Ficciones

Aún no lo sabes, pero siempre has querido ser una rata

Un relato basado en las fotografías de Roger Ballen

No deberías estar hablando con una rata. ¿No te dijo nada de eso tu madre?

Vete. Muerdo cuando menos lo esperas y estoy podrido, infectado.

¡Vete! Desde que nací estoy loco, soy un peligro. Al menos eso me han dicho siempre. 

Como quieras. Si vas a quedarte, tápate los oídos porque mi aliento se contagia.

Soy de Sudáfrica. Aquí hay personas y ratas, y las ratas son de dos colores: blancas y negras. 

Las ratas somos enfermos, drogadictos, borrachos, subnormales. Se supone que sólo deberíamos balbucear.

Una vez mi abuelo me dijo que prefería que masticara cucarachas a oír mis ideas.

Lo hice, y llegué a la conclusión de que mis ideas también crujen.

Las ratas deambulamos solas, pero en cada uno de nuestros poros se esconde toda la ciudad.

En Sudáfrica murieron muchos negros a manos de los blancos.

Las ratas no obedecemos, no pueden esclavizarnos.

Pero nos exterminan de una forma diferente: utilizan el hambre. 

La mayoría de las veces tan solo gira la cara. 

¿Y a qué nos dedicamos las ratas?

Nos pasamos el día asustando a la gente asustada.

No entendemos lo que es el miedo, creo que por eso somos imbéciles.

¿Cómo somos?

Las paredes de nuestras casas son libretas que se pueden quemar.

El viento corre entre nuestros dientes.

Nuestras mascotas nos eligen a nosotros.

Nos ponemos a cuatro patas y tratamos de ser simpáticos. Hay que esforzarse. 

¡No es fácil tener amigos cuando eres una rata!

Cada día es una función. Si lo hacemos bien, el público e-qui-li-bra-do nos aplaudirá.

Incluso puede que nos mire sin dar un paso atrás. 

Amamos los alambres y las palomas.

Recuerda esto:

La mejor cama es nuestro cuerpo.

Si encuentras un diente, encuentras un diamante.

La violencia es cosa dulce porque sale del corazón.

Las ratas siempre expresamos nuestros sentimientos, por eso nos encargamos de matar seres tristes que no hablan con palabras.

Cada día aprendemos algo que mañana habremos olvidado.

Pero siempre sabemos algo: los cuerdos nos envidian.

No pueden cantar por la calle.

No pueden comer con las manos ni quedarse todo el día mirando el cielo a través de una charca.

No pueden caminar como elefantes.

No pueden morder las piedras, ni huir.

Tápate los oídos y escucha: la locura es higiene, un derecho fundamental por el que muy pocos estamos luchando.

Dime con la mente si no querrías ser como yo por un rato.

Lo sabía.

Ahora lávate bien si no quieres parecer una rata.

Tápate los oídos y escucha: la locura es un derecho fundamental

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