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Mi novia se ha quedado a vivir en las canciones de Lana Del Rey

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...y no quiere volver

Franc Sayol

29 Septiembre 2015 15:54

1.



Aquel viernes, al volver del trabajo, Jaime se encontró a su novia sentada frente a la enorme pantalla de su iMac.

—No me han renovado —dijo ella con voz pálida.

—¿Qué dices? ¿En serio? No me lo puedo creer, pero si te dijeron que... —Jaime se indignó—. Joder, ya les vale.

—La verdad es que no tengo mucha idea de qué voy a hacer con mi vida —contestó ella sin dejar de mirar a la pantalla. Mientras, Jaime se preparaba para amortiguar el fin del mundo. Pero sus brazos se quedaron abiertos ofreciendo un abrazo que, esta vez, nadie reclamó—. Pero oye, el nuevo disco de Lana Del Rey ya está en Spotify, ¿te apetece escucharlo?

—Vale —dijo él—. ¿Abrimos una botella de vino?

Para cuando llegaron a la cuarta canción, a Jaime ya se le habían acabado los argumentos para intentar consolar a su novia. Quería animarla, pero hasta él le aburrían las cantinelas de siempre.

“...de todos modos te estaban explotando...”

“...te mereces mucho más que un contrato de prácticas...”

“...esto es una señal de que pronto encontrarás lo que buscas...”

—Oye, déjalo. Lo tengo asumido. Ya pasó —le dijo ella.

—Algo saldrá... —dijo Jaime, un poco por obligación.

Entonces ella bebió un trago de vino, subió el volumen de la música y le informó que esa era su canción favorita.

2.



El lunes siguiente, cuando Jaime se levantó para ir a trabajar, su novia ya estaba despierta.

Supuso que querría ir pronto a la oficina del paro. Si algo le caracterizaba era su persistencia. Desde que salió de la universidad, no había dejado de buscarse la vida.

Pero cuando llegó al salón, Jaime se la encontró del mismo modo que la había dejado la noche anterior: delante del ordenador, con los auriculares puestos.

Estaba viendo un videoclip de Lana Del Rey.

—Te ha dado fuerte con Lana, ¿eh? —dijo Jaime.

Ella esbozó una media sonrisa, pero no le contestó.

—¿Vas a ir hoy a hacer lo del paro? —preguntó Jaime.

—¿Para qué? Nunca hay nada para mí. Cuando les digo que soy historiadora del arte me miran como si pidiera limosna.

Ella volvió a ponerse los auriculares, se giró hacia la pantalla y apretó play.

Y eso fue todo lo que hizo durante las siguientes semanas. Se despertaba pronto, se preparaba algo para desayunar y se sentaba delante del ordenador a escuchar canciones de Lana Del Rey.

De vez en cuando, si tenía hambre, bajaba a comprar algo para comer. Y siempre que la llamaba alguien —casi siempre era su madre— mantenía su costumbre de salir al balcón. Sin embargo, el resto del tiempo se quedaba frente la pantalla. Era como si viviese allí.


3.



Cuando no estaba trabajando, Jaime intentaba encontrarle una explicación al comportamiento de su novia.

—Cómo te ha ido el día —le preguntaba siempre él, como si eso fuese a devolver la normalidad a su relación.

—Bien —respondía siempre ella, encogiéndose de hombros.

—¿Qué has hecho? —le decía entonces Jaime, como fingiendo que no sabía que se había pasado todo el día ahí sentada.

—Nada, aquí escuchando música —contestaba ella.

Siempre que la miraba desde el sofá la veía absorta delante de la pantalla, balanceando levemente la cabeza y susurrando lo que, suponía, eran las letras de las canciones. Era como si le hubiesen dado un relajante muscular a su alma.

De vez en cuando, ella escribía algo con el teclado, pero enseguida volvía a la mirada perdida y el movimiento de cabeza.

Jaime tenía la sensación de estar viendo un GIF, pero no quería presionarla demasiado. Los últimos meses habían sido duros. Ella lo había pasado muy mal en el trabajo. La incertidumbre la había consumido. Ahora, al menos, parecía tranquila.

Lo cierto es que de esta forma él podía monopolizar la tele y jugar al FIFA todo lo que quisiera.

Sí que le molestaba, en cambio, que su novia hubiese dejado de ocuparse de las tareas del hogar. Desde que se había postrado en el ordenador él era quién cocinaba y ponía las lavadoras.

A Jaime le empezaba a crispar levemente que su novia estuviera escuchando canciones de Lana del Rey en lugar de buscarse la vida. Luego se descubría a sí mismo reprimiendo estas ideas y se sentía un poco culpable. Hacía esfuerzos importantes para no herir sus sentimientos.

4.



Pero el comportamiento de su novia era cada vez más extraño.

A pesar de que seguía sin salir de casa, se pasaba horas en el baño peinándose y maquillándose. Incluso había empezado a pintarse las uñas, algo que no había hecho nunca.

También había empezado a fumar.

Todo lo que hacía desde que se levantaba era deambular por casa con los ojos entrecerrados, encadenando cigarrillos, poniéndose perfume y escuchando a Lana Del Rey.

Luego, por la tarde, se servía una copa de bourbon y se sentaba delante del ordenador a hacer lo que fuera que hiciese.

Jaime intentaba darle conversación. Pero todo lo que obtenía a cambio eran ojos lánguidos y vaguedades.

La última vez que le había preguntado qué hacía durante tantas horas delante del ordenador ella le había respondido en inglés:

Just ride, I just ride, I just ride.

Preocupado por si su novia había perdido la cabeza, Jaime decidió contárselo a un amigo.

Para su sorpresa, a su amigo no le pareció nada raro. De hecho le contó que uno de sus primos pasó tres años hablando únicamente con rimas de Eminem. Según él, no había nada de que preocuparse; el chaval se había recuperado y ahora estaba en la universidad.

A Jaime esta respuesta le pareció divertida. Era evidente que su colega le estaba tomando el pelo. Entendió aquella broma como que en verdad lo de su novia no debía ser tan preocupante.

5.


Por mucho que no entendiera lo que le estaba pasando, Jaime seguía queriendo a su novia. No quería perderla.

Pero ella se mostraba cada vez más distante. Era como si en su nuevo mundo solo hubiera espacio para uno.

—¿No crees que ha llegado el momento de buscar trabajo? —le dijo él una tarde de domingo.

—Ya lo tengo —le respondió ella entre dientes.

Jaime no lo entendía. Su novia se había pasado años luchando por su carrera profesional y ahora parecía resignarse a bailar en círculos el resto de su vida.

Lo que más le preocupaba es que ese círculo le excluyera a él.

Había movido hilos y le había conseguido una entrevista con un importante coleccionista de arte amigo de su padre.

Ella, sin embargo, se negó a ir.

—No puedo dejar colgados a mis fans —le dijo con expresión de disgusto.

Por primera vez desde que había empezado todo aquello, Jaime se enfadó.

 ¿De verdad que no te apetece hacer otra cosa que escuchar música de Lana Del Rey? —le dijo—.

—No, pero sí que me convierte en algo mejor de lo que era —respondió ella.

Jaime le pidió que dejara de ser tan críptica y ella le invitó a sentarse a su lado en el ordenador. Se lo explicó todo.

La cosa había empezado cuando se enteró de que Lana del Rey había estado respondiendo las llamadas al número de teléfono que salía en la portada de su nuevo disco.

Entonces ella pensó que sería buena idea abrir un consultorio online donde la gente pudiese escribir a Lana y ésta respondiera. Claro que, en lugar de Lana, era ella la que contestaba las dudas de sus fans.

Los miembros de la comunidad lo sabían, pero no les importaba. Ella se había empapado tanto de su universo que los fans tenían la sensación de que era la propia Lana quien les hablaba. Era una fantasía pactada.

La web había tenido tanto éxito que el equipo de Lana Del Rey se había puesto en contacto con ella y, fascinados por su capacidad de empatizar con los fans, le habían ofrecido sumarse al equipo de community managers de la cantante.

El salario que le ofrecían era el mejor que había tenido en toda su vida. De largo.

Jaime estaba tan asombrado que no pudo contestar. Solo acertó a arrastrar el ratón hasta el play para que siguiera sonando la música.


All I wanna do is get high by the beach



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