Ficciones

Cuando termine la universidad, me graduará un pelotón de fusilamiento

Ahora sé que todos morimos, como mínimo, dos veces

Cinco años después, frente al pelotón de fusilamiento, solo puedo recordar la tarde en que mi padre me llevó a conocer la universidad. Entonces yo no pensaba en lo que me esperaba al final, solo quería vivir la época más divertida de mi vida. Y lo hice.

El pelotón grita: "¡Preparados!"

Cuando griten «¡fuego!», me comerá la tierra y de mi cadáver brotará alguien muy distinto

Ahora, los fusiles me apuntan tan rectos y firmes que alcanzo a ver la bala que está a punto de decidir mi futuro, alojada en el fondo del cañón. En el proyectil hay una inscripción que me trata de usted, y dice:

"Ha superado con todos los méritos sus estudios universitarios y ahora es, de pleno derecho, un adulto en el mundo real".

¿De verdad necesito ser un adulto?

Mi graduación va a ser la muerte de la parte favorita de mí, la que se emborracha entre semana y fuma hierba de madrugada. Cuando griten "¡fuego!", me comerá la tierra y de mi cadáver brotará una persona totalmente distinta.

Nunca me dijeron que me graduaría un pelotón de fusilamiento, pero es cierto que tuve varias premoniciones.

La primera de ellas me llegó cuando era solo un criajo. No paraban de preguntarme qué quería ser de mayor, y ese verbo 'ser' ya empezaba a matarme. ¿Se suponía que, llegado un punto, dejaría de ser yo para convertirme en algún otro?

En la bala que me va a matar hay una inscripción que me trata de usted

La segunda premonición vino la tarde en que mi padre me acompañó a la universidad, para asegurarse personalmente de que su hijo tomaba el camino correcto.

Papá, le dije, las aspiraciones de una vida no pueden caber en un plan de estudios. Si la universidad es el camino lógico, al final de la lógica solo puede esperarnos una muerte segura.

Pero, en cuanto probé las mieles de la vida universitaria, la muerte dejó de ser importante. No fue hasta los últimos días, cuando me llegó el olor a pólvora, que deseé por primera vez en mucho tiempo que el tiempo se detuviera.

Cuando los dedos ya acarician los gatillos, miro a los lados y veo a mis amigos

El pelotón grita: "¡Apunten!"

Ya van a dar la orden.

Quienes hoy empuñan los fusiles son precisamente ellos: todos los que esperan algo más de mí, los que me preguntan si ya estoy buscando trabajo y los que me recomiendan que pruebe suerte en el extranjero.

Y, por alguna razón, yo no quiero defraudarles.

En el último momento, cuando los dedos ya acarician los gatillos, miro a los lados y veo a mis amigos de la infancia y compañeros de juerga. Entonces tengo la certeza de que hay vida después de la muerte.

Sé que podremos marcar nuestros propios objetivos y también ser felices.

Sé que nos recordaremos mutuamente la época en que más vivos estuvimos.

Y, si no nos mata la seriedad de la vida adulta, sé que nos comerá la misma tierra y brotaremos juntos de ella.

El pelotón grita: ¡Fuego!

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