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Le dije que era vegano para ligar, pero en realidad no paro de comer carne

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Jugos gástricos, tofu y mentiras: una verdadera historia de amor

Miguel Luna

25 Junio 2015 06:00

Mi problema parece sencillo, pero en realidad es muy complicado.

Cualquier decisión que tome de ahora en adelante afectará no sólo a mi futuro, sino también al de mis amigos y, sobre todo, al de la mujer que más amo.

Ya lo he dicho: la amo.

La amo muchísimo, pero eso no me ha impedido mentirle una y otra vez.

Esta es mi historia: conocí a Tere hace tres meses, y desde el primer momento supe que era la mujer de mi vida.

Estábamos los dos tomando algo en una terraza, sentados en mesas contiguas, cuando de pronto el camarero se equivocó y en vez de traerme mi tapa de albóndigas, me trajo un hummus.

Antes de que yo tuviera tiempo de decirle que aquello no era mío, la chica que estaba sentada a mi lado me asaltó.



—¿Está rico el hummus? Es muy difícil encontrar uno bueno en los bares del centro.

Me quedé callado, no sabía qué decir.

Así que probé aquella cosa de aspecto dudoso y pastoso y le dije sin mucha seguridad que sí, que estaba delicioso.

La chica me dijo que entonces ella también se iba a pedir uno, pero antes de que lo hiciera le dije que podíamos compartir el mío.

—¡Qué generoso! ¡Muchas gracias! Espera, que traigo mi copa de vino y me siento a tu lado.

¿Generoso yo? Pobre chica, si lo único que quería es que ella se comiera aquella asquerosidad sin que yo quedara mal…

Se sentó a mi lado y empezó a contarme su vida.

Era vegana, le gustaba el deporte aunque tenía que tomar muchas vitaminas para que su dieta no fuera un impedimento, tenía dos gatos, vivía sola en un ático de la Barceloneta que encontró en Idealista y trabajaba en un blog de gastronomía vegetariana que, sorprendentemente era un éxito en la red.

—Ah, y me llamo Teresa, por cierto.

Por alguna razón me enamoré de ella.

No sé si fue la situación estúpida que nos había llevado a encontrarnos, o su gran belleza, o quizá su manera de hablar tan tierna e inteligente, pero me enamoré.

Me quedé prendado.

Así que cuando me preguntó que desde cuándo era yo vegetariano… me vi obligado a mentirle.

—Pues lo cierto es que desde hace no mucho… ¡pero odio a los que comen carne y no quiero ser uno de ellos!

Mentira.

Me faltaron minutos para jalarme un filete de ternera enterito cuando unas horas más tarde llegué a casa.

Lo hice pensando en Tere.

Lo hice saboreando cada fibra, cada pedacito molloso y ensangrentado.

Lo hice sabiendo que me estaba metiendo en un lío, pero que todo tendría su recompensa.



Aprendí todos esos conceptos (tempe, seitán, soja texturizada) y memoricé menús odiosos.

Aprendí a pasar los días con Tere a base de zumos de remolacha y estofados de tofu y también a pasar las noches atiborrándome de salchichas, huevos, y leche.

Aprendí que mi corazón y mi estómago eran dos partes muy distintas de mi cuerpo, a las que yo quería alimentar por igual, a riesgo de que todo acabara.

Han pasado tres meses desde que Tere y yo compartiéramos hummus en una terraza, y lo cierto es que en este tiempo, a su lado, he descubierto más cosas que nunca.

Sé que la quiero, pero no sé cómo reaccionará cuando se de cuenta de que todo lo que hemos hecho hasta ahora está basado en una mentira.

Lo de que la quiero no es mentira.

Lo de que he aprendido y disfrutado todo este tiempo no es mentira.

Lo de que no sabría qué hacer sin ella no es mentira.



Pero lo de que no soporto una vida sin chuletas, jamón serrano, queso, huevos fritos o todo tipo de bistecs… es también una gran verdad.

Mi gran verdad.

Esa verdad que ahora debo contarle a Tere y que definirá mi futuro.

Parece sencillo, pero es bien complicado.

Parece una tontería, pero es una lucha a vida o muerte.

Estoy asustado, ya lo he dicho.


¿Y ahora quién será más fuerte? ¿Mi estómago o mi corazón?



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