Ficciones

El trágico amor de dos almas atrapadas entre paredes

"Nuestros cuerpos nos abandonaron para librarse de la culpa"

Un relato inspirado en el street art de Daan Botlek.

Era una relación imposible.

Ella estaba casada con mi hermano. Mi mujer estaba embarazada de nuestro segundo hijo. Eramos prácticamente vecinos.

Pero nuestros cuerpos se habían necesitado desde el día en que nos conocimos.

Nos sentíamos culpables. Queríamos a nuestras parejas. Queríamos evitarlo. Habría demasiados daños colaterales.

Hasta que nuestros cuerpos se hartaron de sentirse incompletos. Y decidieron seguir adelante por su cuenta.

No recuerdo qué vino primero. No sé si se arrancaron el alma para dejar de sentirse culpables o si dejaron de sentirse culpables porque se arrancaron el alma. La cuestión es que lo hicieron y nos dejaron atrapadas en estas paredes para siempre.

Ahora pasamos el día deambulando por la ciudad como almas en pena. Porque eso es exactamente lo que somos.

Almas heridas.

Almas perdidas.

Almas errantes.

Lo más triste es que ni siquiera nos tenemos el uno al otro.

En el momento exacto en que nuestros cuerpos se fueron, dejamos de estar enamorados el uno del otro.

Fue paradójico. Justo cuando nos habíamos librado de toda la presión de nuestro entorno, ya no queríamos estar juntos.

Los primeros días hablamos mucho de ello, intentando buscarle una explicación.

“¿Será porque ya no podemos tener sexo?”

“¿Será porque solo era atracción física?”

“¿Será porque solo queríamos lo que no podíamos tener?”

“¿Será porque es demasiado fácil?”

Respondimos negativamente a todas las preguntas que nos hicimos, sin lograr llegar a ninguna conclusión.

Decidimos que lo mejor que podíamos hacer era buscar a nuestros cuerpos para intentar recuperar nuestras vidas.

El problema es que estábamos atrapados. Al deshacerte de tu alma, lo habitual es dejarla libre para que busque su propio camino. Pero también existe la posibilidad de confinarla a algún objeto físico.

A nosotros, nuestros cuerpos nos encerraron en los muros de esta ciudad. Probablemente no estaban preparados para perdernos la pista para siempre.

Cuando te mueves únicamente por las paredes, cualquier trayecto se vuelve laberíntico. Y todavía más cuando intentas llamar la atención lo menos posible.

Pero estábamos decididos a volver a nuestra calle.

Nos movíamos de noche, cuando la ciudad bajaba la guardia. Pasábamos por edificios abandonados, nos colábamos en museos y escalábamos edificios para poder cruzar por los techos.

Y cuando salía el primer rayo de sol, estuviéramos donde estuviéramos, nos quedábamos paralizados.

Los que nos veían siempre creían que éramos figuras pintadas por un grafitero. “Siempre parece que estén escapando de algo”, comentó un día un tipo mientras nos hacía una foto. Se equivocaba. Nosotros éramos los perseguidores.

Durante los trayectos hablábamos muchísimo. Sobre todo de nosotros mismos.

Nos contábamos recuerdos de infancia.

Nos reíamos con anécdotas del colegio.

Intercambiamos los cromos de los miembros más raros de nuestras familias.

Nos lamíamos las heridas de nuestros fracasos amorosos.

Barríamos los deshechos de nuestros errores.

Nos confesábamos vicios y fobias.

Dejar de querer ser amantes nos había vuelto transparentes. Entendimos que la amistad es como el amor sin la política. Y que la única manera de averiguar los motivos de nuestra repentina falta de atracción era convertir nuestra relación en una terapia mutua.

Funcionó.

Nos dimos cuenta de que ambos teníamos la sensación de que nuestra vida estaba incompleta. De que creíamos que podía haber algo mejor para nosotros. Y de que esa pieza que faltaba éramos el uno y el otro.

Claro que esto podría ser, simplemente, una señal de inmadurez. O de egoísmo. O de ambos. En ningún caso explicaba por qué habíamos dejado de desearnos cuando nuestros cuerpos huyeron.

Hubo otro detalle, sin embargo, que nos llamó mucho la atención: descubrir lo mucho que nos parecíamos el uno y el otro a la primera persona que nos rompió el corazón. No tanto por el aspecto físico, sino por el tipo de personalidad.

Y entonces empezamos a atar cabos.

¿Podría ser que lo que buscásemos fuera reabrir viejas heridas que nunca cicatrizaron?

¿Podría ser que lo que viésemos en el uno y el otro fuese la oportunidad de poder superar definitivamente algo que todavía nos seguía doliendo?

Era como si lo que habíamos necesitado todo el tiempo no fuese querer a otra persona sino masajear nuestro ego para aliviar un trauma.

Pero, ¿por qué esta necesidad había desaparecido con nuestros cuerpos si, sobre el papel, el dolor lo llevamos en el alma?

De pronto lo entendimos.

Lo que había pasado es que nuestros cuerpos también se habían llevado nuestros egos.

Ahora que solo éramos alma estábamos en un estado superior. Podíamos querernos a nosotros mismos sin necesidad de sentirnos deseados por otro.

Habíamos dejado de atraernos porque ya no necesitábamos curarnos. Nuestro ego no podía estar herido porque ya no existía.

Finalmente llegamos a nuestra calle. Nos plantamos en un muro justo enfrente del portal donde vivíamos. Y esperamos.

Y esperamos.

Y esperamos.

Pero nunca vimos a nuestros cuerpos.

Nuestras respectivas parejas seguían viviendo ahí. Pero no había rastro de nosotros.

Llegamos a la conclusión de que les habría pasado algo parecido a lo que nos había ocurrido a nosotros y que, probablemente, nos estarían buscando.

El deseo solo es una forma de terapia

Tags:

¿Te ha gustado este contenido?...

Hoy en PlayGround Vídeo:

Ver todos los vídeos

Hoy en PlayGround Video



 

cerrar
cerrar