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Mi madre se ha vuelto adicta a la droga más asquerosa del mundo

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Un relato inspirado en las fotografías de Geoff Johnson

Luis M. Rodríguez

15 Abril 2015 05:28

20 de marzo de 2015. Sidney.

Siento que hoy todo vuelve a empezar para mí. Miro a mi alrededor y sólo veo recuerdos metidos en cajas, escenas de mi pasado aquí.

Han sido siete años de aventura extranjera. Siete años tirados a la basura. Pero ya da igual. Mañana es el día. Va siendo hora de pasar página y volar de vuelta a casa.

Mientras termino de preparar el equipaje, pienso en mi madre.

Ella no sabe nada de mi regreso. Ni siquiera sabe que hace ocho meses que rompí con Claudia, casi dos desde que dejé el trabajo. No quiero que se preocupe innecesariamente por mí.

Bastante tiene con mantenerse a flote desde que papá no está.

24 de marzo de 2015. Madrid



Llevo dos días y medio encerrado en mi viejo apartamento. Toca aclimatarse de nuevo, crear un nuevo orden para mi vida aquí. Pero hoy toca salir.

Llamo a Ricardo. Somos amigos desde la infancia. Los dos crecimos en el mismo bloque. Él sigue viviendo allí.

Quedamos por el centro. Bebemos unas cervezas y nos ponemos al día. Al cabo de dos horas damos por concluido el encuentro. Él pone rumbo al Metro mientras yo apuro mi última jarra en una terraza. A mitad de camino, se gira para decirme algo:

—Oye, ¡siento mucho lo de tu madre!


—¿Para qué quieres tú todos esos juguetes? —Los estoy guardando para otra persona



¿Lo de mi madre?

—Ya sabes... Su adicción. Nos tiene contentos a los vecinos... Confío en que puedas hacer algo.

La boca de Metro se traga a Ricardo. ¿Qué habrá querido decir con eso?

Sólo hay una manera de averiguarlo.

Línea 3 de Metro. Parada Campamento. Avenida de los Arqueros. Tercer piso.

Subo por la escalera dando largas zancadas. Me planto frente a la puerta, respiro.

(Dinggg-Donggg)

Ahí está ella, sonriendo como una diosa, mientras con la cabeza dibuja un no, no, no, no...


¿Cómo he podido dejar que algo así suceda?



Mi madre me abraza durante unos segundos. Cuando nos separamos y hago ademán de entrar en la casa, ella me detiene de una manera que me resulta violenta.

—Espera —dice, mientras con la mano izquierda mantiene la puerta entornada—.  Mejor cojo las llaves y me sacas a que me dé un poco el aire.

—¿Estás segura? Oye, ¿no tendrás nada en el fuego? Huele como a...

—Segura. Nos vamos a la calle.

Obedezco y llamo al ascensor. Luego empujo la puerta entreabierta.

Atravieso el recibidor, abro la puerta del comedor y me encuentro con...  basura.

Montones de basura por todas partes.


Me vuelvo hacia mi madre con cara de horror.

Mi mirada exige una explicación.

—He estado demasiado ocupada...

Camino como puedo sobre ese compost crujiente de bolsas, revistas viejas, cajas y objetos inservibles y me asomo a la cocina.



El estómago se me revuelve. El olor extraño se vuelve cada vez más intenso. Siento cómo se forma una arcada. No soy capaz de articular palabra.

—No me siento bien últimamente... La espalda me duele, vuelvo del trabajo demasiado cansada como para ponerme a limpiar...



—Ya sé que lo ves todo un poco desordenado... Estoy trabajando en ello. Pero lleva mucho tiempo clasificarlo todo... Tú no lo entiendes. !Puede haber cosas de valor!

—Todo esto no es más que basura. La basura se tira a la basura, ¡no se guarda en casa! Tú te vienes unos días conmigo. Hay sitio para los dos en mi apartamento. Voy a llamar a alguien para que venga a llevárselo todo.

—¡No! No puedo deshacerme de estas cosas hasta que tú y tu hermano echéis un vistazo y me digáis qué queréis quedaros. Recuerda cuando encontré tus cuadernos de cromos y me dijiste que los querías guardar. Seguro que hay cosas aquí que quieres.



—Olvídalo, mamá. No merece la pena. ¿Para qué quieres tú todos esos juguetes?

—Los estoy guardando para otra persona...

—¿Y todas esos cubetas de plástico?

—Tú no lo entiendes... ¡Igual las necesito!



Cuando me asomo a su habitación, el corazón se me para. Siento pena y asco.

El asco es de mí mismo. ¿Cómo he podido dejar que algo así suceda?

—¿Cómo puedes vivir así? ¿Cómo puedes dormir cada noche rodeada de basura?

¡A mí me gusta así! Son las cosas que compré para vosotros cuando érais unos niños... Me hacen sentir... acompañada.



Empiezo a remover bolsas, a amontonarlas en un rincón del cuarto.

Mi madre se muestra cada vez más nerviosa. Camina de un lado a otro mientras musita algo en voz muy baja.

Cuando me acerco a su cómoda, un grito atraviesa mi oído como un clavo oxidado.

¡Ya es suficiente! ¡Esas son MIS COSAS! ¡Deja MIS COSAS en paz! ¡Esta es MI CASA y me gusta como está!

Me quedo callado. La miro. Su brazo izquierdo se eleva tembloroso dibujando un ángulo recto. Señala en dirección a la entrada.

Mientras cruzo la casa de nuevo, recuerdo las palabras de Ricardo. Al salir a la calle, veo una valla publicitaria que me suena a burla. "Mentalízate. ¡No lo tires. RECICLA!".

Mi madre se ha vuelto adicta a la droga más asquerosa del mundo. Voy a necesitar ayuda.

Todo lo que acumulamos para nosotros mismos nos separa de los demás

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