Ficciones

Todo lo que esa nieve enterró

Nunca pensé que una tragedia podía salvarme

*Fotografía de Roberto Schmidt

1.

Cuando abrí los ojos no podía moverme. Todo era blanco y frío. Unos minutos antes, la tierra había temblado. Pensé que estaba mareado. Solía pasarme en las alturas. Quise gritar y no salió nada. Intenté moverme y sentí que mi estómago se aplastaba. Había venido a Nepal para huir. Huir de un piso que me asfixiaba, de unos amigos que me aburrían, de una familia que me irritaba.

Pero, sobre todo, de ella.

2.

Un antiguo compañero de clase me escribió tres noches antes de subirme al avión. Se iba al Everest con un grupo de ricachones y el cámara que solía llevarse para documentar las expediciones se había roto el tobillo. Yo hacía tres meses que no trabajaba, así que ni me lo pensé.

Me fui sin avisar a nadie.

Era algo que hacía a menudo, lo de largarme sin decir nada. Podía estar en una fiesta riéndome, hablando por los codos, pasándomelo bien, y de pronto recibir su llamada. Entonces bajaba la cabeza y buscaba la puerta. Mis amigos ya se habían acostumbrado.

—Pronto tendrás que acostumbrarte a que nadie te eche de menos —me había dicho Patricia, que era una de las únicas amigas que me quedaban.

3.

Probé a levantar un brazo. Me habían dicho que eso era lo que había que hacer si uno quedaba sepultado. Así los equipos de rescate podían verte.

Luchando contra el peso de la nieve me di cuenta de que no tenía ni idea de la posición en que había quedado. ¿Estaría excavando hacia abajo? Estaba totalmente desorientado.

Era una sensación parecida a la que tenía cuando me despertaba después de una noche con ella, con la ropa y los zapatos puestos, las llaves en una mano y el móvil en la otra, con los recuerdos desordenados, los ojos ensangrentados y el estómago agujereado, con ganas de matarla porque me había vuelto a dejar tirado.

Pero para cuando la volvía a ver, ya se me había olvidado. Y ni los consejos de Alberto, que era uno de los pocos amigos de verdad que me quedaban, ni mi propia conciencia, que era la primera que sabía cómo iba a terminar todo eso, podían evitar que volviese a pegarme a ella. Era intensa y caprichosa, impredecible y magnética, sensual y misteriosa. Un volcán inestable. Una fuerza irresistible.

4.

Escupí en el agujero que había cavado alrededor de mi boca. Era un truco que me había chivado el sherpa. La saliva iría hacia abajo, y entonces sabría cuál era la dirección hacia la superficie. Nunca hubiese pensado que un lapo en la cara pudiera hacerme tan feliz.

5.

Ese arrebato de euforia me dejó petrificado. Me di cuenta de que hacía muchísimo tiempo que no me sentía así. O mejor dicho, que no sentía nada.

A lo largo de últimos meses había experimentado un auténtico desprendimiento en mi alma. Mis emociones se habían entumecido. Lo único que me excitaba era saber que la iba a ver. Pero luego solo sentía culpa y tristeza.

Por ella me había dejado de hablar con algunos de mis mejores amigos, me había juntado con gente que aborrecía, me había peleado con tipos que podrían haberme matado y había conducido borracho. Por ella me había creído mejor que los demás. Por ella le había dado la espalda a aquellos que realmente se preocupaban por mí. Por ella había sido egoísta y había dicho tonterías que nadie quería escuchar. Por ella había mentido. Por ella me había creído mi personaje. Por ella había dejado de cogerle el teléfono a mi madre los domingos.

Por ella, en definitiva, me había convertido en una persona horrible.

Pero esto no era lo peor. Lo peor es que había sido consciente de ello en todo momento. Y ni siquiera me había importado. Hasta ahora.

6.

Empecé a empujar hacia arriba con todas mis fuerzas. Cada vez me costaba más respirar. El corazón se me había acelerado, la nariz me moqueaba. Pero estaba eufórico, creía en mí mismo. Tenía la absoluta determinación de que iba a salir de ahí. Sabía que esa no era mi hora.

Estaba convencido de ello porque ya sabía lo que se sentía al mirar a la muerte a los ojos.

7.

Unas semanas antes de viajar a Nepal, estuve cerca del fin.

Habíamos pasado 48 horas sin despegarnos, nos lo habíamos pasado como nunca. Luego desapareció sin despedirse. Una vez más. Y yo no podía dormir. Y como siempre, había recurrido a los tranquilizantes. Pero ese día me tomé el doble de lo habitual.

Me desperté de un sobresalto en medio de la noche y caminé torpemente a la cocina. Cuando abrí la nevera para coger la botella de agua, me desplomé. Quedé paralizado. No podía moverme, sentí que mi corazón se detenía, todas las sensaciones se evaporaron, dejé de oír. Mi visión empezó a volverse blanca. Los objetos se desvanecían. De pronto tuve mucho frío. Y fui consciente de que me moría.

Pero entonces me puse a pensar en toda la gente que había muerto en circunstancias parecidas y en que no quería ser uno de ellos. “Te van a encontrar tirado en el suelo de esta cocina de mierda, con los calzoncillos agujereados y los platos sin lavar”. A partir de ese instante solo me concentré en ser consciente de mi respiración hasta que pasara el momento.

8.

Me entró una risa nerviosa, mi destino no podía ser tan irónico. La muerte no podía ser tan poética. No podía ser que finalmente muriese sepultado en una montaña de polvo blanco. Ya había estado demasiado cerca de ello una vez. La risa se volvió llanto. Seguí pegando puñetazos a la nieve. Intenté mover las piernas pero seguía atrapado. Estaba exhausto. Quizá era mejor quedarse quieto. Concentrarme en mi respiración hasta que llegara el momento.

9.

Me dejé ir, noté cómo elevaba. Entonces fui consciente de la magnitud de la tragedia. Vi campamentos sepultados, vi pueblos arrasados, vi los miles de muertos que se había comido la nieve…

La gran mayoría eran refugiados tibetanos que vivían en aldeas remotas en las montañas. Me acordé de cosas que había leído sobre ellos. De que no tenían derechos ni documentos. Ni Estado ni identidad. A ellos nadie les echaría de menos porque nunca habían existido. Me desprecié a mi mismo por haber querido ser invisible

Miles de personas morirían, pero solo serían una cifra. A mí, en cambio, puede que me dedicaran alguna página en algún periódico. Mi familia organizaría un funeral y todos esos amigos a los que había fallado vendrían a llorarme. No merecía tanta suerte.

Era tan consentido que la tierra me había mandado uno de los terremotos más fuertes de la historia para que despertara. Sentí un escalofrío de asco por los daños colaterales que había provocado. Pedí perdón y di las gracias. Lo mínimo que podía hacer era aceptar el regalo.

10.

Entonces fue cuando oí los gritos.

Y de repente sentí una paz desconocida. Supe que había alcanzado mi objetivo. Había venido hasta aquí para escapar de ella y finalmente lo había logrado. Nunca en mi vida había estado tan convencido de algo. Si conseguía salir de esa montaña con vida, nunca más volvería a probar la cocaína.

Ahora entendía el verdadero significado de estar atrapado.

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