Ficciones

Me arrepiento de todos y cada uno de mis tatuajes

Vivimos en una sociedad enferma de tinta, y yo soy la primera en haber caído en la tentación

Todo empezó al cumplir los 16.

Le dije a mi madre que el único regalo que quería era un tatuaje pequeño detrás de la oreja, un tatuaje de una mariposa, para el que necesitaba su consentimiento.

Sorprendentemente, aceptó

O bueno, quizá no tan sorprendentemente.

Cuando yo cumplía 16 años, apenas hacía tres meses desde que mi padre había muerto de cáncer, y nos dejaba a mi madre y a mí solas y tristes.

Aquella mariposa era un símbolo de libertad y de cariño que mi madre consentía en mi piel.

Aquella marca de tinta fue el principio de un homenaje eterno, mediante el cual mi cuerpo comenzaría a transformarse hasta no ser jamás el mismo.

Con 18 años había ahorrado lo suficiente para llenar mis piernas de pájaros.

En el muslo derecho me hice un cuervo con una flor roja, y en el izquierdo dos golondrinas que ocupaban todo el espacio entre mi rodilla y mi ingle.

Las alas de mi pequeña y delicada mariposa ya no eran suficientes para mí, porque yo necesitaba mucho más impulso que ese para poder volar.

Con 20 años empecé a probar con los brazos, cada tatuaje nuevo era una victoria sobre el lienzo blanco de mi piel, pero también una derrota: siempre quedaban espacios vacíos que me parecían feísimos y que deseaba rellenar.

Por aquel entonces yo no lo sabía, pero poco a poco me fui dando cuenta de que mi sentido homenaje había quedado atrás.

Ya no me tatuaba por mi padre ni por su memoria.

Ya no me tatuaba como símbolo de mis ganas a superar los malos momentos de mi adolescencia.

Lo hacía por puro vicio, sin sentido, como quien dice que sólo fuma cuando sale con amigos, pero en realidad se pasa el día absorbiendo cigarrillos con ansias y en solitario.

Nunca me había arrepentido de un tatuaje, pero el terror comenzó cuando ya había cumplido los 26, y, para celebrar que llevaba 10 años dejando que pequeñas agujas penetraran mi piel, me fui a casa de un amigo tatuador y le dije: hazme lo que quieras.

Mi amigo se puso manos a la obra, y empezó a tatuar detrás de la oreja. El ruido de la máquina era más ensordecedor allí, lo que, por otro lado, hacía que el dolor no fuera lo más grave.

Tardó 25 minutos en terminar mi regalo.

Cuando me levanté y me miré en el espejo me quedé atónita: mi colega había tapado la diminuta mariposa de mi adolescencia con un ancla y una florecilla.

¡Pero qué cojones has hecho!, le dije.

—¿No te gusta? Pensaba que era lo que querías, un día me dijiste que necesitabas retocarte la mariposa…

—¡Precisamente te dije retocar, no destrozar! ¡No queda nada de ella!

—Bueno, no te pongas así, mira qué pasada de ancla, es preciosa.

—Me da igual que sea preciosa, joder, joder, joder…

Cuando conseguí calmarme, mi amigo me dijo que no hacía falta que le pagara, que podía irme y volver otro día para hablar con tranquilidad.

Llegué a casa y me miré en el espejo, y de pronto sentí asco de todo mi cuerpo.

De aquello en lo que me había convertido.

¿ Estaba tan ensimismada que no me había dado cuenta de lo que iba a pasar?

¿Cómo no había preguntado antes a mi colega qué es lo que iba a hacerme en la nuca?

¿Qué iba a hacer ahora sin mi mariposilla, sin el único recuerdo que me quedaba de aquel tiempo en el que mi madre y yo llorábamos abrazadas cada día pesando en papá?

Me metí en la ducha y froté con fuerza cada parte dibujada de mi piel.

Lloré, porque de pronto, cada una de esas marcas era un motivo más para echarle de menos.

Pensé en ahorrar para quitarme el ancla con láser, pero ni siquiera eso lograría devolverme lo que ya se había ido.

Desde entonces estoy bloqueada.

Me siento incómoda.

Como si nada tuviera ya sentido.

Me arrepiento tanto de todos mis tatuajes… menos del único que no está.

Porque hay decisiones en la vida que, como la muerte, son irreversibles

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