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Así es como termina el mundo, no con una explosión sino con una carcajada

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"Habíamos pasado tantos años esperando un fin del mundo envuelto en dolor y sufrimiento que no lo habíamos visto venir en forma de la? felicidad más absoluta?"

María Yuste

11 Diciembre 2015 13:51

Imagen de Ryan McGinley

Supe que la humanidad había perdido el control cuando vi a una madre resignarse después de que un águila se llevará volando a su bebé.

No intentó protegerlo ni ahuyentarla, no gritó cuando se alzaba con él hacia el cielo y hasta juraría que se sintió fascinada por la belleza de la escena. Una fascinación a la que, durante mucho tiempo, quise agarrarme como si se tratara de un estado de shock y aún no estuviera todo perdido.

Ahora sé que era el punto de no retorno.

Habíamos pasado tantos años esperando un fin del mundo envuelto en dolor y sufrimiento que no lo habíamos visto venir en forma de la felicidad más absoluta.


Un águila se llevó volando a un bebé y la madre se quedó contemplando la belleza de la escena



Lo primero en caer fue el sistema. El capitalismo se desmoronó como un castillo de naipes cuando, de un día para otro, la gente dejó de consumir. Todo el mundo era feliz con lo que tenía y nadie deseaba más.

Nadie aspiraba a ser otra persona o una versión mejorada de ellos mismos. Parecía cuestión de magia; todo el mundo se aceptaba tal y como había venido al mundo.

Aquello hizo que el dinero perdiera rápidamente su valor. La gente ya no tenía necesidad de levantarse por las mañanas para ir a ganarlo y la economía se hundió en cuestión de días.

Los caseros ahora aceptaban abrazos y besos como forma de pago y los supermercados abrieron sus puertas y nunca más se volvieron a cerrar:

“Pasad y coged lo que necesitéis”, anunciaban carteles acompañados de caritas sonrientes colgando de los escaparates. Los saqueos se produjeron tan progresiva y ordenadamente que ni siquiera sé si podrían considerarse como tal.


Los caseros aceptaban besos y abrazos como forma de pago



Cuando los víveres se acabaron y el hambre empezó a arreciar, la gente acudió, como si nada, a las fábricas y almacenes. Porque nadie cultivaba, nadie distribuía. La gente se moría de hambre pero nadie sufría.

El hombre había pasado de coronar la cadena alimenticia a ocupar el eslabón más bajo. De habitar el reino de asfalto que él mismo había construido, a volver a la naturaleza.


La gente se moría de hambre pero nadie sufría



Sin embargo, no lo había hecho como un animal dominado por los instintos sino como un vegetal completamente anulado por la alegría.

Era maravilloso. Las clases habían desaparecido de la faz de la Tierra, el hombre ya no era más que un simple mortal. Había dejado de ser un amenaza para el planeta pero se había convertido en un peligro para sí mismo.

Carente de instinto de superviviencia, el ser humano era ahora un amasijo de carne y huesos incapaz de cuidar de sí mismo y de los demás.  

La mortalidad se disparó pero a nadie le importó.


La igualdad reinaba en el planeta pero el hombre era un peligro para sí mismo



Por supuesto, nada de esto estaba previsto cuando las pastillas empezaron a comercializarse. El medicamento había nacido con el objetivo contrario. Pretendía aumentar la productividad y llevar a la humanidad al siguiente nivel.

Se suponía que iba a hacernos olvidar nuestros anhelos y debilidades y nos haría más resistentes a la rutina. Inmunes a la ansiedad y la desesperación. Happytex buscaba trabajadores menos cansados y más efectivos.

Buscaba superar los límites del cuerpo humano para alargar e intensificar la jornada laboral.


Las pastillas buscaban llevar a la humanidad al siguiente nivel



Desde luego, no era una pastilla blanca más en el mercado. Eran los 20 mg diarios que le regalaban a la humanidad el objetivo último de su existencia: la felicidad absoluta.

Sin embargo, los estudios y pruebas no habían podido prever cómo acabaría afectando su aplicación masiva a largo plazo.

Al principio, se había suministrado exclusivamente en el entorno laboral a trabajadores con ansiedad y depresión. Los efectos de un suministro controlado habían sido tan espectaculares que las mayores empresas del mundo empezaron a ofrecérselos a sus empleados como alternativa al café.

Happytex pasó, en poco tiempo, de potente antidepresivo a convertirse, oficialmente, en la alternativa inocua al café, a la venta en cualquier supermercado.


Happytex se convirtió en la alternativa inocua al café



¿Qué contraindicaciones podía tener un mundo feliz?

El último paso fue añadírselo a la comida. Yogures con Happytex, leche enriquecida con Happytex, galletas espolvoreadas con happytex en polvo en vez de azúcar glas... La marca que incluía el medicamento entre sus ingredientes triplicaba las ventas de la noche a la mañana.

Entonces nos sorprendió la debacle. En la sangre de la gente no quedaba espacio para ninguna otra emoción que no fuera el éxtasis más puro. La gente empezó a actuar por impulsos de felicidad. Dejaron de producirse crímenes y robos. Dejó de pasar absolutamente todo.


Era el final de una civilización que ya no podía seguir expandiéndose



Era el final de una civilización que ya no podía aspirar a nada más.

Ahora, recorrer las calles de lo que antes fue una ciudad abarrotada de gente al borde de un ataque de nervios, harta de atascos, de turistas que andaban despacio y se interponían en el camino, es andar por una ciudad fantasma atestada de cadáveres que nadie se molesta en enterrar.

Pero yo intento seguir adelante en mi camino, aferándome a mi rabia como a un clavo ardiendo que me permita no tirar la toalla en mi búsqueda de otros supervivientes que, como yo, no hayan metabolizado el activo de las pastillas y siga letiéndoles el corazón.




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