Ficciones

Mentiras que nos contamos antes de entrar a trabajar

Yo en un pequeño acceso de ansiedad 1 minuto antes de entrar a la oficina

Imagen de cabecera de Jacob Sutton

Vamos. Que se cierren las puertas ya, por favor. Lo único que pido es poder empezar el día subiendo solo en ese ascensor. No tener que forzar una sonrisa a las ocho de la mañana es uno de los pocos respiros que me da la rutina. Lo que viene luego ya lo tengo asumido.

La corrección política.

Los mensajes de motivación.

Las llamadas a la unidad.

Los discursos de motivación.

Las reuniones. Las malditas reuniones. Reuniones innecesarias. Reuniones eternas. Reuniones sobre reunirse. Reuniones sobre nada.

Lo odio. Pero forma parte del trato.

Me hago creer a mí mismo que parte de mis privilegios depende de callarme lo que de verdad pienso. Como si mis incentivos a final de año dependieran de mi capacidad de auto censura cada vez que esa secretaria de dirección que se cree mi jefa me diga que no puedo cambiar el fondo de escritorio de mi ordenador “por razones de seguridad”. Cállate, puta.

Sería imposible aceptar mi posición si no fuera porque he aprendido a bajar la cabeza. Si le dijera a la de ventas lo que opino de que cada día traiga pescado para comer, infestando la oficina de un hedor insoportable, hace tiempo que hubiese utilizado su buen rollo con el Director General para hundirme. Y si le dijera al Director General lo que de verdad pienso de sus zapatos de punta, hace tiempo que no podría pagar el alquiler.

Seguro que me odian. Bueno, los jefes de producto probablemente no porque me deben ver como uno de los suyos. Como alguien capaz de vender su alma para conseguir una promoción. Pero el resto de trabajadores, seguro que me odian. Yo me odiaría. Me odiaría por los continuos informes que exijo. Me odiaría porque les dirijo demasiado. Me odiaría porque los jefes nunca decimos la verdad a los empleados.

Durante mis primeros meses intenté convencerme de que esto me gustaba. De que lo hacía porque era mi pasión. Asumir que para llevar la vida que quería llevar debía hacer algo que no me gusta no fue un agradable. Pero eso no es lo peor. Lo peor fue darme cuenta de que, si no dejaba un trabajo que estaba aplastando mi humanidad, es porque me da un miedo atroz que detrás de mi estatus solo haya el vacío.

«Ha llegado al piso 7».

—Buenos días, chicos, ¿cómo estáis?

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