Ficciones

Si Oscar Wilde hubiese escrito 50 sombras de Dorian Grey

Pierde la juventud

El intenso perfume de marca embalsamaba el estudio. Un perfume varonil pero sofisticado. No como esas fuertes colonias de oferta o los regalos de navidad de parientes lejanos que estaba acostumbrada a oler entre mis compañeros de facultad.

A pesar de estar sentada frente al mismísimo Dorian Gray, aún no lograba entender cómo ni por qué un top model cuya extrema belleza había sido inmortalizada en las portadas de las publicaciones más importantes del mundo había accedido a que yo lo entrevistase para una humilde publicación universitaria.

Le gustaba sentirse admirado, incluso temido

Estaba tan nerviosa que me trababa constantemente al hablar. Notaba cómo él se estaba dando cuenta de que hasta me temblaba la mano al coger el vaso de agua. Sin embargo, aquello parecía gustarle... Le gustaba sentirse admirado, incluso temido.

Cuanto más insegura y virginal me mostraba yo, él más se venía arriba. Con la grabadora encendida, me llegó a confesar que nunca envejecía. Que no tenía ni una sola cicatriz en todo el cuerpo. Que su carne era incorruptible. Y me ofreció un cuchillo invitándome a que lo comprobase.

Cuanto más insegura y virginal me mostraba yo, él más se venía arriba

Yo pensé que se estaba riendo de mí y, avergonzada, quise terminar la entrevista y salir corriendo pero Dorian no me dejó...

Para cuando quise darme cuenta, mi espalda se encontraba contra la pared y su lengua dentro de mi boca tal y como había imaginado en mis sueños nocturnos. Solo que aquello era real.

Nunca antes me habían besado así y, claro, no puede negarme cuando me invitó a ir a su loft. ¿Qué mujer en su sano juicio lo habría hecho?

Me llegó a confesar que nunca envejecía. Que no tenía ni una sola cicatriz en todo el cuerpo

Aunque, antes de dejarme entrar, me advirtió de algo: sus gustos eran muy peculiares y era probable que no lo entendiera.

Aquello me dio miedo. Esperaba algo muy sórdido y creo que fue por eso por lo que descubrir que tenía toda la casa forrada de espejos, incluyendo el techo, me pareció raro e inquietante pero no me asustó.

Sin embargo, no puedo decir lo mismo del único cuadro que tenía en casa y que guardaba colgado en una habitación llena de trastos; un retrato del que parecía ser un antepasado suyo viejo y deforme. La auténtica encarnación del horror.

Antes de dejarme entrar, me advirtió de algo: sus gustos eran muy peculiares

Definitivamente, no me molestaba su fetiche por los espejos pero sí que me preocupaba bastante su pésimo gusto en arte.

Aquella tarde me hizo el amor en la alfombra del salón. Él me dominaba y yo me sometía. Aunque lo más raro era que todo el tiempo se miraba en el espejo. No me miraba a mí, ni siquiera nos miraba a nosotros copulando sino que estaba admirando sus propios músculos. Su imagen le excitaba.

Iniciamos así una relación tóxica llena de excesos.

Su casa estaba llena de espejos menos una habitación en la que tenía un horrible retrato de un antepasado deforme

Yo estaba harta de ser una mosquita muerta que ocupaba su tiempo libre en trabajar en una ferretería para pagarse los estudios y estaba dispuesta a dejarme llevar y bajar a los infiernos.

Quería que Dorian Gray me pervirtiera y tener cosas interesantes que contar en mi blog.

Junto a él probé mi primera raya. Viajamos a sitios paradisíacos en primera clase. Lo acompañaba por todo el mundo a sus desfiles y sesiones de fotos y después tomábamos M en hoteles de lujo. Participábamos en orgías y tríos. Rompíamos corazones. Derrochábamos el dinero. Comíamos en exceso. Nos compramos un Jaguar.

Yo estaba dispuesta a dejarme llevar y bajar a los infiernos. Quería que Dorian Gray me pervirtiera

Yo lo retrataba todo en mi cuenta de Instagram para dejar constancia y dar envidia. Éramos jóvenes y guapos y disfrutar de los placeres de la vida era lo único a lo que aspirábamos. Todos querían ser nosotros.

Nos creíamos dioses. Nos pensamos invencibles. Viviamos como si pudiéramos hacer que el presente durase para siempre hasta que, un día, con la borrachera, se me resbaló de entre las manos una botella de vino que se rompió en afiladas cuchillas sobre el pie desnudo de Dorian.

No me molestaba su fetiche por los espejos pero sí su pésimo gusto en arte

Sin embargo, nada más ocurrió. El único rojo sangriento que arruinó su alfombra fue el del vino de Burdeos que nos estábamos bebiendo.

Recordé entonces aquello que me había dicho el día de la entrevista, y que yo me había tomado a mofa, sobre la incorruptibilidad de su cuerpo. Recordé también el horrible cuadro que escondía en la única habitación sin espejos de la casa. ¿Quién era aquél hombre? Y, ¿quién era Dorian Gray?

Se me cayó una botella de vino sobre su pie desnudo y no se hizo ni un rasguño

Aprovechando que Dorian estaba en la ducha, me armé de valor y fui a investigar. El espanto más atroz me sobrecogió al encender la luz. El cuadro no solo había cambiado y se había vuelto más espeluznante todavía, sino que estaba cambiando en aquel mismo instante delante de mis narices.

Salí corriendo de allí y corrí hasta sentirme lo suficientemente lejos de aquella atrocidad. Encendí un cigarrillo y comprobé mi móvil. Tenía algunas llamadas perdidas de Dorian y algunos mensajes de Whatsapp pero lo ignoré.

El cuadro se estaba volviendo cada vez más espeluznante ante mis propios ojos

Abrí Instagram y empecé a revisar nuestras fotos. Mi sorpresa fue máxima... ¿De quién eran aquellas fotos? ¿Dónde estaba todo el glamour y el lujo? ¿Por qué en nuestras fotos solo se veía basura y mugre? Y lo peor...

¿Dónde narices estábamos nosotros? ¿Quienes eran aquellos pobres diablos arrugados y espantosos?

Fuimos dioses. Fuimos invencibles. Vivimos como si pudiesemos hacer que el presente durara para siempre

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