residencia de donantes de carne gourmet para aprovecharse del sistema y vivir del bote mientras se alimentaban a escondidas del hambre de los demás.

A pesar de no haberlos conocido, Prometeo les guardaba cierto rencor. Les maldecía por haberle privado de una familia normal.

A falta de tantas piezas en el puzzle de sus orígenes, era en torno al partido de su abuela y sus ideales que Prometeo había ido construyendo toda su identidad. Estaba tan dispuesto a morir por él como estaba dispuesto a hacerlo por su madre adoptiva, Débora.

III

Aquel lunes, Prometeo tenía una reunión importante con Daniel en la que tratarían las dudas que pesaban sobre Suora. Daniel era el dueño de la residencia y, aunque Prometeo sabía que antes había fundado, junto a sus abuelos, el grupo activista que había acabado originando el partido, desconocía por qué su abuela ya no quería saber nada de él.

Una actitud que contrastaba con lo primero que Daniel hizo al entrar en la sala: preguntarle, preocupado, por su estado.

Los rumores son ciertos. Se muere.

Al escucharlo, Daniel apretó los puños y desvió la mirada al suelo.

Daniel, hay algo que siempre he querido preguntarte. Tal vez este no sea el momento más adecuado pero... ¿Tú conociste a mis padres, verdad?

Sí, y por eso sé que cuanto menos sepas sobre ellos, mejor.

Eso me decís todos pero lo de mi abuela me está removiendo algo por dentro. Me gustaría saber... ¿Cómo eran?

Unos sinvergüenzas...

— Entonces, ¿tú sabes quién era mi padre?

Apenas. En serio, es mejor que no pienses en ellos. Eran unos pobre diablos enamorados del derroche del siglo XX. Unos románticos egoístas, mira sino lo que querían hacer contigo...

La versión oficial decía que, hambrientos tras huir al bosque, sus padres habían llegado a alimentarse de excursionistas perdidos y que, en el momento en el que los encontraron, estaban a punto de sacrificarlo a él mismo.

Sus padres eran, o habían sido vendidos, como los mayores traidores de la nación.

IV

Nunca le había importado vivir de espaldas a la historia de sus padres, sin embargo, ahora que el único calor que había conocido se consumía sobre una cama de hospital, empezaba a sentirse huérfano y desprotegido. Le costaba reconocerlo pero necesitaba respuestas antes de que la muerte convirtiera para siempre todas sus preguntas en interrogantes grabados en piedra.

Todos los días, al terminar su jornada, Prometeo pasaba por el hospital para cenar con Débora y estar a su lado hasta que el sueño la vencía. A veces estaba lúcida pero, cada vez más, la demencia ocupaba todo su tiempo.

Aquel día, sin embargo, pasó antes por casa de su abuela dispuesto a ponerla patas arriba en busca de información.

En su contra jugaban la nube y la informatización de la información. Sin embargo, gracias a que su madre había sido una gran admiradora del siglo XX encontró algunas fotos y un diario. Se los guardó y se dirigió al hospital.

No había tiempo que perder.

Cuando llegó, su abuela tenía puestas las gafas de leer la prensa. La había pillado en un momento de lucidez. En sus cristales vio pasar la noticia de su reunión con Daniel.

—Vaya, veo que ya sabes con quién he estado hoy... Me ha dado recuerdos para ti.

Débora se quitó las gafas —el periódico se apagó— y se quedó mirándole largo rato con la mirada perdida.

—¿Abuela?

—Prometeo, ¿podrías ir a buscar mi jornal de hoy? No me he pasado el día entero despellejando espaldas para que me robe el patrón.

—No te preocupes, abuela, que ya he pasado. Tus ahorros están a salvo. Ahora dime, ¿recuerdas a Daniel?

Después de todo, tal vez la demencia jugara a su favor a la hora de sacarle toda la información que le había estado ocultando durante tantos años.

—Claro...

—¿Qué hubo entre vosotros?

—Cuando eramos jóvenes, fue el mejor amigo de tu abuelo. Su muerte nos unió. Él me decía que yo era el amor de su vida pero yo no podía corresponderle hasta ese punto. Yo llevaba dentro a tu abuelo.

 


—Y, ¿por qué ahora parece que le odias?

Me traicionó. Prometió traeros de vuelta a ti y a tu madre pero solo te trajo a ti.

—Pero abuela, tú siempre me has dicho que tuvieron que abatir a mis padres porque estaban fuera de sí y mi vida corría peligro.

Débora rompió a llorar.

—¡Mi pobre hija! Es todo mi culpa, es mi culpa que esté muerta. Nunca debí pedirle ayuda a él. Intenté aprovecharme del amor que decía sentir por mí para recuperarla. Me alié con él para lograr encontraros pero su amor por el dinero y el poder resultó ser mayor. Luz tenía una deuda con Suora y él se la cobró.

—¿Qué estás diciendo, abuela?

Los asesinos no son tus padres, hijo mío, son los de Suora. Todo lo que se rumorea es verdad.

—No puede ser. Tú no apoyarías algo así.

—Y nunca lo he apoyado pero he tenido que encubrirlo para proteger la verdad en la que creo. Todo lo que he dedicado mi vida entera a construir.

 



—No te creo, estás demente. Solo dices tonterías.

—Hijo, ¿qué haces subido a la lámpara? Baja de ahí inmediatamente, es de mala educación.

Prometeo se levantó y se fue pegando un portazo mientras la primera lágrima comenzaba a resbalarle por la mejilla.


Continuará...

Capítulos anteriores:

?Capítulo 1: Si tus hijos fuesen a morir desnutridos, ¿les darías carne humana?

Capítulo 2: Año 2040. Una historia de amor extremo en medio de un mundo caníbal

Capítulo 3: Año 2041. La supervivencia de la epecie se decide en un tribunal

??Capítulo 4:?? Año 2060. La vida en el extraño balneario del que nadie sale con vida

Capítulo 5: El mismo infierno se escondía detrás de una simple puerta de madera

Capítulo 6: Lo dejaron todo para vivir como los primeros Homo sapiens en 2061?

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