Ficciones

El tipo que solo sabía hablar obsesivamente de Messi

Historia de una obsesión involuntaria

Carles salió del Camp Nou entusiasmado.

Algo debió cambiar dentro de él cuando Messi marcó el gol de la victoria, porque siendo como era poco aficionado al fútbol, ver un partido en directo le había dejado trastocado. La energía de ese instante le había sacudido de forma brutal. Sintió como si la estratosfera se comprimiera unos centímetros.

Estaba tan impactado que, de pronto, lamentó trabajar en una tienda de discos, un lugar donde era poco probable que se cruzase con nadie que quisiese comentar el partido.

A la mañana siguiente se encontró con un vecino en el ascensor. Era un hombre mayor, con permanente expresión de fatiga y un perro que todavía parecía más cansado que él. El hombre andaba muy encorvado, y se ayudaba de un bastón. Quizá por ello tenía la manía de preguntarle por sus zapatos.

–Me gustan tus zapatos, joven, ¿dónde los has comprado?, preguntó el viejo.

–No lo recuerdo, lo siento, contestó Carles.

–Mal hecho, quizá un día se le rompen y quiere otros iguales, ¿qué hará, entonces?, le reprendió el señor del perro cansado.

–¿Sabe que creo? Que no es el hombre el que debe ir tras los zapatos sino al revés, son los zapatos que deben seguir llegar al hombre. Es lo mismo que ocurre con Messi y el balón, dijo Carles.

El hombre enmudeció. El perro soltó un aullido apocado. Carles sintió cómo ambos contenían la respiración. Él, por su parte, intentaba descifrar lo que acababa de decir. No era consciente de haber querido articular esas palabras.

De camino al trabajo se cruzó con un amigo de la Universidad que hacía años que no veía. Se llamaba Gonzalo y, a decir verdad, nunca le había caído especialmente bien. Durante cinco minutos, Gonzalo no calló. Le contó que estaba pasando una mala época, que su novia se había marchado, que había montado una empresa que no acababa de levantar el vuelo y que hacía tres semanas le habían robado la moto.

–Bueno, no te preocupes, lo importante es seguir adelante... mira a Messi, le pegan una y otra y vez pero nunca se tira, lo único que quiere es seguir jugando, dijo Carles con el tono de un padre que consuela a un hijo al que se le ha caído un helado al suelo.

–Hahaha, sí tienes razón... pero... ¿desde cuando te gusta el fútbol?, todavía recuerdo los discursitos que nos pegabas en la uni, contestó Gonzalo con aire de suficiencia.

–En realidad sigue sin gustarme, la verdad es que no sé muy bien porque te he dicho esto... respondió Carles como si le estuviese hablando a un policía que quisiese hacerle un control de alcoholemia.

–Hostia puta tío, estás tan colgado como siempre, hahaha, dijo Gonzalo mientras le daba una palmadita en la espalda a modo de despedida.

Carles se quedó inmóvil durante unos segundos, preguntándose qué le estaba ocurriendo.

Cuando llegó a la tienda, su compañero de trabajo le estaba esperando en la puerta. Como siempre, lo primero que hicieron fue poner un disco. Ese día le tocaba a Xavi, que era como se llamaba su colega. Puso un disco de rock progresivo alemán.

–¿Te mola?, preguntó Xavi al cabo de un rato.

–Está guay... pero ya sabes lo que me pasa con el rock progresivo. Tanto virtuosismo acaba por distraerme... son tan buenos tocando que dejo de seguir la música para seguir solo los instrumentos. Supongo que es parecido a cuando Messi va en tu equipo, a veces debe ser difícil no distraerte viéndole jugar, no quedarte embobado viendo todo lo que hace...

–¿Qué coño dices? ¿Qué mierda de teoría es esta? Hahaha, gritó Xavi exaltado.

Pero Carles no tenía las respuestas. Estaba paralizado. Pálido. Algo fallaba en su cerebro.

Alertado por la cara de estupefacción de su amigo, Xavi le preguntó qué ocurría.

–No sé tío, ayer fui al campo del Barça, y desde entonces cada vez que abro la boca solo me salen comentarios relacionados con Messi. Me sale inconscientemente, es rarísimo, explicó Carles con la cadencia del que reclama un diván.

–¿Cómo que te sale inconscientemente? No entiendo, preguntó Xavi desconcertado.

–Sí... es muy raro. Es como cuando Messi coge la pelota y empieza a regatear, y sus piernas van tan deprisa que parece imposible que tenga tiempo a pensar en lo que está haciendo, como si sus pies y la pelota estuvieran en una dimensión distinta a la que están el resto de jugadores... apuntó Carles, que de pronto hablaba como un comentarista deportivo demasiado entusiasta.

–Pero qué..., intentó decir Xavi.

–¡Ves!, mierda, me ha vuelto a pasar otra vez, qué coño... murmuró Carles como si acabase de levantar con una resaca monumental.

Entró una chica a la tienda. Pidió el último disco de Best Coast. Mientras Carles se lo daba la chica le preguntó qué le había parecido el álbum.

—Está guay. Es lo mismo de siempre pero suena bien. Es como Messi: los defensas siempre saben exactamente lo que va a hacer pero, aún así, nunca llegan a tiempo para detenerle, contestó Carles con la decisión de un alumno aplicado.

La chica le miró extrañado. Carles cogió el dinero y bajó la cabeza en señal de disculpa.

Mientras la cliente salía por la puerta, Xavi reprendió a Carles con la mirada. Pero Carles estaba demasiado nervioso como para darse cuenta. Tenía un extraño vacío en el estomago, la boca seca y la espalda mojada. Estaba al borde de un ataque de ansiedad.

Salió de la tienda en busca de aire. Andó alrededor de la manzana para despejarse. Respiró profundamente. Se tranquiló un poco. Y pensó en Ariadna, que era una amiga psiquiatra. Cogió el teléfono para llamarla.

–¿Sí?

–Ariadna, soy Carles.

–Hombre, Carles, cuanto tiempo, ¿qué te cuentas?

–Bien, bien... bueno no, me pasa algo...

–¿Estás bien? Suenas nervioso.

–No, no estoy bien, me siento... messi ento, messiento, messi...

–Creo que tienes poca cobertura Carles, te oigo raro.

–Mierda, es que no sé que me pasa, me sale de forma inconsciente, messimposible controlarlo...

–¿Carles pero qué dices? No entiendo nada, me estás preocupando.

–Sí, me... me... sí... preocupando.

–Mira hacemos una cosa, porque no te vienes a la consulta, podemos ir a comer algo por aquí y me cuentas con más calma.

–Sí, sí.

Cuando colgó el teléfono, Carles temblaba. Estaba empapado de sudor. Sentía como si hubiese perdido el control de su cabeza.

Corrió a buscar un taxi. Quería llegar a la consulta cuanto antes.

–¿Dónde vamos, jefe?

Carles se dio cuenta de que estaba en blanco. Había olvidado el nombre de la calle donde estaba la consulta de Ariadna. Pero recordaba perfectamente como llegar. Podía darle las indicaciones al taxi.

–Sí, mire, Messi sube por la banda derecha...

–¿Disculpe? ¿Qué gire a la derecha dice?

–Sí, sí.

No podía creer que le estuviera pasando eso.

–¿Y ahora, sigo por Trafalgar o subimos?

–Messi se mete entre dos...

–¿Perdone? ¿Ha dicho Messi?

–Entre esas dos, Messi dribla...

–¿Pero qué demonios dice de Messi? ¿ Qué pinta Messi? O me dice dónde quiere ir, o le dejo aquí mismo eh.

–Messi arranca a toda velocidad, dribla hacia la izquierda, messi, messi...

–¿Oiga pero usted se encuentra bien? ¿No irá colocado no?

–No, no, me siento bien, messiento...

–Como vomite en el coche tendrá que pagar la limpieza.

El taxista detuvo el coche al lado de una patrulla de los Mossos. Bajó la ventanilla y se dirgió a ellos.

–Oigan, agentes, creo que llevo a un pasajero que no está muy bien de la cabeza, quizá quieren echarle un vistazo por si se ha escapado de algún centro o algo...

Los agentes le hicieron detener el taxi y acudieron a ver qué ocurría. Picaron la ventanilla de detrás e hicieron señas a Carles para que la bajara.

–¿Se encuentra bien señor?

Carles estaba empapado en sudor, enroscado en sí mismo, mirando fijamente al suelo del taxi.

–Messi acaba con los adjetivos, una vez más.

–¿Podría contestar nuestra pregunta?

–Messi siempre habla en el campo.

–¿Documentación por favor?

–Es el mejor de todos los tiempos, el messías del fútbol.

Uno de los agentes abrió la puerta del taxi, invitando a Carles a bajar. Pero Carles seguía paralizado, intentando domar sus ideas. Sabía que se estaba metiendo en un problema pero era incapaz de controlar sus palabras. Los agentes comprobaron su documentación.

–Señor, tendremos que pedirle que nos acompañe.

En un primer momento, Carles sintió una punzada de miedo. Pero inmediatamente se relajó. Eso sería lo mejor. Ya no tenía fuerzas para luchar contra sus propios impulsos. Pensó que, al fin y al cabo, sería mejor que otros decidieran por él.

Le llevaron a un hospital psiquiátrico. Le encerraron en una sala blanca. Le dieron un calmante. Y cuando el dulce manto de la b enzodiazepina empezaba a envolverle entró un médico en la habitación.

–¿Estás más tranquilo, Carles?, preguntó el médico con su tono de voz alcaloide.

–Creo que sí..., contestó Carles.

–Hemos repasado tu historial y no te había ocurrido nunca nada similar, dijo el médico con la vista puesta en sus notas.

–Ya..., dijo Carles resignado.

¿Sigues queriendo hablar de Messi? Puedes hablarme de él si quieres, le animó el médico.

–No... no quiero, pero... Messi escapa a toda lógica, es irreal, es mágico, magnífico..., respondió Carles con la mirada perdida.

–Ahora mismo, ¿eres consciente de que estás hablando de él?, le interpeló el médico.

–No. Es decir, sí, pero es como un impulso que no puedo controlar. Es como si tuviera dos consciencias en mi cabeza, y como si la única razón de existir de una de ellas fuera el maldito Messi.

–Sigue...

–No hay nadie que pueda parar a Messi, las cosas que son imposibles él las hace posibles, es un extraterrestre, sus jugadas son comparables a los rostros de Rafael, a todo lo que deja de ser sonido, materia, color y se convierte en algo que pertenece a la vida misma, entiende el fútbol como si llevara jugando 100 años, verlo jugar es como tener un orgasmo,es tan grande que ni siquiera necesita nombre, vivimos en Messilandia...

–Pero, pero... ¿no vés que esto que dices no tiene ningún sentido?

A Carles se le iluminó la cara. Se levantó y abrazó al médico con todas sus fuerzas.

–Eso es... eso es justamente lo que llevo intentando decir todo este tiempo.

Cuando una persona padece delirios se le llama locura. Cuando muchas personas padecen de un delirio, se le llama religión

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