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Antes de morir, se puso una y otra vez el vídeo del gatito vestido de enfermero

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"Carlos, ¿esto me lo envías tú, verdad?" #trilogíadelarisa

Luna Miguel

28 Septiembre 2015 15:57

Carlos tenía 11 años recién cumplidos, y ni su madre ni sus abuelos le dejaban entrar en la habitación de hospital donde su padre pasaría las últimas horas de su vida entre tubos, vías y medicinas.

Todos creían que era demasiado pequeño, y que ver a su padre así, en un estado tan grave, le haría mucho daño y le provocaría miedo y pesadillas.

Era cierto, Carlos siempre tenía pesadillas, pero una cosa eran los monstruos de las películas o las noches muy oscuras, y otra poder ver a su padre, darle un abrazo, despedirse de él.

Normalmente, cuando toda la familia subía al hospital, él se quedaba en casa de unos primos, o lo llevaban de compras, o a algún parque en el que hasta él mismo, a pesar de su aspecto infantil, se veía demasiado mayor para jugar.

Un día, sin embargo, ninguno de sus familiares podía hacerse cargo de él, así que se lo llevaron con ellos al hospital, haciendo turnos para cuidarlo mientras jugaba a los Angry Birds con algún móvil desde la cafetería.

—Venga, dejadme subir, por favor —decía el niño.

—No, Carlitos —respondía su abuela—, tu padre está muy cansado y no queremos que lo recuerdes así, tan pálido y triste.

Carlos refunfuñó y siguió jugando a algunos de los juegos que había conseguido descargarse en el móvil de su abuela, cuando de pronto un Whatsapp apareció en la pantalla:

“Mamá, ¿cómo está Carlitos? ¿No me lo vais a subir ni un día?”.

El niño se quedó sorprendido al ver que el mensaje venía del móvil de su padre. Él pensaba que su estado era mucho peor, y que ni siquiera podía hablar.

—Abuela, voy a hacer pipí, ahora vengo —mintió Carlos.

Y entonces salió despacio de la cafetería, se coló en uno de los ascensores y pulsó la planta 6, que es donde había escuchado que se encontraba su padre.

Una vez en el pasillo, Carlos siguió un hilo de voz que sonaba exactamente como el de su madre, y cuando llegó a la puerta se encontró con su abuelo y con su madre de espaldas, mirando a su padre, tumbado y totalmente rendido sobre el colchón.

Le impresionó la imagen, pero fue lo suficientemente fuerte como para no llorar.

Regresó corriendo a la cafetería, antes de que nadie se diera cuenta, y cuando se sentó en la mesa donde estaba su abuela, cogió el móvil y respondió a su padre con un vídeo de YouTube en el que un aparecía un gato vestido de enfermero.

Jajajaja, ¿Carlos, esto me lo envías tú, verdad?”

“Sí”

“¿Cómo estás?”

“No me dejan verte”

“¿Pero estás bien?”

“Sí, te voy a echar de menos. Mamá no quiere que nos despidamos”

Eso no es cierto, sólo está más asustada que yo. Y no te preocupes, canijo, aunque no estés aquí, hoy me has hecho reír. Te juro que es lo que necesitaba. Pase lo que pase a partir de ahora, siento paz”

Carlos se aguantó las lágrimas, se volvió a poner el vídeo de gato enfermero, soltó una pequeña risa y pensó que, de algún modo, el divertido animalillo disfrazado había venido para curarles a los dos.


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