Ficciones

Tuve una relación a distancia con alguien que vivía a tres calles

"No sabía si me había enamorado de una persona o de un perfil de Instagram"

*Un relato inspirado en las fotogafías de Davis Ayer.

Empecé poniéndole like a todas sus fotos de Instagram. No porque me gustasen, sino para llamar su atención. Ella me correspondió dejando un corazón emoji en una de las mías.

“Sabía que te gustaría esa”, le puse en el mensaje directo que le escribí aprovechando que el hielo virtual ya se había roto.

“Es preciosa”, contestó.

Yo me me tomé su respuesta como una invitación para entrar en su mundo. Inmediatamente la agregué a Facebook.

Hablábamos a diario. Nos entendíamos. A menudo me dolían los dedos de la tensión de querérselo decir todo a la vez. El autocorrector de whatsapp echaba humo. Y cuando se colaba la palabra equivocada competíamos por quién ponía el “hahaha” más largo. Pero pronto me di cuenta de que la risa solo era su escudo favorito. Cada vez que intentaba llegar a su interior acaba perdido. Era como un paisaje precioso sin un mapa para alcanzarlo.

La primera vez que nos vimos en persona estaba acomplejado. Sabía que sin la coartada mi “última hora de conexión” mi audacia se resentiría. Sabía que no habría emoticonos para disimular mi miedo a decir una palabra inadecuada. Pero, como con un rascacielos a medio terminar, mirarla desde tan abajo hizo que su fragilidad todavía fuese más evidente.

 

La tarde que nos conocimos nos acabamos enrollando en mi portal. Creo que lo hicimos para que nuestras lenguas dejaran de atrancarse en una conversación que no iba a ninguna parte. Ella había estado distante, y todos mis intentos para acercame habían acabado en un callejón sin salida. Quizá el problema es que la luz que me había llegado desde el otro lado de la pantalla era tan fuerte que, ahora que la tenía delante, solo veía una sombra.

  

Al contrario de lo que hubiese pronosticado cualquiera que hubiese asistido a nuestra primera cita, seguimos hablando a diario. Nuestra complicidad seguía creciendo, como si la pantalla fuese el combustible que necesitaba nuestra chispa. Pero cada vez que quedábamos en persona, ella me miraba como si fuera un extraño. Y, por mucho que lo intentara, yo no lograba demostrarle lo contrario. Era frustrante. Como con la fotografía digital, era como si nuestra relación no necesitara la química para emulsionar.

 

El sexo, sin embargo, era fantástico. Si nos quitábamos la ropa conectábamos de forma instintiva. A menudo pensaba que lo ideal hubiese sido pasar de Internet a la cama sin pisar el mundo real. Pero la vez que se lo dije, en tono de broma, se lo tomó mal, salió de la cama y se largó de casa dando un portazo. Su reacción me dejó descolocado. Aunque, por entonces, ya me había acostumbrado a sus cambios de humor repentinos.

 

Llegó un punto en el que, cuando nos veíamos, pasábamos más tiempo desnudos que vestidos. Y, sin embargo, tenía la sensación de que entre nosotros no existía ninguna intimidad. A medida que nuestra relación había prosperado, habíamos dejado de hablar tanto por Internet, lo que, en realidad, era prácticamente como haber dejado de hablar por completo. La conocía más por los likes que ponía en Instagram que por lo que me contaba. Y yo no sabía si me estaba enamorando de una persona o de un perfil.

  

Nunca habíamos hablado del tipo de relación que teníamos. Pero yo daba por supuesto que nuestro trato, fuese cual fuese, no incluía poder follarse a uno de mis amigos prácticamente delante de mis ojos. Y eso fue exactamente lo que hizo. Me lo confesó ella misma volviendo a casa de la fiesta donde había ocurrido. La frialdad con lo que lo contó fue lo que más descolocado me dejó. Yo no podía disimular el dolor y ella se hizo la sorprendida. Su respuesta para detener la hemorragia fue que tuviéramos sexo. Esa noche fue cuando me di cuenta de que algo no iba bien en su cabeza.

  

Llevábamos cinco meses viéndonos y tenía la sensación de que seguía persiguiendo algo que no existía. La idea que me había hecho de ella a través de Internet era solo eso, una idea. Y cuando estábamos el uno delante del otro todo se cubría de una pátina de fugacidad. Era lo más parecido a la frustración que se siente al mantener una relación a distancia. Solo que en nuestro caso vivíamos a tres calles de distancia.

  

Sabía que ella intentaba mantener su equilibrio mental con todas sus fuerzas. Pero, al darse cuenta de que no podía, se ponía peor. Las miradas al vacío y los saltos de humor iban a peor. Había algo que la perseguía y ambos sabíamos que hasta que no se deshiciera de ello sería imposible que hubiera espacio para otra persona en su vida.

Durante un tiempo creí podía curarla con entusiasmo. Obviaba todo lo me dolía y la cubría de ánimo. Pero era como si mi apoyo nunca le alcanzara. Como si un halo de oscuridad repeliese mis palabras amables, haciendo que siempre acabasen desparramadas a su alrededor.

  

Entonces empezó a afectarme a mí. Su melancolía se instaló en el centro de mi vida. No podía pensar en otra cosa. Lo peor era la sensación de soledad. De no poder compartir mis propias emociones porque lo que me encontraba al otro lado era un electrocardiograma plano. Seguía intentando ayudarla con mi complacencia, pero la distancia era cada vez mayor, haciendo que acertar todavía fuese más difícil.

Llegó el día en que me cansé de intentar ser un amante medicinal. Acepté que no podría cambiar el modo en que se sentía y, por primera vez en meses, decidí ser egoísta. Si mi energía iba a perderse en un desierto prefería llevármela conmigo. La idea de dejar de verla me rompía el corazón, pero su tristeza se estaba volviendo contagiosa. La tarde que le propuse acabar nuestra relación ella ni se inmutó. Fue la señal definitiva de que su depresión no dejaría que entrase nadie en su vida.

 

Ha pasado un año desde que la vi por última vez y su recuerdo se ha vuelto una ensoñación. Una luz muy blanca con formas inciertas en su interior. Probablemente sigo enamorado de ella, pero me he convencido que la única forma segura de entregarle mi corazón es seguirle poniendo like a todas sus fotos de Instagram.

Cuando la separación no es cuestión de kilómetros

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