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"Las despedidas de soltera son como una orgía de macacos furiosos"

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Así es la vida de Jon, un hombre deprimido, un party-boy profesional

Miguel Luna

09 Noviembre 2015 06:00

—Imágenes vía Team TA

Me llamo Jon, tengo 47 años y llevo desde los 21 en el negocio de los party boys.

Evidentemente, cuando empecé no se nos llamaba así.
Imaginad la España profunda de los años 90.

Y ahora imaginad a un chaval de un pueblo aragonés que decide mudarse a Madrid, porque en aquel momento aquella era la ciudad de las oportunidades para alguien a quien toda la vida le habían dicho que no las iba a tener.

Ese era yo.

Un poco prometedor dependiente en el negocio familiar, conocido en el pueblo por el nombre de “el guapo”.

Ese también era yo.

Y ese es el que sigo siendo: El Guapo.

Lo cierto es que cuando me miro al espejo no entiendo cuál es esa parte de mí que puede atraer tanto a las personas del género opuesto.

¿Mis labios finos cortados por una pequeña cicatriz de infancia? ¿Mi media melena peinada como la de un mafioso del norte de Italia? ¿Mis ojos de color miel?

Llevo desde que tengo uso de razón sexual conquistando a mujeres de todo tipo, y a veces siento que aún no sé qué es lo que ven en mí.

En total, puede que me haya acostado con cientos de ellas —no digo más, para no parecer exagerado, pero tenéis que entender que este es mi trabajo—, que haya comido miles de coños, y que media España me ha manoseado la polla.

Lo cierto es que no es tan divertido como parece, pero si lo hago es porque se me da realmente bien.

Cuando empecé en este mundo, pensaba que este sueño tendría fecha de caducidad. ¿De verdad que podría vivir trabajando sólo dos o tres noches a la semana, y contoneando mi cuerpo delante de un montón de mujeres asalvajadas?

Tenía la impresión de que yo les gustaba porque era joven. Algunas me llamaban bizcocho.

Sin embargo, con el tiempo, tomé más confianza, y sentí como si la edad me hiciera cada vez más fuerte, más atractivo, más irresistible.

Muchos de los que empezaron conmigo ya están retirados, algunos están gordos, otros están casados, y otros están casados y gordos.

Yo nunca he tenido pareja, creo que, en realidad, trabajar dando diversión y placer a tantas mujeres me ha curado en salud. Todas las semanas paso una noche entera con decenas de ellas. ¿Para qué me molestaría en tener una incómoda cita con una sola?

Las mujeres son como monos.

No en el mal sentido.

Tampoco sé si hay “buen sentido” en esto que acabo de decir, pero sin duda las mujeres son como diablos desquiciados cuando les das una corona de penes brillantes y se la pones en la cabeza.

Mujeres de todas las edades.

Mujeres que salen con sus amigas, con sus cuñadas, con sus compañeras de trabajo y que acaban la noche suplicándote que les restriegues el sexo por la cara antes de volver a sus aburridas realidades.

Lo que pasa en una despedida de soltera, se queda en una despedida de soltera.

Yo he llegado a ver a una madre y a una hija en la despedida de ésta, pelearse por ver quién me metía el último billete de veinte por el elástico del tanga.

He llegado a ver a dos hermanas de unos cuarenta años, ofreciéndose a tener sexo grupal en los cuartos de baño de alguna de aquellas salas.

He llegado a ver cómo una mujer se quitaba el anillo de compromiso, y me suplicaba que huyera con ella, a tan solo una semana de su boda.

Son como macacos furiosos.

Son arpías.

Beben cócteles de colores, bailan éxitos de hace siete u ocho veranos, gritan con esas voces de desquiciadas y se desmelenan porque esa, definitivamente, es la única noche de libertad que se van a permitir en mucho tiempo.

Yo las amo y las temo a la vez.

Me dan miedo sus bocas ebrias tratando de alcanzarme, cuando estoy intentando bailar con otra de ellas.

Amo la facilidad con la que se abren para mí, y la sencillez de su adiós cuando ya toca que todas se vayan a casa.

Sabes que no te van a pedir que las llames, que no te van a decir que te quieren.

Sabes que esa noche ha sido tan especial para ellas, pero a la vez tan vergonzosa, que toda la magia de esa fiesta terminará para siempre, al amanecer.

¿Y cuándo terminará mi propia magia? Me pregunto a veces.

¿Cuándo seré yo el que se tenga que dar por vencido en la fiesta de mi vida?

Un party-boy con canas en los huevos.

Un solitario, depresivo, que jamás ha asistido a una boda.

Un cuerpo desgastado por demasiados cuerpos.

Un tanga transparente.

Un casi cincuentón que trata de sobrevivir barriendo sus miedos debajo de la alfombra. 

Ese soy yo.


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