Ficciones

"Acabo de cumplir los 25, y esta es la primera vez que lloro en toda mi vida"

Imagina que tu cuerpo reacciona ante el dolor mediante sonoras carcajadas

No había cumplido los 5 años y mis padres ya me habían llevado a tres psicólogos distintos.

Todo empezó cuando de muy pequeña, al caerme, al sentir hambre, al pelearme con mi hermano o al tener miedo, en vez de llorar como todos los niños del mundo, de mis ojos salían lágrimas de felicidad.

Yo no lo podía controlar, pero lo cierto es que la tristeza me venía así, llena de risa, como si mi cuerpo creara una reacción ante dolor y para evitarme el llanto, me empujara a la carcajada.

Durante un tiempo, lo asumí como una virtud, pero poco a poco me di cuenta de que era un verdadero fastidio: la primera vez que suspendí un examen, me salió una risilla, y la profesora, al senirse insultada, me expulsó una semana de su clase.

También tuve que dejar de ir al cine, y raras veces podía ver películas acompañada, porque cada vez que en la pantalla pasaba algo tristísimo, a mí me daba un ataque.

Al ser un fenómeno tan extraño y tan difícil de explicar, la mayoría de las veces quedaba como una estúpida y una insensible, como aquella vez que la abuela de mi novio me contó que en la Guerra Civil mataron a su hermano, y yo puse una mueca divertida. 

Como aquella vez en la que hubo unos atentados terroristas en la capital, y yo no pude evitar una cara de alegría.

O lo que es peor, como aquel día en que mi madre, mi hermano y yo fuimos al hospital porque mi padre había tenido un accidente tráfico, y yo exploté en carcajadas cuando finalmente nos dijeron que había muerto.

En el velatorio, en el funeral, o incluso en casa, viendo sus fotografías, no podía parar de reírme.

Os juro que pasé más de una semana con dolor abdominal, porque no podía parar de soltar aquellos sonidos horribles por mi boca, aquellas risotadas crueles, aquellas cosquillas que me punzaban en el estómago, y que me obligaban a seguir riendo.

Sin embargo, un par de meses después de la muerte de mi padre, pasó algo extrañísimo.

Era el día de mi 25 cumpleaños y yo llevaba todo el día estudiando en la biblioteca porque el trimestre llegaba a su fin, y con él una serie de exámenes del Máster que me ponían muy nerviosa.

Cuando cogí el coche para volver a casa, miré mi móvil y me extrañó que algunos de mis amigos más cercanos no me hubieran mandado ni un triste Whatsapp de felicitación.

Estaba tan cansada, que no le di importancia, pero cuando llegué a casa y abrí la puerta del salón, me encontré con un estruendo de voces de familiares y amigos gritando ¡SORPRESA! ¡FELICIDADES AMANDA! que hizo que me diera un vuelco al corazón.

Fue en ese momento, en el que supuestamente todos irradiaban felicidad, cuando dos lágrimas amargas emergieron de mis ojos.

Me puse a llorar desconsolada, y ninguno de los que estaban allí pudo creérselo.

Lloré, sintiendo una profunda paz.

Lloré, dejando salir por mis ojos todo lo que me había guardado los últimos 25 años.

Lloré, y no sé si fue por el susto, porque no esperaba para nada esa muestra de amor de mis cercanos, o quizá porque, en verdad, aquel era el primer cumpleaños que pasaba sin mi padre, lo cual me producía un dolor incurable.

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