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El precio de la intimidad: 3 oscuros microrrelatos sobre economía colaborativa

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Cuando tu vida es la moneda de cambio

Franc Sayol

22 Enero 2016 12:15

1. COMO EN CASA DONDE VAYAS

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Una pareja llega a la puerta de la casita de montaña que han alquilado a través de Airbnb. La mujer se da cuenta de que la alfombrilla de la entrada es la misma que tienen en casa. “Qué casualidad”, dice el marido cuando ella lo comenta.

Cuando entran por la puerta se topan con otro elemento familiar: la lámpara del recibidor es idéntica a la que tienen en la entrada de su casa. “Parece que tenemos los mismos gustos”, dice ella riéndose.

Sin embargo, al ver la habitación se les quitan las ganas de bromear.

Es un calco de la suya. Las mismas sábanas moradas. Las mismas almohadas a cuadros. Las mismas lámparas filiformes. Las mismas mesitas de noche minimalistas con los mismos libros que estaban leyendo: una novela de Hanif Kureishi en el lado del marido. “The Address Book” de Sophie Calle en el lado de la mujer.

La mujer está inquieta. Saca su móvil para llamar al anfitrión pero no tiene cobertura. Quiere mandar un WhatsApp a su hija pero el Wi-Fi tampoco funciona. El marido examina el router y no percibe nada extraño. Enciende la tele para ver si tiene señal.

La imagen que aparece en la pantalla le resulta muy familiar. Es la puerta de su casa de Barcelona.

La cámara empieza a moverse. Una mano con un guante de piel negro aprieta el código de entrada y abre la puerta. Es de noche, pero quien sea que dirige la cámara conoce la distribución del hogar. Se sienta en el sofá, el mismo donde echa una pequeña siesta cada día después de comer. Coge el periódico que hay encima del sofá y enfoca la fecha: es de hace solo tres días. Un día en el que ellos durmieron en casa.

La cámara vuelve a levantarse y se dirige escaleras arriba.

El marido ya sabe lo que va ocurrir pero no puede apartar la mirada. Está bloqueado. Le cuesta respirar.

La mano del guante negro gira el pomo y entra en el dormitorio del matrimonio. El marido ve algo que no había visto nunca: a sí mismo durmiendo. La cámara se fija en su mujer. El zoom empieza a acercarse sobre ella hasta que queda convertida en un cuadro de Tàpies.

De pronto, la pantalla se funde en negro. La mujer, que se había reunido con él delante de la pantalla, está temblando.

Antes de que ambos puedan reaccionar, se oyen unas llaves en la puerta.

“¡¡Ya estoy en casaaaa!!”, dice una voz que a ellos les suena como la voz más escalofriante que han escuchado nunca.


2. TU VIAJE APRETANDO UN BOTÓN


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Qué mareo. ¿Cómo puede ser? Si conduce como la seda. Tiene una pinta un poco rara pero conduce bien. Tenía miedo que un tipo sin ninguna review en Uber fuera un desastre. Joder, me encuentro mal. No debería haber cenado tanto. Beberé más agua. Es raro que me la haya ofrecido. Creía que solo pasaba cuando pillabas un Uber Black. ¿Le digo que pare? Un momento, creo que ya se lo he dicho. ¿Por qué no ha parado? Además, creo que se ha equivocado de camino. Ufff. ¿Que me está pasando? El techo del coche se está deshaciendo. Las luces que entran por la ventanilla me ciegan. Tengo mucho frío. Puedo sentir mi palidez. Creo que me estoy volviendo fosforito. Me oigo respirar. Estoy vivo. Me tiemblan las manos. Mi corazón se desboca. ¿Pero con quién estoy hablando?

MIERDA.

Creo que me muero. Quizá ya lo estoy.

CLARO.

Por eso ha cambiado la ruta. Me lleva a la morgue. Pero si estuviera muerto no podría darme cuenta de que lo estoy. Mi mente funciona. Pero mi cuerpo no responde. Estoy encerrado dentro de mí mismo.

El conductor se ha convertido en una sombra negra. Me está mirando. Cómo puede conducir si me está mirando. Se está riendo. Cada vez más fuerte. Intento gritar pero no sale nada de mi boca. Ni de mis pulmones. Siento como si alguien me estuviera presionando el tórax.

ME AHOGO.

Siento cosquillas en la espalda. Alguien respira en mi nunca. Intento girarme para ver quién es. No puedo. ¿Qué son estas criaturas que bajan por el techo? Tienen cuerpos de chimpancé y caras de persona anciana, con una nariz desproporcionada y orejas que acaban en espiral. Se me están echando encima. Siento sus uñas afiladas. Me empujan hacia abajo.

ES EL FIN.

Si no he muerto, al menos he perdido la cabeza.

Sirenas.

Oigo sirenas.

Será la ambulancia que viene a recogerme.

****

Cuando abro los ojos lo primero que veo es un botón. Lo reconozco al instante. Es un botón de mi camisa. Levanto la mirada y veo que las sirenas son de un coche de policía. Alguien me ha tapado con una manta. Noto la tierra debajo de mi cuerpo. Estoy desnudo. Y dentro de mí siento el vacío más grande que he experimentado nunca.

¿Qué ha pasado?

Lo último que recuerdo es la pantalla de mi móvil confirmándome que el coche había llegado. Cojo el botón de la camisa. Y lo aprieto con todas mis fuerzas.


3. COMPRA Y VENDE CERCA DE TI.


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María no se lo creía.

Había conseguido un Macbook Air prácticamente nuevo por 250 euros. Era la primera vez que utilizaba Wallapop y estaba entusiasmada.

Cuando quedó con el chico que se lo había vendido y fue una mujer la que apareció, se temió lo peor. Estaba convencida de que cuando encendiese el ordenador algo fallaría. Pero no. Funcionaba perfectamente.

María lo utilizaba a todas horas.

Se desperezaba con su feed de Facebook y se quedaba dormida con una serie en la cama. Se lo llevaba a la cocina para seguir viendo la tele mientras cocinaba, y al baño para poder escuchar música mientras se duchaba.

También lo utilizaba para hablar con su novio por Skype. Hacía tres meses que estaban separados por 6.000 kilómetros y lo echaba muchísimo de menos. Pero con la pantalla Retina de su Mac era como si lo tuviera delante. Nada que ver con su viejo HP.

Ese ordenador había hecho su vida mejor. Y todo por el precio de tres vestidos.

Unas semanas más tarde, María recibió un e-mail de un remitente al que no conocía. Era un mensaje muy breve: “Eres increíble, qué suerte tiene Álex”. El remitente era un tal Darian. Nunca había oído ese nombre. María no le dio importancia y prefirió no conestar. Pensó que quizá se trataba de una broma de alguno de los amigos de Álex.

Sin embargo, sus correos siguieron llegando.

A veces le hablaban de su día a día: “Espero que te hayan ido bien los exámenes, se te veía un poco agobiada estos días”.

A veces le hablaban de sus amigas: “¿Ha solucionado Gemma su problemas en el trabajo?”.

A veces le hablaban de su ropa: “Deberías ponerte más el vestido granate, te queda genial”.

Y a veces le hablaban de cosas íntimas: “Me encantan esas braguitas de topos”.

Tras este último mensaje, María decidió contestar: “Mira, sea quién seas, lo que haces no tiene ninguna gracia. Por las cosas que dices deduzco que eres un amigo de Álex, pero él insiste que no sabe nada y tengo que creérmelo. Pero bueno, da igual, solo te escribo para avisarte de que si no dejas de mandarme e-mails voy a denunciarte a la policía por acoso”.

Un día más tarde, María recibió la respuestas:

“Hola María. La verdad es que no entiendo tu reacción. No soy ningún acosador, solo soy un fan. Creo que deberías tratar mejor a tus seguidores puesto que somos los que pagamos la cuota de suscripción a tu página. Entiendo que seas nueva y que no estés acostumbrada a que te escriban los fans, pero me gusta compartir mis pensamientos con mis webcamers favoritas y nunca nadie me había contestado de esta manera. Y respecto a lo que dices de la policía, los dos sabemos que tu denuncia no llegaría a nada. Yo no te he acosado. Simplemente te hecho comentarios sobre lo que tú misma has expuesto grabándote 24 horas al día con tu webcam. Un saludo. Darian”.

María tardó unos minutos en reaccionar. Se quedó helada mirando a su ordenador. La mirada se le fue hacia la cámara. Y, de pronto, recordó una noticia que había leído unos meses atrás sobre una reina de la belleza adolescente a la que le habían pinchado la cámara del ordenador y difundido sus fotos íntimas. Ahora entendía porque su Mac había sido tan barato. El trato también había incluido su intimidad.

Cogió el portátil y, con un grito desgarrador, lo estrelló contra la pared.


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